Tuesday, July 29, 2008

PROLOGO

El preciosismo por las formas de expresión seca¬ba la pluma mientras hurgaba en búsque¬da de elegancias en la prosa. Las ideas, los recuerdos se hacían presentes para luego tornarse fugaces, inalcanzables ya, hasta per¬der¬se en horizon¬tes donde se confunden pretéritos y futu¬ros.

Al decidir que ya era hora de verter en una narra¬ción, aunque sin pretensiones literarias, mis anécdotas, experiencias, peri¬pecias, circunstancias serias y jocosas; de intelectua¬lidad, creí que un computador me incenti¬varía para iniciar esta aventura, para la cual necesi¬taba de una nueva dimen¬sión de velocidad en la fijación de imágenes. Espero que el futuro justifique esta adquisición porque, lo que es hasta ahora, sólo ha logrado entretenerme o, por qué no confesarlo, también ¬exa¬sperar¬me. (1990)

Las expe¬riencias con él, han sido vejatorias para quién pre¬tendía ser un buen entendedor. La primera obser¬vación negativa surge de los nietos que, con brutal desenfa¬do intuyen lo que es compu¬tación. Yo, en cambio, me pierdo tratando de com¬pren¬derla, de expli¬carme cómo y por qué funciona. Lo lógico - para esta época de “conocimientos de tecnologías”- es pasar por alto razo¬na¬mien¬tos y atenerse a la realidad material: este apara¬to fun¬ciona así porque fue hecho para eso, por quienes tienen una capa¬cidad para eso. Punto. Reconoz¬cá¬moslo y aprove¬chémos¬lo. No he adquirido un computador para que me complique. NO. Al contrario, espero que él me facilite la realización de un deseo y nada más. Quiero escribir mis memo¬rias y lo haré.

El interés que estas letras puedan tener, está limitado a la intimidad fami¬liar. Patentizan también a persona¬jes públicos algunas de cuyas citas, sin duda, los perjudican, aunque mi relato no tiene esa intensión. Por ello, la prudencia aconseja que el texto no sea publi¬ca¬do, por lo menos en vida. Y si alguna “circuns¬tan¬cia” deter¬mi¬na¬se lo contrario, exijo que no se le modifique en la búsqueda de atenuantes para mi audacia. Tal vez acepta¬ría se redujera el tipo de letra a la de aque¬llos que llenan el reverso de las pólizas de seguros, para aque¬llos párrafos que apa¬rente¬men¬te intere¬sen sólo a la fami¬lia y que sin embar¬go pueden expli¬car el origen de más de alguna “ circuns¬tancia”. Como por ejemplo, el por qué de esta ensalada de estilos que no estoy dispuesto a ordenar, pues, limitaría la espontanei¬dad confidente que apadrina a lo veraz. Y porque ínti¬mamente sé que estoy injertado. Pa¬trón: la forma¬ción universitaria. Injerto: mi amor al campo y su léxico.

Todo aconseja entonces, que estas líneas sólo sean publicadas una vez yo cremado y trami¬tada la posesión efectiva. Así nadie demandará a la sucesión y tampoco encontrarán mi tumba para importunarme por indiscre¬to, aunque nunca por calumnia. Si un abogado advierte sobre posibles responsabili¬dades penales, no le hagan caso. Si les da otros consejos, tampoco.

CAPITULO I. Circunstancias

¿ Donde y cuando realmente empieza la vida? Allí, en el momen¬to en que alguna acción vital marcó nuestra mente con el primer recuer¬do. El tramo anterior de ella pertenece a la madre y niñeras. La mía: en el corredor del departamento en la calle Bande¬ra, p¬arado sobre una mesa ratona gritando como loco porque me había tragado un pescadito de dulce. Éste, con afiladas aristas - fabricado en un molde imperfecto - me hería la faringe y de ahí la alharaca. Crueles fueron las burlas de los hermanos que interpretaron mi aflic¬ción como que yo creía que el pecesillo aquel me estaba mor¬diendo. Ya tenía un primer recuerdo, una prime¬ra experiencia, desgra¬ciadamente negativa: la frus¬tración de no poder hacerme enten¬der, que no se me creyera que no se trataba de un susto sino de un efec¬tivo dolor. Ese fue un hecho cruel para mí. Desde ese momento ya era yo suficiente¬mente racional para inter¬pretar el origen de un dolor. Edad: 4 años +. ¡Cuán¬tas enseñan¬zas deri¬vadas de tan tri¬vial y a la vez señero momento!

Y así, marcado el primer hito, iré abriendo caminos hacia recuerdos, a veces, derivando a senderos intranscendentes o de muy privadas accio¬nes. Éstas, las dejaré en volumen apar¬te, allí donde mis soledades, si las tengo, las reencuentren.

Mi vida transcurrió por rutas abiertas a las natu¬rales críticas, que despertaron el voraz apeti¬to de las más severas: las mías. Ellas me hicieron tími¬do, me apartaron de muchas otras actua¬ciones, desde ser reacio a bailar creyen¬do que no era mejor de lo que me exigía como mínimo, hasta eludir algún discurso, porque siem¬pre es posible cometer un error o simple¬men¬te ser segundo en el estrado. ¿Errores o pruden¬cia? Ya no impor¬ta. Paradojalmen¬te, siempre temí que esa seguri¬dad en mi mismo me trai¬cionara, vengándose por haberla exigido tanto.

Durante el Con¬greso Mundial “dell`Office International de la Vigne et du Vin” en Trento (1974), alguien le pre¬guntó a Eliana si era casada con Matusalem. No podía ubi¬carse en el tiempo, había oído comentarios de mi curriculum y un lapso común de vida le parecía insuficiente para protagonizar todo cuanto se me atribuía. Creo que de muchos se habrá dicho lo mismo, pero, a mí me halaga pensar que es así y como estas líneas las escribo sin otro fin que regozar lo vivido, me propongo rela¬tar, algunos episodios que justifiquen en parte, la “ta¬lla” del italiano. Según supe después, éste había asis¬tido a la asamblea en que enfrenté a los representantes de países de la “Cortina de Hierro”, críticos del Go¬bierno recién instaurado en Chile y por cierto que no lo hice solo como enólogo, ante todo se es chileno, y si es en el extranjero, se es bravo, muy bravo. Al parecer, esa intervención motivó los comenta¬rios relativos a mí.

Es cierto, HE VIVIDO MUCHO. Más aún en las acciones que en el tiempo.

Aunque reconozco una tendencia al negativismo, decla¬ro enfáti¬camente que soy y he sido un hombre feliz. Y aclaro que, más que ser negativo, me atengo mucho al cálcu¬lo de probabilidades y a abstenerme en la duda. Ha sido poco el tiempo ocioso. ¿Ambición o nece¬sidad? De lo uno y lo otro, de lo que desprendo que ambas son necesa¬rias; que tienen la virtud de correr espuelas por el costi¬llar de nuestro tiempo o sofrenarlo para vivirlo más intensamente. Que frus¬trante debe resultar un análisis personal retros¬pectivo que acuse un balance con pérdidas en el rubro tiempo. Ni siquiera abrí en la contabilidad de mi cronos, la partida: “ocio”. Cuando lo quise hacer, después de mi jubila¬ción como Rector de la U. de Chile y dedi¬carme sólo a la tan ansiada lectura de algo más entre¬tenido que la química enoló¬gica o la revisión de documen¬tos administra¬tivos, sin urgencias, preocupaciones ni obliga¬cio¬nes, supe cuan rápido se muere en el ocio. Ya han corrido desde entonces, otros treintaitantos años intensos, rápidos, sin treguas envejecedo¬ras.

Debo advertir que no tengo la más mínima inten¬ción de inducir conductas o aconsejar a nadie con mi relato. Son mis propias expe¬rien¬cias y si alguien quisiera usarlas en su benefi¬cio, salvo mi res¬ponsabilidad. Aunque siempre me quejo que la juventud no sabe aprovechar ajenas experien¬cias, reco¬nozco el valor de las propias. Eso sí, el no usar las unas y las otras, explica el porqué haya tantos lloran¬do errores que pudieron evitar acogiéndose a ellas.

¿Son las circunstancias las que determinan el destino? ¿ Es el individuo quién las fija? o ¿son sus propias carac¬terís¬ti¬cas las que aprovechan o desechan esas circunstan¬cias? ¿o am¬bas? Sin “circunstancias” no se hubiesen evidencia¬do: el genio de Napoleón; la soberbia opor¬tunista y no menos inteli¬gente de Hitler; la perseverante fe de Chur¬chill; o la capaci¬dad de Pino¬chet para revertir el destino de Chile. La historia los habría perdido.

El tedio que los reiterados errores de los gobernan¬tes gobernados generaron en la población euro¬pea, creó la circunstan¬cia, el am¬biente propicio para el adveni¬miento de un mandata¬rio autócrata, de un talen¬to introvertido, que viniendo de luga¬res no contami¬nados por Cortes corruptas, además de apor¬tar nove¬dad, recabase autori¬dad y por lo tanto capacidad para ejer¬cer el mando. Es el caso de Napoleón Bonapar¬te. Si la crisis mundial no se hubiese hecho más eviden¬te en Alemania y su pueblo haber sido preparado para enfrentar un cambio como el que propiciaba Marx y a cuya posibili¬dad íntegra los teutones se resis¬tían, Hitler no habría tenido su “circunstancia”. La flema britá¬nica, el apego a las tradicio¬nes, dieron a Chur¬chill la suya, y así obtener el respal¬do para inducir a la espera de una victoria final inima¬ginada, que sólo él hizo intuir. Y Pino¬chet ¿habría tenido la suya, llegando hasta donde llegó en la historia de Chile, a no mediar los mil días de la UP ? Y si en Chile no se hubiese vivido esos días, en los que no se podía trabajar ¿ ha¬bría¬mos visto durante horas hábiles la tele¬serie siúti¬ca, insulsa e intermina¬ble: “¬Niña italiana viene a casar¬se.”?

Guardando las proporciones, cada cual ha tenido las suyas (circunstancias) y me considero privilegiado por la suerte en ese sorteo que el destino juega con cada uno de nosotros. Reconozco mis muchas limitaciones comparati¬vas ante aque¬llos con quienes alterné en mis variadas actividades y sin embargo... La vida es una conti¬nua competencia en la cual se triunfa o se retrocede en nuestro fuero interno. Lo importante es que al final de cada jorna¬da se tenga la sensación de haber ganado, aunque sea por un punto, pero, ganado.

En esos balances fui adqui¬riendo expe¬rien¬cias que en un prin¬cipio me hicieron dudar de la justicia de mis aprecia¬cio¬nes sobre los demás. Vale al respecto la cita de un pasaje de Apuntes desde Europa, 1950 “: Recuerdo cuando me incor¬po¬ré al Consejo del Sindicato Viti¬vinícola (había cumpli¬do ). La primera impre¬sión fue acom¬ple¬jante. Todos me doblaban larga¬mente la edad. Además que sabía de sus res¬pecti¬vas alcurnias: don Pablo Valdés Ossa aparte de su posi¬ción social, su edad, su fortuna, era dueño de los famosos predios vinícolas de Cunaco y de una fastuosa residen¬cia en Avda. Ejército; Julio Suberca¬seaux de la Viña Concha y Toro; Héctor Mar¬chant, ¬pre¬sidente de sociedades anó¬nimas y de la Cooperativa Viníco¬la del Valle Central; Recare¬do Ossa: Sofruco - La Rosa, Concha y Toro, presidente de la Soc. Nacional de ¬Agricultura; don Arturo Vieira Da Cunha, ex geren¬te general de Gath y Chaves, que oficia¬ba de Geren¬te del Sindica¬to. Toda una conste¬lación de perso¬na¬jes ligados por grandes inte¬reses económicos y por la entonces implacable cofradía movida por las relacio¬nes de aristocráticas familias en las que importaba mucho el patrocinio de las respectivas “misias”. Todo un mundo que yo empezaba a orbi¬tar con alas aún muy cortas. Fue una excelente experiencia. Trans¬cu¬rridas algunas sesiones, se me hicieron patentes sus debili¬da¬des, lugares de encuentros y discrepan¬cias, celos de poder, flaque¬zas. En resumen: me mostraron flancos, ensayé avances, logré un lugar en las conclusiones. Eso, en definitiva, es lo que importa y no las simples intervenciones en la discusión. En los recuen¬tos vino el desencanto. Se fueron rebajando los pedestales de mis inicial¬mente monumentales personajes y por lo tanto, levantan¬do el pro¬pio, lo sentía crecer. Sin embargo me impac¬taba más el des¬censo de los otros que el ascenso mío. Hubiese querido alcan¬zarlos allá arriba, pero descendían. Así fui perdiendo respe¬tos e ilusiones. Tal vez, en algún momen¬to, hubiese preferido pertene¬cer a la “Corte” más que dirigir asam¬bleas. Pronto apren¬dí que no era ningún triun¬fo “permane¬cer,” por hala¬gador que fuese el medio. Dirigir, conducir, imponer ideas propias, esas son metas. Aunque nunca se alcan¬zan en plenitud y en ello reside su encanto, pues, siempre queda algo que anhelar, que jugar bajo las condiciones “cir¬cunstanciales”.

Repasando memorias afloran las circunstancias y honesta¬mente doy más mérito a ellas que a mis posibles capacida¬des. Quizá pueda capitalizar un sentido resolutivo, el que me habría permitido ciertos logros. Esta narración irá testimo¬niando este verdade¬ro culto hacia las CIRCUNSTANCIAS. A todas las que dan forma al destino, conforman la historia y no solamente a las mías como así las acapara José Ortega y Gasset al afirmar “Yo soy yo y mis circunstancias”

El relatar en forma tan personalizada, generalmente ilustrando con nombres de los personajes involucrados en mis circunstan¬cias, no conlleva una intención peyorativa para ellos, sino la búsque¬da de testi¬monios que ahuyenten explicables dudas respecto a la veracidad de lo increíble. El relatarlo así, tómese como una expre¬sión de senilidad temeraria o como una confirmación de mi tenden¬cia, hasta ahora siempre presente, de “morir con las botas puestas.” Léase, mantener el concepto de hom¬bría que he procurado imprimir en mis decisiones.

Los juicios críticos, en general, han ido resultando negativos - a pesar de la inicial predisposición - hacia quienes tuvieron la malhadada suerte de contratransitar en mis rutas. Esta tendencia a exte¬riorizar críticas, hace que ¬los jóvenes suelan culparme de negativo. NO. En ello sólo prima una inten¬sión docente.

Es mucho más lucrativo en el comercio de las simpa¬tías, destacar sólo lo bueno. Así se las concita. Impugnar lo malo, aunque sea en persona anónima, siempre involucra a un ser culpable. Crea reacciones íntimas o exteriori¬zadas. Pero, alguien debe usar las críticas en térmi¬nos de intereses didác¬ticos y en ese sentido resultan positi¬vas, produciendo un impacto más perdu¬rable que el hala¬go. Generan patrones de comparación que en mucho ayudan al propó¬sito de adoptar acti¬tudes y usar procedi¬mientos más uni¬versal¬mente aceptados. Si critico duramente un acto contra la sociedad, gano la antipa¬tía de quienes lo cometen pues, aparezco seña¬lando un hecho negati¬vo. Lo que realmente importa es que la suma de esas reac¬ciones no alcancen a igualar a los benefi¬cios que a la sociedad compro¬metida repor¬ta, ni a la íntima satis¬fac¬ción de contribuir a una mejor conduc¬ta, por la vía de criticar con justicia.

Que los criticados entonces se sien¬tan halagados por haber contribui¬do con sus malos ejemplos a nece¬sarias enmiendas en nuestro diario actuar.

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1. Mesita baja, generalmente de tres patas torneadas. Muy de moda en los años veinte
2. Llevaba la misión de sugerir que el idioma español fuese considerado como oficial en las reuniones de la OIV. Al subir al estrado, las representantes de Hungría y URSS impugnaron mi presencia aduciendo que, puesto que era representante de un gobierno militar, sería yo seguramente un testaferrro, ageno a cualquier actividad académica y ya cuando hable de la formación universitaria del enólogo, interrumpieron ácremente. Exageraron en el afán de crítica a mis carencias intelectuales. El prof. Garoglio que presidia, les hizo saber que no sólo era Dott. specialista, graduado en Turin, sino ex-Decano, ex-Rector y Profesor Emérito de la U de CH, etc. Como inclluso habían interpretado mi petición idiomática como una imposibilidad mía para intervenir en francés, italiano o inglés, me dirigí a la asamblea en italiano, seguí en francés y, para los canadienses lo hice en inglés. Luego les advertí que era Miembro Honorario de sus universidades Carolingia y de Lomonosov, sus respectivas y que, por mi parte, en las esferas que había actuado en ellas, no supe de la existencia de estas profesionales que me habían interrumpido. Aplausos.

Capitulo II - Escolar

Desde el episodio del pescadito de caramelo hasta el ingreso a kindergarten, hay un período marcado por las indiges¬tiones que me provocaban los chocolates rellenos, me obsequiaban dos clien¬tas del estudio de mi padre, busca¬ndo sus simpa¬tías. Las semanas transcurrieron entre domingos felices en que concurría al mercado central de la mano de papá, a comprar el jilguero que gozaba hasta el lunes, pues, estimaba que ya debía bañarlos. Tristes y funerarios lunes.

En cuanto al Liceo San Agustín, al que de acuerdo con el sistema de entonces (1927) se podía ingresar con 7 años cumpli¬dos, no tengo un recuerdo limpio. El prestigiado nombre de mi papá me daba privilegios, como el que me invitaran a jugar tenis después de las clases y mientras llegaban las mamás a buscar¬nos. Había a la salida del colegio un salón donde ellas espe¬raban y cuando las más se iban, llegaban algunos curitas a saludar a las “rezagadas”. Entre ellas estaba la hermana de mi amigo H.H.. Ella es ahora una celebre quiromán¬tica, antes era una estu¬penda hembra a la cual el cura ministro favore¬cía lleván¬dola a practicar con el órgano ( el de la iglesia conti¬gua). Mi amigo y yo, aventurándonos por los pasajes del convento, para nosotros misteriosos, los sorprendimos en ese gozoso afán. Es ese un recuerdo simpático ahora pica¬resco, excitante enton¬ces. En cambio a un cura homose¬xual, sí que lo recuerdo con repug¬nancia: llegaban sus amigos y no tenía recatos frente a los niños. A pesar de nues¬tra inocen¬cia in¬tuíamos sus mane¬jos y aprendimos a repu¬diarlos. Nunca más nos quedamos a jugar después de clases.

Otro incidente marcador fue el que tuve con el profesor de gimna¬sia (Droguet) el que, por una distrac¬ción mía en la fila, me propi¬nó una cacheta¬da. Mal momento para él, porque reac¬cioné protestan¬do ante el cura ministro y exi¬giendo que llamaran al papá, lo cual dado su renombre, hizo que el cura pusiera de vuelta y media al menciona¬do profesor. Al final de año, curio¬samente, obtuve la única meda¬lla dorada que gané en el colegio y en GIMNASIA.

Tampoco me castiga¬ron cuando aproveché, para una diablu¬ra, la oportunidad en que me mandaran a buscar el libro de cla¬ses -así se llamaba ese mamotreto con el cual el profesor pasaba lista, ponía las notas y amonestaciones. Era motivo de orgullo que se nos encargase tan alta misión. Camino a la sala lo abrí, me tenté y en la lista, entre las líneas del alumno Sordo (actual dueño de “Donde Golpea el Moni¬to”) y el de Tapia puse la palabra “como”. Me pilla¬ron y a pesar del enojo por la tal pilatunada no pasó nada.

Durante el año 1929, en la Iglesia de San Agus¬tín, de acuer¬do con la moda del momento, se celebró el matri¬monio del Pdte. de la Repúbli¬ca Gral. Carlos Ibáñez del Campo con doña Gra¬ciela Letelier, agraciada señorita de la sociedad talquina, cuya madre habría de tener grandes influen¬cias en el Gobierno. Poco después se casó allí mismo mi herma¬na Corina con Carlos de la Jara, Ing. Agrónomo, procedente de una conocida familia de agricultores de Mulchén. La ceremonia fue en grande, se rivalizó en asisten¬cia con la del Presidente. Lo atingente a mí, fue que siendo ya jilotón de nueve años y aprovechando el flamante traje que tenía desde la primera comunión, se me encargó que llevara la cola de la novia, cuyo largo era jerar¬quizante. Orgulloso de mi hermana, frente a los chiquillos del colegio me distra¬je y en una paradi¬lla del cortejo, seguí caminado sobre los metros de tul, que con tanto orgullo pretendía cuidar. Si alguien no me toma en vilo, los arranco con cofia y todo.

Varias razones hicieron que me reti¬raran del San Agustín: la moral ya señala¬da; la crisis económica inter¬nacional que ya golpeaba a Chile y la teoría de papá en cuanto a darnos una educación que nos permitiera pasar por distintas disciplinas. La enseñanza con bases religiosas en escuela privada, en cambio, las humanidades tenían que ser en establecimientos laicos. Fue así que, como mis hermanos habían asistido al Andrés Bello (Pedro Beas) de la calle Rosas. Papá creyó conveniente mandarme a este otro A. Bello de la calle Compañía, de Dn. Rudecindo Barría que sería simi¬lar y por lo tanto, dentro las características de los particu¬la¬res de la época, resultaba acepta¬ble. No fue así. El colegio había caído junto con la economía de su Director. No tengo recuerdos sino de indis¬ciplina y violencia en él. Mi amigo de correrías Hernán Hödar me había seguido hasta allí y dadas nuestras inclinaciones a las peleas¬, para las que era particularmente bueno, reaccionó ante una reprimenda del profesor pegándole un violento puñete en la boca. Semejante insolencia no fue castigada. Se rompió una ventana y un grandote de cursos superiores encon¬tró divertido pegarme un puntazo con una daga formada por un fragmen¬to del vidrio. Entró un par de centímetros en mi nalga. Sangre, gritos, todo de menor envergadu¬ra que las cachetadas que le dio Ba¬rría. Por último, antes de finalizar el año se acabó el colegio por embargo judi¬cial. No me explico como me dieron certificado de segunda prepa¬ratoria (eran tres).

Al año siguiente la crisis económica se había agudi¬zado al extremo que no había presupuesto familiar para enviar¬me al colegio. Estimaron preferible que mis hermanos mayores siguie¬ran en el Internado Barros Arana, donde su manutención resulta¬ba más económica que tenerlos externos. Razonablemente, era mejor que no se cortaran a ellos sus estudios de humanidades. 1930 fue un año en blanco de estudios y en negro por mis andanzas y dia¬bluras típicas de los once años. Perdí un diente a manos, no, a cajona¬zos de un lustrabo¬tas (el Cara de Yegua) que al sentirse superado por mí boxear, tomando su lustrín por la correa lo voleó precisa¬mente a mi incisivo medio derecho, quebrándolo en la base.

Subía al San Cristóbal con Hernán, cami¬nando hasta la Virgen y bajábamos tro¬tando hasta mi casa en calle Bande¬ra. Luego íbamos al ring que había en la terra¬za del edificio, en el que solía hacernos clases el negro Roberts, entrenador de Fernandito, uno de los más grandes de nuestro box. Algu¬nas tardes me invita¬ban al gimnasio del club Deportivo Nacional con sede en los altos de Joyería Barros, entonces, en Ahumada esq. Huérfanos. Allí Fernan¬dito con las manos amarradas tras su espalda hacía que le “tirara todas las manos posi¬bles” a la cara. Tal era su rapidez que a veces éramos dos al mismo tiempo y no lográbamos tocarlo. Desgra¬ciada¬mente era muy blando de mentón, lo que le impidió llegar al campeonato Mundial.

Este mismo entrenador Roberts, tenía la teoría que a los principiantes (insisto, tenía 11 años) había que enfrentar¬los a cualquier estilo o sorpresa y para ello nos llevaba a la subida del cerro Santa Lucía, a la hora que salían los alumnos del Colegio San Pedro Nolasco(Miraflores-Huérfanos) y señalándonos uno cualquiera, nos mandaba a enfrentarlo: “ ¿Así es que andas detrás de mi hermana, ah?” Y dale puñete, hasta que el negro nos paraba para hacer¬nos los comentarios correc¬tores o salvar una paliza. No eran iguales las experiencias en el barrio San Pablo, pasado Teatinos, cuyo público empeoraba mucho, espe¬cialmente donde había una plaza (Ecuador) frente al cuartel central de poli¬cía. Se juntaba allí una patota temible a la que pertenecía el “Cara de Yegua” que me voló el diente y otros con quienes nos trenzába¬mos con mucho miedo, pero¬,¬ era una buena escuela de coraje.

Y de eso, de coraje, necesitamos en varias ocasiones en que como galanes prema¬turos, tuvimos que desafiar las iras de los papás, que no permitían ni siquiera que les miráramos a las niñitas. Dos hermanas del barrio Bandera Morandé ( la Piquito y la Inés) pasaban los fines de semana en la quinta, detrás del Hipódromo Chile. Su padre se distraía jugando tenis. Mientras trans¬cu¬rrían sus habituales par de sets, nosotros llegábamos a las rejas, que más de un hoyito tenían, para entrelazar manos. Poco más era suficiente para la edad y la época. En una de las visi¬tas, nos acercába¬mos sigilosos por veredas atravesadas por acequias, a esperar la señal de vía libre que nos hacían las niñas. Un guarén salió corriendo desde el agua y Hernán rápido de reflejos, le asestó un tan certero puntapié que lo tiró vio¬lentamente al cuello de un señor gordo que, venía saliendo de la quinta. Gritó indig¬na¬do el gordo, no porque fuera ardiloso, sino, tal vez, nada más, porque el ratón reven¬ta¬do contra su cuello le produjo cierta impre¬sión. A los gritos del gordo llegó el papá, al parecer no había jugado el segundo set porque fue capaz de correr tras de nosotros, descontando deciso¬rios metros cuadra a cuadra. Llegamos por el entonces despo¬blado camino que empalmaba con Avda. Inde¬penden¬cia, pasó la “góndola” salva¬dora, pero, las pier¬nas ya nos flaqueaban. El susto de sentir al “viejo” a nuestras grupas nos propor¬cionó un último esfuerzo para aferrar¬nos a la pisadera del vetusto carromato, afor¬tunadamen¬te despro¬visto de puertas y velocidad. Tiempo des¬pués otro papá tenista (Cas¬tro), me avistó acaramelado con su hija en la Plaza Brasil y venía derechito hacia nosotros sal¬tando ágilmente los bancos. Me obligó a correr otro tanto. Morale¬ja: evita a las hijas de los tenis¬tas.

Al verano siguiente pertenece esa linda página de mi niñez en que, en la escuela Pública de Peñaflor, gracias a la buenísima voluntad de una profesora a quién recuerdo con mucho agradeci¬miento, salvé un año escolar. Durante las horas de la tarde, mientras todos gozaban del baño en el río, me hacía clases correspondientes a la tercera preparatoria, capacitándome para dar el examen de madurez que se exigía para ingresar a 1er año de humanida¬des. Todo salió bien, especial¬mente para mi formación disci¬pli¬naria. Sentí entonces esa inmensa satisfacción de salir ade¬lante por el propio esfuerzo. Sin esas circunstan¬cias, no sé cuando habría seguido mis estu¬dios y con qué oportu¬nidad, porque seguramente habría tenido que cursar regularmente y entrar muy tardíamente a las humani¬dades. En esos tiempos era co¬rriente el retiro prematuro del colegio por razones de edad pasada para el curso corres¬pondiente.

Ingresé muy ilusionado al Internado Barros Arana, del que mis hermanos ya habían egresado con mucho prove¬cho. Sin embargo, las cosas habían cambia¬do, ya no era el colegio de las aventuras de machos peleadores, hombre¬citos. No me sentí a gusto, era un ambiente en que imperaba el vocabulario soez; en que, en cada pelea se arriesgaba quedarse castigado todo el Sábado y aún el Domingo y en que se acusaba ante los inspectores.

En el aspecto deportivo estuve a gusto. Contaba con una de las prime¬ras piscinas tempera¬das. También duran¬te el prolonga¬do asueto de los once años, mi padre me había mandado a la piscina Escolar (Inde¬penden¬cia con Río Mapo¬cho) donde aprendí buen estilo y llegué a ser campeón de categoría in¬fantil.

En el Internado Nacional Barros Arana, formé parte del equipo de compe¬tencia interescolar y me iba bien hasta el campeonato de 1933. No tenía traje de baño negro de satín, con pechera (exigen¬cia) y me puse uno presta¬do, de lana, con polle¬rín y tirantes que me quedaban largos; no sé cuantos kilos de agua absorbía. Había ido mi polola a verme correr. La chiqui¬lla más linda de la época, la Lucía Linch, her¬mana de Gloria, miss Chile. Me pareció más elegante esperar el turno para correr, con la bata puesta. Había tomado la de mi papá. En el apuro de sacármela y prepa¬rarme, me resbalé y caí en las baldosas mojadas. Me dolió, pero, habría sido ridículo darme por aludido. Corría en estilo espalda. Partimos bien, a mitad de carrera se me salió un tiran¬te, el peso del pollerín me desequi¬libró y me fui a la lienza marcadora de pista. Me enredé. Perdí. Era flaco, en pleno estirón de los trece, al¬guien gritó: “ se desarmó el esque¬leto.”

El tenis también me dio posibilidades. Con el último bocado del almuerzo arrancábamos a “gaznachar” la cancha de baldosas que siempre estaba cerrada y por lo tanto había que jugar escondidos, saltando el murallón. Era cotizado como bueno.

Una tarde sentía que el calzoncillo me moles¬taba al jugar, molestia que aumentó hasta hacerme inspeccio¬nar. Oh sorpresa: una lombriz intestinal decidió salir en pleno partido. No creo haber experimentado sensación más desagradable. T¬uve que atrave¬sar el Internado de extremo a extremo y caramba que era grande, varias manzanas, para llegar a la enfermería. La “indina” no se allanaba a salir. Qué desesperación, agrega¬da a las consi¬guientes bromas de mal gusto.

Caí con paperas, lo que obligó a una pérdida de unos quince días de clases. Volví prematuramente al colegio, muy advertido de mi estado de debilidad y de mi imposibilidad para hacer esfuerzos que incluso, podrían producirme esterilidad. La fama de buen peleador me traicionó; los Jueves, durante las semanales funciones de “biógrafo”, solían producirse peleas. En una de esas, le estaban pegando a uno que personalmente no me incumbía, sin embargo empezaron a llamarme para su defensa y como todos lo oían tuve que salir, el muy irres¬ponsa¬ble, a pelear. Se iba a los descansos de las escaleras del edificio nuevo, donde se formaba un cuadrilátero bastante estre¬cho. Allí no había cómo rehuir con juegos de piernas, al contrincante. Había que pelear sin tre¬gua. Menospre¬cié al flaco Gutiérrez, que era buen tenista. Fue más larga de lo que a mi debilidad de convaleciente convenía y empecé a cansarme hasta tener que pasar a la defensiva. Con buen estilo escondí mi realidad ¿Terminamos empate? Así creye¬ron todos menos yo. Lo de la impotencia parece que se salvó,¬ así lo creo yo, ellas también. Los antebrazos amanecieron hinchados y no mora¬dos sino negros. La pérdida de mi fama signi¬fi¬có que muchos se atrevieran a desafiarme y tuve que pelear muchas veces más, con las consiguien¬tes enemis¬tades.

Como siempre estaba enamorado, las horas previas a subir a los dormitorios me resultaban melancólicas. A veces, como mis ropas no eran suficientemente gruesas para los fríos de ese barrio¬(Quinta Normal) para capearlos me iba a la biblioteca, donde jugaba ajedrez. Siempre había algo, pero, me era insufi¬ciente. Añora¬ba el ambiente siempre culto de mi hogar y princi¬pal¬mente las amistades de la plaza Brasil.

Un Sábado, recién llegado a casa, para horror de todos, se me salió una palabrota durante el almuerzo familiar. Fue providencial, aproveché para expli¬carles que ello era el fruto del ambiente que se vivía en el Internado. Pedí que se me sacara. La situación económica de la familia era ya más holgada, aunque nunca volvió a lo que otrora fue. Ello permitió el término de una etapa bien marca¬da por una estan¬cia no feliz en el Inter¬nado, salvo por el deporte que me permitió dar un notable esti¬rón, prácticamente a los 178 cms. que medí como adulto y que en mi actual inventario, ya no figuran todos.

En ese intertanto del desarrollo físico, me corres¬pondió el señero cambio de estado civil que era el ponerse pantalones largos. Esa importante etapa ya no la vive nuestra juventud. El niño de entonces, si era de familia pudiente, solía ponerse hasta los ocho años y los domingos solamente, traje de marinero con pantalones largos, blanco y de franela. El marinero de pantalón corto era azul y de sarga. No se podía usar terno de pantalón largo hasta que no se tuvieran “cañones” en las pier¬nas, cuando los pelos eran bien notorios. Sólo enton¬ces se allanaban las madres a permitir que sus hijos las enveje¬cieran pasando a ser “hombres de pantalón largo”. Para salvar la anti¬patía de las personas aludidas se recurre al “dicen”. Y dicen que el tío Alvaro, diplomático de carrera, c¬asado con tía Matil¬de Borne, hermosísima dama, volvió de su misión ante el Vaticano y bajó del barco con sus hijos de la mano, incluso el mayor, de quién se dice que bordeaba los diecio¬cho, luciendo pantalones cortos como evi¬dencia de la juven¬tud de Matildita. Las peludas y robustas piernas de Alvarito, fueron motivo de suspicacias.

La altura alcanzada exigía el consiguiente traje de pantalón largo. Las disponibilidades familiares postergaban el aconte¬cimiento, más allá de lo que cada salida semanal desde el Internado, urgía. La feliz coincidencia que el mayor de mis hermanos, Chicho, era justo de mis medidas de entonces, hizo posi¬ble que un sábado fuese motivo del generalizado comenta¬rio de la plaza Brasil: llegué de terno. Muy feliz, hasta que caí en cuenta que mi nuevo estado me permitía y aún me obligaba a incorporarme a la “Terra¬za”, lugar donde se bailaba y para lo cual había que pagar entrada, ambos impedi¬mentos graves para mi modesta mesada y mi nunca confesada ignorancia del baile. No había mujeres que en la confianza del hogar me ini¬ciaran en él. Esto llegó a acomple¬jarme y a lo mejor constituyó el pretexto para, en cambio, seguir fon¬deándome con las pololas en los más recónditos y estra¬tégicos bancos de la plaza Brasil.

Comparo los escasos protocolos de la juventud de hoy con los muy formales de los años treinta y prefiero éstos. Había más “prohibidos” y por lo tanto más deseos, más empeños para lograr¬los y mejor sabo¬rearlos.

Incorporarse a la cerrada sociedad que frecuentaba la Plaza Brasil era todo un ritual. Imposible, si no se contaba con la presen¬tación de alguno de sus respetados miembros (este respe¬to estaba directamente cuantificado por el domicilio o por las dotes pugi¬lísticas).

No contaba con estos requisitos. Vivía en la calle Bandera y teniendo sólo doce años, debía medirme con jilotes muy mayo¬res. Para colmo se me ocurrió echarle el ojo a la más justi¬ciera¬mente cotizada, la linda A.O.C. que pololeaba con el “Cana¬rio” (M.F.) muy buen mozo, pero, que no me inspiraba respeto físico. El pero fue el colorín Zamora, matón de unos 17 que se empeñó en repre¬sentar al Canario. Por suerte pude parlamentar aduciendo mi ignoran¬cia de las reglas locales y mi disposición a dar satisfac¬ción por los puños, pero directamente al afec¬tado. Decidieron incorporarme. Y lo hice de lleno. A la semana siguien¬te era yo quién paseaba a la linda A.O.C.

Era la época en que las niñas se ofrecían a la vista de sus posibles pretendientes trillando por determinadas veredas, las que recorrían: de once a doce y media los Domingos; en las tardes de los Sábados, de seis y media a ocho y media, y en las noches, con sus mamás que las vigilaban desde los bancos, de nueve y media a once. La plataforma de exhibición era la vereda de Avda. Brasil siguiendo por Huérfanos hasta esq. Maturana, que eran las dos iluminadas. Desde allí hasta Compañía inclusive, con sus bancos en las oscuri¬dades, estaban reser¬vadas a las parejas más avanzadas. Los Jóvenes se paraban a la orilla de las veredas, esperando la próxima pasada de la elegi¬da y así, se repetía, vuelta a vuelta, hasta que la langui¬dez de las mira¬das indicaba que ya se las podía acompa¬ñar. Todos estos pasos eran seguidos por la concu¬rrencia que gozaba el acontecimiento que nutría el comenta¬rio.

La Plaza Brasil tenía su público, así como el paseo de medio día en la Alameda, a la altura de Dieciocho y no de Manuel Rodríguez, que tenía el suyo y muy exclusivo. Los asiduos a ese paseo eran para concurrentes venidos del lado Sur. Las del otro lado debían dar un rodeo para no eviden¬ciar las diferencias de “pelo” que su barrio les asigna¬ba. En cambio, en el Parque Forestal, la cuadra frente al Museo de Bellas Artes era para después de comida y de 18 años para arriba, sin barrio determinado. Los autos con los papás se estacionaban al medio de la calzada mirando hacia el paseo. Las proximidades obscuras que ofrecía el sector de la laguna, los obligaba a una permanente revisión del inventario paseante.

El Paseo de la calle Ahumada era de doce a doce y media, prácticamente diario y oficialmente, los Domin¬gos, a la salida de la misa de La Catedral. Desde Plaza de Armas hasta la Alame¬da, primero por la acera poniente, des¬pués, con el ordena¬miento que impuso el Presidente, Gral. Ibáñez, para transitar por la derecha, se incorporó la Orien¬te. Las escalina¬tas del Banco de Chile eran monopolizadas por los “viejos” con polainas, pródigos en piropos, para nosotros cursis y que ellos asegu¬raban de gran rendimien¬to. Don Eufrosino Casal, t¬uvo la mala fortuna de no poder repri¬mirse ante mi linda pare¬ja. Como él frecuentaba la casa de mis padres, sabíamos de su prover¬bial longevidad y enfrentándo¬lo se la representé en términos poco respetuosos. Con su bastón en alto trató de casti¬gar tal desacato, resbaló, nosotros arran¬camos riéndonos. Se decía que Don Eufrosino tenía pacto con el diablo, ya para el año 91 era Diputa¬do (estábamos en los años treinta)

La sociedad participante de estas rutinas, verdade¬ros ritos que se imponía a la juventud, estaba circunscrita a grupos muy reducidos y prácticamente todos se conocían o al menos se sabía quienes eran. De allí que los intentos de los habitúes a la Plaza Yungay (de reconocido mal pelo) por aproximarse a la Plaza Brasil, termi¬naron en batallas campales. Nunca se supo que alguno de allá lograra mezclarse con los de acá.

Como acontecimiento bélico relacionado con la plaza Brasil, debe recordarse el tan conocido episodio con los cadetes de la Escuela Militar, que obligó al Director de ésta a autorizar la marcha en formación sobre la plaza, para lavar la afrenta que nuestros matones habían inferido a unos alféreces el domingo anterior. Nadie nos organi¬zó, cada cual repartió y recibió. La refriega terminó cuando alguien le quitó el yatagán a un cadete y le atravesó los cache¬tes para dejarlo masticando el fierro. Nos desbandamos y sólo quedó el recuerdo muchas veces revivido en las más diversas versio¬nes. Pero, que pasó, pasó.


Pololeábamos con las encantadoras Saavedra. Él con la Inesita, la mayor, yo con la Lucía, la menor. Él veinticinco, yo trece años, recién usando mi primer mentado ternito. Este amigo que era bombero, me convidaba a la Bomba 12. Cummings, frente a la casa de las niñas. Allí me enseñaron a jugar al cacho y era tal mi suerte, que Julito, mi amigo, se proveía de ciga¬rrillos y sándwichs jugando el cuarto, en pareja conmigo. No obstante mi edad, me incorporaron al grupo que saldríamos a festejar el Año Nuevo.

Partimos del Cuartel, en la consabida victoria, rumbo a San Pablo pasado Matucana donde hacían unas mistelas y alguien se entendía con una “señorita” de la casa. Esta denominación era obligada para el medio pelo para abajo. Nos habíamos confabulado para el “perro muerto” de rigor y me echaron allá arriba, al pescante, al lado del cochero. Ellos, al pasar la línea del tren en Matucana, aprovechando los baches se iban a bajar y yo como cabro liviano, me tiraría arrancando abierta¬mente. Poco antes de llegar, uno cometió la infidencia de advertirme la proximidad de la operación llamándome Barbosa. Inmediatamente el cochero se levantó la manta y mostrándome un revolver me dijo: este lo tengo gracias a Don Enrique Barbosa, yo trabaja¬ba como portero de la Cámara de Diputados y él, como Presidente, me hizo dar esta armita. Me di vuelta diciendo al grupo: más nos vale pagar.

Ricas y abundantes las mistelas, malonas las señoritas. De allí, parti¬mos al cabaret que regentaba la Emita Parra, gordísima amiga de Contreritas, bombero y pelado, que lo pasaba muy bien con esta amiga que lo amparaba en sus apuros económi¬cos. Todo el establecimiento se reducía a no más de unos cuarenta me¬tros cuadrados. En un altillo sonaba la orquesta ¬(tres artesa¬nos de la pauta). Mujeres a tono con el ambiente, ni mirar¬las. Me embutieron cuanto trago raro pudieron y con general asombro no lograron emborra¬charme. Ya tarde, Julio me acompañó a casa, se sentía respon¬sable de lo que debía pasar¬me. Al agacharme para poner la llave a la gran puerta de reja del edificio, le salpiqué abundan¬temente los pantalones. Pronto, llegaron mis papás que habían visto lo que dejé en la puerta principal. Me examina¬ron a fondo y sin embargo, determinaron que mi estado era normal. El estómago me delató al día siguiente.

No obstante la mala experiencia, no pude ser menos y asistí a la fiesta que daba la gorda Emita, la misma que la noche anterior había conocido regen¬tando el más rotoso boli¬che, ahora anfi¬triona de una acomodada casa burgue¬sa de Ñuñoa. Mi amigo Julio vestía su misma franela gris, ahora, ajustadi¬ta, con sus pantalo¬nes que suspiraban¬ por llegar siquiera a los tobi¬llos. Se había visto obligado a lavarlos. Pasarían cincuenta años y recién entonces pude volver a gozar un ponche en leche, cola de mono, o probar una mistela, aunque nunca con el exceso de ese Año Nuevo.

Son muchos y buenos los recuerdos de aquella Plaza Brasil, que a todo setentón evoca tantas reminiscencias, marcó toda una época.

Rubias, more¬nas, trenzas in¬creíbles, ojazos, reca¬tadas o generosas, todas. Y hubo hartas. Serían merecedo¬ras de mis mejores versos.

Fui al Instituto Nacional, gran colegio, grandes profe¬sores. Buen curso aquel IIIºA de l934. Salvo ese mal recordado prof. de Inglés, el Perico Gamboa, a quién encaré por romperle a un muy modesto compa¬ñero, el texto comprado de segun¬da mano y que aquel quería nuevo. Tuve profe¬sores que hicieran época por sus destacadas personali¬dades y capacidades: El Pito Fernández, histo¬ria; Manuel Aguile¬ra, matemáti¬ca; Esteban Doñas, física, Montebruno, francés; Darío Benaven¬te, educación cívica; Augus¬to Meyer, química. Muchos de ellos se dis¬tinguieron también en la cátedra univer¬sitaria. De cada uno, anécdotas que fueron recordadas cuando habiendo trans¬cu¬rrido cuarenta años de egresados, nos reunimos en agradable comida festejando a René Rojas Galdames que asumía el Ministerio de Relaciones Exteriores. Estábamos aún, todos vivos. 99% profe¬sionales, qué agra¬dable fue (1987). Después: lo tris¬temente inevitable. Mejor no pasar lista



























Peñaflor


En ese pueblo, entonces balneario de selección, a pocos kilómetros de Santiago, fui bautizado en el verano 1919-20. A él se llegaba por un tortuoso camino de tierra, lo que hacia preferir el viaje en ferrocarril que llegaba a Malloco y desde donde se seguía con transbordo a los carritos de sangre que recorrían por Vicuña Mackenna, atravesando todo el sector aledaño a la plaza y que constituía el pueblo, propiamente tal. Luego de pasar por “El Reloj” seguía hacia El Prado, donde estaban las quintas de: Carlos Dávila, Rodolfo Jaramillo, los Fellemberg, Pellegrini y nuevamente Malloco. Como es común a la moderna urbanización, estos tres sectores, entonces tan diferenciados, se han unido.

Era un tortuoso camino, no sólo por ser de tierra, que en ese entonces era lo normal, sino que además seguía los caprichos de sus numerosas curvas y otros obstáculos. Recuerdo lo que significaba el pasar a la altura de Marruecos (Padre Hurtado) por una doble alameda que proyectaba sus sombras escondiendo sus hoyos, lo que obligaba a reducir la velocidad a la de paso de peatón. Ese tramo es el que aprovechaban los ladrones para subirse a la pisadera de los autos -todos convertibles- y hacer sus fechorías. De ahí que se viajara premunidos de palos que los acompañantes esgrimíamos para apartarlos. Esos autos de siete asientos, en que se viajaba cubiertos con elegantes “guardapolvos” de alpaca y grandes botones de conchaperla, acomodaban a toda la familia, además de la “niña de mano”. Se iba con viandas y maletas ad hoc, con toda clase servicios de loza y cubiertos. Recuerdo a mi madre equilibrando una compotera llena de huesillos con mote para el picnic del día.

El viaje se hacía por el ferrocarril a Cartagena. Desde la Estación Malloco para continuar en los mencionados carros de sangre. Tirados por un par de jamelgos que sorteaban los delgados rieles montados sobre un estrecho terraplén. Su presencia se anunciaba a distancia por los desafinados chirridos de las ruedas, ejes y rieles jamás engrasados. En ellos viajaba diariamente mi padre cuando el feriado judicial no coincidía con nuestras largas vacaciones de verano.

La quinta de la Avda. Concordia 588 deslindaba con los terrenos del Trapiche. Este nombre obedece a la antigua hacienda, que frecuentaba el General O’Higgins. Deslindaba con la ribera del Mapocho y abarcaba hasta los terrenos que hoy ocupa la fabrica Bata. Luego, pasó a ser el Hotel Trapiche, aprovechando la gran cantidad de habitaciones ampliamente distribuidas en dos altos pisos. También funcionaba un casino con ruleta, concesión autorizada dada la jerarquía del balneario y que era muy concurrida por los ricachones dueños de automóviles, que se daban el lujo de viajar hasta allá, sólo para jugar. Ese recinto fue posteriormente ampliado con una vasta terraza donde se realizaban bailes todos los fines de semana, con orquesta, que luego sería suplantada por los modernos altoparlantes. Era muy mal visto, intolerable, que aquellos que veníamos de una cabalgata concurriéramos en tenida de montar. Había que cambiarse antes de pretender un baile.

Cuando la vejez y el cambio de público que produjo la llegada del pavimento, lo condenaban a desaparecer como balneario de selección, un terremoto actualizador derrumbó el clásico edificio del hotel. La sociedad peñaflorina hizo todo lo posible por evitar, infructuosamente, que se pavimentara la avenida principal. Teníamos egoísta razón. Inmediatamente aumentó la concurrencia popular a extremos incompatibles con el agrado de veranear en un ambiente más íntimo. Las industrias se enseñorearon del territorio. Ya no se pudo galopar por el pueblo.

En su época de hacienda, estuvo en manos de mi padre y desde entonces se hizo la hijuelación que dio origen a las quintas de la Avda. Concordia. Primeros años del presente siglo. Aquella quinta que se reservó, vecina a El Trapiche, fue su pasión.

Durante la temporada de verano, se vivía una intensa actividad social, en la que participaban destacadas personalidades de la vida nacional: Don Leopoldo Urrutia Presidente de la Corte Suprema, Don Alfredo Bascuñán Ministro id; Dr. Valenzuela Basterrica, fundador de la Escuela de Odontología; Dr. Prof. Arancibia; Don Carlos Estévez V. Ministro de Corte; el pintor Enrique Linch; el Conservador de Bienes Raíces de Santiago, Alfredo Cañas O. y su hijo pintor retratista internacional homónimo; la familia del Dr. Greve, padre de mi profesor Germán Greve, la familia Dogenweiler, los Mackenney, la familia Garretón Errázuriz y un sin número de profesionales y empresarios de renombre, además de la nunca bien ponderada Malú Gatica.

Famosas fueran sus fiestas de la Primavera, con elegantes disfraces y grandes corsos de flores. En uno de ellos, los muchachos tratando de exhibir originalidades, arreglaron un carro alegórico y bañaron en pintura al óleo verde al caballo de tiro. Pobre, no alcanzó a desfilar. La pintura impidió la normal respiración cutánea y falleció intoxicado.

Enrique O. Barbosa fue el eterno organizador de las semanas peñaflorinas. Para una de ellas escribió una comedia: “Se va la lancha”. La interpretaron la juventud veraneante en aquel teatro frente a la plaza, eje de la actividad social. En el texto de ésta se acuñó la frase “La cueca es un romance sin palabras”. Tuvo tal éxito, que el actor Alejandro Flores se la pidió y fue reestrenada por su compañía, en el teatro La Comedia de Santiago

En una segunda presentación de la obra y durante la oscuridad necesaria para el cambio de escenario, un borrachín sufrió aparatosamente el clásico inconveniente gastro-bucal que hizo compartir con sus vecinos de bancos. Surgió de la galería un grito aguardentoso “ Priendan la luz que hay un atacado” y se hizo la luz para un jocoso paréntesis. No extrañaban esos episodios en las populares y concurridas galerías.

Grandes fueron mis amores en esos ámbitos. Ya lo dije y no me referiré a los amoríos. Sí a mi pasión por los animales. (Consigno entre estos paréntesis, que si los hubo de los otros, empezando por el de los nueve años, con la Nena Carretón Errázuriz, que recuerdo con ternura y dolor. Dolor porque siguiéndola, quise llamar su atención con la campanilla de mi bicicleta, pero, la accioné con las manos sueltas del manubrio. Caí con el estómago sobre los fierros. No lograba respirar. Ella corrió a mi socorro y fue tal la alharaca que todo el pueblo supo de nuestro precoz amorío.

Más adelante he de referirme al episodio en que me salvó la vida y que por si sólo justiciaría mis inclinaciones que habrían de plasmar el destino en la agricultura, a ese perrito policial, el Nick, que fue compañero inseparable de mis juveniles aventuras. Muchas fueron sus hazañas como la de haber arrastrado, sacándola del agua, a una niñita que se ahogaba en el río, a los pies del Trapiche. Corrió incansablemente tras mi bicicleta que no paraba, fuera como ejercicio, fuera como transporte obligado, llevando a la niña de turno de vuelta a casa después de los paseos en la plaza u otros, a los cuales acudíamos diariamente, mañana y tarde y también en la noche, con cambio de pareja ad hoc.


Cuando adquirí por trueque con mi ya antigua bicicleta Brenavor a la yegua, que bauticé La Trutruca, constituimos un muy íntimo grupo con el Nick. Linda la mulata, bien chilena, corredora, mansa, inteligente. Todas las tardes, después del consabido baño en el río y las onces con sandía y el vaso de leche con cedrón, salíamos hacia la plaza y a las avenidas de Pelvín. Por las mismas que pasamos hoy camino a Mallarauco, bajo los ya entonces añosos plátanos orientales. Lindas cabalgatas en que nos juntábamos un grupo de amigos jinetes, con los que hacíamos gala de arrojo en las artes del volteo doble y otras. O bien, si la ocasión se presentaba y había compañía femenina, llegábamos hasta el pajar que todos los años hacía la Hacienda Pelvín y... Montaba tanto como podía. Hacíamos buena pareja con la yegua que aprendió a pararse en dos manos, a acompañarme a toda carrera sin apartarse mientras hacía el volteo. Una tarde, muy elegante con tenida inglesa, aunque usaba montura de cowboy, todo de blanco salvo las botas de chantilly, heredadas de papá que tenía pie más chico que el mío, fui a buscar a la Trutruca, que se había sacado las riendas para acercarse a su amigo, un potro chiclán, el Perico. Parece que éste la alocaba, pues, no quería entregárseme. Molesto, en una pasada por el corral, agarré un estribo y traté de resistirla. Se molestó ella también y me lanzó la patada. Caí golpeado en pleno plexo. Al poder mirarme: !Oh!. El pecho estaba teñido de sangre. Me volví a tender, moriría. Pasado un prudente lapso, reintenté reincorporarme y fue fácil. En sus corridas, esquivándome, la Trutruca se había enredado en alambres de púas y herido en la corva. Con esta me había alcanzado y ensangrentado la nívea chombita.

Como ya se me había advertido que no habría financiamiento extra para pagar el talaje después del verano, me avine a soltarla al lecho del río Mapocho. Allí se juntaba un piño de caballos criados en libertad, para fines de producción de carne. Periódicamente se les rodeaba para enviarlos a la feria. Mi Trutruca se salvó invariablemente año tras año de ese destino. Era excepcionalmente loba. Sin embargo, llegadas las vacaciones del verano, salíamos a buscarla y se dejaba pillar por nosotros, aunque en esa extensión que pasa de Melipilla hacia la costa, resultara imposible para otros.

El Nick, en cambio, vivió en la quinta, esperando la visita de su amo. Invierno o verano, me iba a pasar algunos fines de semana allá. Demás está decir que iba con la justa plata para el pasaje en la góndola. Algunos tallarines quedados desde el verano y a veces un patito para la olla. El entonces callejón de los patos, hoy calle pavimentada, era un paso muy solitario. Haciendo honor a su nombre, este callejón bordeado de amplias acequias, concitaba la presencia de patitos y estos a la generosidad del Nick, que delicadamente los tomaba sin lastimarlos, para entregármelos con destino a la olla dominguera. No creo que haya existido en la comarca un perro más popular y querido por todos –exceptuando los patos-.

Vaya en el Nick y la Trutruca, el homenaje a los tantos perros y cabalgares que me infundieron imperecedero cariño y a quienes debo gratísimos recuerdos. Siempre he tratado de estar cerca de ellos y que mis familiares los aprecien como formadores de carácter. Tanto perros como caballos, junto con enseñarnos fidelidad, crean inclinaciones hacia la naturaleza y en ella es que encontramos las mayores fuentes de solaz.

De tantas anécdotas de penaduras y apariciones, debo confesar que alojar solo en Peñaflor me daba miedo. Consciente que debía vencerlo decidí irme en la última góndola de la tarde, de modo que necesariamente tendría que pernoctar en la quinta. Pasé la noche en vela pensando en que al amanecer partiría de vuelta. Amaneció y me hice la rastra hasta que se fuera la última góndola y así me obligué a continuar el tratamiento. Logré vencer esos fuertes resquemores.

Capitulo III - La Universidad de Chile: Por qué a Agronomía

La formación en la tendencia humanista del hogar, por ser el menor de la familia, no me resultó humana. Hubo siempre un marcado desequilibrio de edades, porque no obstante que cuatro años de diferencia en la edad adulta no pesan, en la infancia son toda una vida. Y era esa la diferencia con mi hermano más cercano, factor acrecentado por las circunstancias ya que él, por razones de salud de mi madre y por su precoz rebeldía, cumplidos los cuatro años fue enviado a “moles¬tar” al cole¬gio. Directamente a las prepa¬ratorias porque, entonces, no existía ni siquiera el kinder¬gar¬ten. De allí que terminara sus humani¬dades antes de cum¬plir los cator¬ce y leyes antes de los dieciocho años. Breva madu¬rada con palito, era un dicho de la época para referirse a un niño agranda¬do. Y su origen: la práctica de los vendedores de brevas a quie¬nes se les achaca¬ba el madurarlas intro¬duciendo por la flor del fruto un palito con fecas frescas, las que al fermentar aceleraban la madu¬ra¬ción y por lo tanto su venta tempranera. Higié¬nica fisio¬logía de post-cosecha.

Esos cuatro años de diferencia significaban muchos más, referidos a camino andado por la vida y los conocimientos. Ello, unido al sentido de crítica mordaz, que si bien es cierto era un continuo acicate para la superación, mortificaba a quien terciara en los verdaderos debates entablados en la mesa familiar. Única hora de encuentros pues, a pesar o gracias a que no había televisión ni noticieros radiales, todos teníamos distintos y personales afanes que llenaban el resto del día. Naturalmente que en estos debates, yo no tenía cabida y cuando la encontraba, era objeto de todas las críti¬cas sapientes de mis mayores. Siempre dolido porque no se aplicaba en justa proporción, la vara con que se debía medir al más atra¬sado por las circunstancias a que me sometió el turno familiar de las pari¬cio¬nes, debí soportar varios, muchos años, el vivir en esta desventaja. No recuerdo que ello me amilanara, es preciso recordar que entonces nadie hablaba de comple¬jos.

En definitiva, esas críti¬cas hoy muy agradecidas, des¬pués de sufri¬das, constituyeron una buena escuela para mí. En este am¬biente de conti¬nua competen¬cia se engen¬draba un sentido, una nece¬sidad de supera¬ción permanen¬te. En los paseos por el cen¬tro, vitri¬neando, se nos hacía competir para incenti¬var la rapidez en las reac¬cio¬nes y el espí¬ritu de observación: “¿Donde dice: oferta? ; ¿dónde $14? ; ¿dónde está la corbata rayada azul y blan¬co? “ Estas pruebas se repe¬tían cons¬tante¬mente, aún en el inter¬medio de la matinee del Domin¬go, cuan¬do bajaba el telón cuaja¬do de avisos comer¬ciales: Cuántos, ¿ dónde está...? Así me crié, en una cons¬tante, implacable y desi¬gual compe¬tencia. Como táctica para ella se in¬cluía la reser¬va, el juego de posibilidades. El temor de perder, por una contes¬tación precipi¬tada, enseña¬ba prudencia.

En esa escuela pareciera que se habría de formar un talen¬to.¿ De qué vale un talento resentido? Cuidado, así también se crea el negativismo. Por otra parte jugaban los estímulos por precoces triunfos.

Aislado entre polos de confusa ubicación, llegué al día de la más trascendental decisión, aquella en que por criogé¬nesis (fría síntesis) cristalizamos el destino. Sentía la ausencia de fuer¬zas que habrían de empujarme hacia el mío. Hubo una premisa: ya había aprendido a no gustar del ambiente de la abogacía.

La hora del té en casa, era muy concu¬rrida por los compa¬ñe¬ros de los dos hermanos que estudiaban leyes, separados por un curso, en la Chile por supuesto. Observaba con atención a las personalidades ya bastante formadas de su grupo. Imaginaba sus desti¬nos, sus posibilidades de triunfos y con ellos vestía a mi futuro, modelando imágenes, con la consiguiente insa¬tisfacción. Había vivido las estre¬checes derivadas de la crisis y no las quería perpetuar. Para ello, ellos no me ofrecían esperanza. Quienes eran los anali¬zados: Volo¬dia Teitelboim, con sus atildadas maneras, me impactaban sus barni¬zadas uñas (las mujeres se las pulían con unos polvitos rosa¬dos frotados con una almohadi¬lla de cuero de ante. Ahora se las barnizan, igual él); Carlos Briones, por su esmirria¬da figura, poco futuro auguraba. Aunque era reconocida su simpa¬tía, resaltada por la curiosi¬dad expectante que suscitaban sus ojos, recóndi¬tamente ubicados. Y varios otros que han tenido figu¬ración menos funesta que los nombrados y que mi intuición los rechaza¬ba como modelos, en la elección de carreras profesio¬nales.

Desde la niñez, me atra¬ían las acciones productoras, pero, no tuve informa¬ción, ni ejemplos cercanos de lo que ellas realmente significa¬ban como herramientas de progreso. En cambio, sí las oía menospre¬ciar. Ellas no serían expresión de la pura intelec¬tuali¬dad que, según el círculo casero, era la única vía del triun¬fo ante la sociedad.

Se fue plasmando una íntima clasificación de las profe¬siones: las de producción y las otras. Estas otras se subdividen, para mí, en positivas y aún indispensables a la cultura universal, como las artes y las letras ( nunca he sabido por qué se mencionan siempre por separado, ¿ quién duda que manejar las letras es un arte?) Dentro de las otras, las hay que en su evolución han llega¬do a entorpecer las relaciones del diario acon¬tecer. Así lo intuía analizando las terminantes aseveraciones de esos futuros abogados y lo he confir¬mado oyendo a los más, a los otros, a aque¬llos dedica¬dos a la producción de verdaderos bienes espirituales y mate¬ria¬les. La abogacía se auto incluye en la rama de las letras. Tal vez, en las de cambio. Los economistas, al igual que los aboga¬dos se ini¬ciaron positivamente con el derecho romano, reglamentando la convi¬vencia, llegaron a ordenarla por los princi¬pios de la econo¬mía. A juzgar por los ejemplos que actualmente se comentan y que son fruto de la “alta especialización”, pareciera que más bien estarían desarti¬culando la econo¬mía. Alguien dijo que un economista es quién ha¬biendo perdido lo suyo, se dedica a hacer perder lo de los demás.

Quiso mi buena estrella que se entablara una muy sincera amistad entre un grupo de mi curso en el Instituto Nacional. Por mucho el mejor colegio, por lo menos hasta entonces. Fernando Bórquez Stevens, Alberto Rengifo Moller, René Rojas Galdames, Eduar¬do Parker Bacigalupo, Luis Sepúlveda Dagnino.

Sólo la cordialidad de Fernando pudo sacarme de la atra¬yente rutina de los veraneos peñaflorinos. Curiosamente, aunque era él el mejor alumno y jefe de curso, también lo era en el deporte. Su prover¬bial senci¬llez conci¬taba sinceros afectos. Me invitó a vera¬near a Chillán, Fundo Pilmai¬quén de la Familia Bórquez Stevens. Allí empieza mi metamor¬fosis, allí está la explicación del “ por qué: Agronomía.” Y, también, allí aflora la personali¬dad hasta entonces anulada, la antítesis de aquella que se queda en la calle Bandera junto a la de mis hermanos. Conoz¬co de cordia¬lidad, de distensión, de alegría constructiva.

Don Emiliano Bórquez Lantaño y Doña Mina Stevens, dos muestras del señorío guardado celosamente en esa provincia de Ñuble. Elegida, por el atraso productivo subjetivo y comparativo, por el Punto Cuarto de las N U para realizar un plan piloto de desarrollo regio¬nal: el Plan Chillán. Cabe consignar que en ese ambiente de convencional “atraso” era posible, más que en la metró¬polis, conservar valores del espíritu, como los que estos esposos exhibían y prodiga¬ban, especialmente en bene¬ficio de aque¬llos que, deteriora¬dos por el pro¬gre¬so capita¬lino, llegábamos a sus lares favorecidos por la suerte de ser amigos de sus hijos.

Debería escribir la biografía de esa familia, para legar al lector el remanso que quisiéramos ofrecer a nuestros espíritus continuamente estrezados por el actual trajín. En ella estarían los fundamentos para que atribuya a esos días vividos con ellos el cambio de la visión espectral del concepto de vida; de los contras¬tes entre la con¬cep¬ción filosófica que se gesta en un departamento cén¬trico de la capi¬tal, habitado por supuestos intelectuales, víctimas de las exigen¬cias de un pretendido preciosismo, y aquella distendi¬da, sin las limi¬tacio¬nes que impone el planificar cada momento y que transcurre en la placidez de una casona de campo inmersa en la verdadera y perma¬nente riqueza, patrimonio de todos, que es la naturale¬za. Espectacular en la forma puede ser la prime¬ra. Profunda en sus raíces, inamovi¬ble en su tronco, hermosa en su follaje, la segunda. La convivencia en este campo, que transcurrió sin exigen¬cias formati¬vas, fue, sin embar¬go, deci¬soria en la formu¬lación de una nueva y, ahora positiva, filoso¬fía de vida.

Sabía de la teoría de la tolerancia y ahora aprendía a practi¬carla, a descubrirla en sus reales dimensiones, a sentir la íntima comodidad que ofrece a nuestro actuar.

La personalidad de Don Emiliano, obligaba a meditar en lo inútil de las obstinaciones que suelen ganar debates. Aparentes triunfos que internamen¬te nos derrotan cuando anali¬zamos y conclui¬mos que la contraparte estimó superfluo insis¬tir en una répli¬ca y en cambio, nos cedió el posterior desenga¬ño que casti¬ga nuestra soberbia, cuando la realidad nos saca del error. Él jamás impo¬nía, se limitaba a generar posi¬bilidades y con su ejem¬plo, inducía al buen juicio de elección.

En él aprendí a respe¬tar esas activida¬des productoras. Que un hombre dedicado al campo poseyera tan amplia cultura; que hubiese ganado tanto respe¬to; formado una familia de esa calidad humana; que hacía pensar que no siempre están en las lustrosas elites del salón o las aulas, los modelos que debe¬ríamos adoptar como anhelos de vida. Constituía un ejemplo concluyente de que se puede alcanzar una mentalidad humanista al margen de una pre¬tendida inte¬lectualidad pura.

Ese primer verano de intenso aprendizaje, de descubrimien¬to de nuevas formas de convivencia, en que encontré la soltura para elevar talones descubriendo nuevos horizontes, clavó el timón. Me gustaba el campo, aprendí a valorar sus quehaceres, se deshizo el mito que los reducía a la mera capacidad para botar papas en el surco.

En muchos pasajes de mi vida, implícitamente, la Fami¬lia Bórquez tendrá papeles protagónicos, siempre positivos.

Volvió a Santiago otra personalidad. Nada podría cambiar mi deci¬sión, había aprobado el bachillerato y el ingreso a la Univer¬sidad estaba asegurado, máxime que la demanda de matrícula en Agronomía no aumentaba, aún.

Comuniqué la decisión a mi padre. Como lo esperaba, no se opuso. La reacción de mis hermanos ante él, no se hizo esperar: “ El flojo, irresponsable, busca empatar años de universidad mante¬nido por usted y luego, a sembrar papas. Creíamos que era capaz para más.” Los había oído. Hice declaración solemne que renunciaba a toda ayuda económi¬ca, sólo pedí se me permitiera seguir viviendo junto a mis queridos padres, a quienes prometí reivindicar mi deci¬sión.

Doña Edelmira habría de solucionar el problema económico. Esta “matrona” peñaflorina se constituyó en mi socia. Compraba ropa usada en boliches de Avda. La Paz y se la entregaba para que ella la revendiera entre sus vecinos. Lucrativo negocio, por lo menos sirvió a mis mínimas exi¬gencias de estudiante ordena¬do.

La Facultad de Agronomía funcionaba en la Quinta Normal. A ella llegábamos en el tranvía 25 o 27 (20 ctvs. y 10 en el acoplado abierto) Había que sortear el paso de la línea de tren, que por Matucana, unía las estaciones Mapocho, Yungay y Central. ¿ Ha cam¬bia¬do el clima? Lo cierto es que en Invierno era normal que los dur¬mien¬tes de los rieles estuviesen blancos de escarcha cuando se iniciaban las ocho horas diarias de clases. En ese edifi¬cio nunca se conoció algún tipo de calefac¬ción y sin embargo, apostamos a no usar abrigo y lo logré. No recuerdo si fue porque no lo tenía.

Nos juntamos los tres institutanos ya unidos desde el tercer año de humanidades (14 años) con Bórquez y Rengifo, ambos de ances¬tros agrícolas. Tuvimos la satisfacción de corroborar la buena calidad de la enseñanza secundaria recibida. Aunque, en honor a la verdad mis calificaciones hasta entonces habían sido las estricta¬mente necesa¬rias para pasar al siguiente curso. Parece que sólo cuidaba no dejar exámenes que pudieran arruinar una vacación más, como lo fue la de l929.

No se puede rememorar la pedagogía universitaria de enton¬ces y a sus responsables, sin descubrirnos sonriendo benévola y cariñosa¬mente. No había un sólo docente que dedicara a la Escuela más de cuatro horas a la semana. El Decano iba dos mañanas, sólo cuando además, debía hacer su respectivo ramo. Aunque el sueldo era irriso¬rio, el incen¬tivo de ser profesor univer¬sitario los mantenía indefinida¬men¬te cum¬pliendo y para nuestro entender de entonces, generalmente bien. La alta calidad profesional de muchos de ellos, suplió las defi¬cien¬cias que el sistema evidenciaba. No había prác¬ticas de campo, salvo aquella llamada gira alcohólica, en cuarto año. El curso viajaba hacia el Sur en un carro de ferroca¬rril propio y volvía en el mismo... en el mismo tren de borrachera. A mi turno, no hubo presu¬puesto para la gira al¬cohólica. Ya existía la Hacienda La Rinconada de Maipú, pero, tampoco íbamos allá, salvo una práctica en que se nos mostró una trilladora estacionaria. Conse¬guimos algunos ejem¬plares de insectos para la colección que se nos exigía en la cáte¬dra de entomología y almor¬zamos unos buenos poro¬tos.

Estos porotos tuvieron sus repercusiones. Un bromista puso un plato en la banca al momento de sentar¬me. Así, los pantalo¬nes se encargaron de mostrar la chanza más allá de la escuela. De vuelta a casa contento de un día distin¬to, con mis bichos en un tarrito y mi pantalón también distinto, cami¬naba por la calle Bandera frente al, otrora famoso por sus ostras, resto¬rán Martini, en cuya puerta conver¬saban dos caballe¬ros. Un muchachón atorrante, que entonces los había, me dijo algu¬nas tallas alusivas a los porotos que ya habían decidido que acompañarían a mis pantalo¬nes hasta la tintore¬ría. Dado mi estado de ánimo, seguí sin darme por aludido, lo cual molestó a la dignidad que entonces se usaba entre caballe¬ros. Éstos comentaron mi cobar¬día, evocando sus tiem¬pos en análisis comparati¬vo. Volví y haciendo gala de mis conocimien¬tos de box, tendí al insolente con el primer golpe. Tomé mi tarri¬to, miré satisfecho a los futres y seguí…Pocos pasos y un grito de ellos me hizo volver en el momen¬to que el atorrante me lanzaba un golpe. Nos cruzamos, el mío llegó nuevamente bien y definitivo, pero, esta vez al reco¬ger el tarro, supe que había sido herido profundamente en la mano con el corta¬plumas que no había visto. No fue la única vez, ni la menos tonta, en que habría de sufrir experiencias con cuchillos.

Todo conglomerado tiene, por ley natural, diferencias en torno a las cuales las personalidades, las clases declaradas o subyacentes encuentran su cómoda ubicación. No había enemistades aunque sí grupos afines. A agronomía se entraba por dos razones o fines: los hijos de agricultores que no siempre les guiaba perfec¬cionar sus conocimientos empíricos, sino el transcurrir una juven¬tud en la cultura capitalina y aquellos cuya meta era obtener un puesto público de supuesta subsistencia. Esta clasificación impli¬caba diferencias sociales y económicas que se sobrellevaban con mutuo respeto y disimulo. En mi curso hubo una categoría especial, formada por los extranjeros, principalmente venezolanos, a su vez divididos entre verdaderos estudiantes y exiliados voluntarios. Eran los tiem¬pos del Dictador Gómez, más temible por los excesos, productos de su igno¬rancia, que aquellos atribuidos a su mala fe. Se dice que en una de sus giras en campaña, hubo urgencia de repa¬rar el corte de las líneas del telégrafo y uno de sus ayudantes se dispuso a salvar la emergencia uniéndolos con alambres de púas sacados de la cerca vecina. Gómez enfurecido le hizo ver su error: “¿Que no se da cuenta que las púas van a romper los telegra¬mas?.” Pompeyo Ríos era uno de ellos. Más tarde sería ministro de agricul¬tura de Venezuela. Se decía que era hijo natu¬ral de Gómez, muy inteligen¬te y bien preparado. Del resto del grupo, sólo se pueden recordar las grandes farras que el exceso de dólares que se les enviaba, les permitían. Otro, Pérez, con quién me junta¬ba para tocar guitarra y que tenía, afortunada¬mente mucho sentido del humor, una tarde, me confidenció que la fulanita N.D. - conocida como muy simpática y generosa para ofrecer sus encantos - había encontrado marido. “Al tiro. Dile que lo atrape como pueda. Con todo lo que ha corri¬do, no va a conseguir a otro tonto.” Entu¬sias¬ma¬do por la fortuna de la buena amiga, ha¬bría seguido argumen¬tando en favor de la inmedia¬ta boda, pero, Pérez me interrumpió con un lacóni¬co: ayer nos casamos.

Entre los chilenos hubo uno, hijo de agricultor adinerado, excepcionalmente simpático y muy dispuesto a personificar al grupo ya mencionado como gozadores de un período capitalino (OMG). Usaba el auto del papá, ya muy enfermo, para nuestras andan¬zas que no fueron pocas ni modestas. Formamos una cofradía que muy bien orga¬nizada, lo¬graba grandes triunfos vespertinos. Siguiendo mi invaria¬ble conducta, he deci¬dido no contar aquí, lo que co¬rresponde a allá, a los recuer¬dos privados que ni siquiera en los textos inédi¬tos que todo hombre que se precia deja, podrían encontrar. Las aventu¬ras de ese tipo se viven y se gozan en el momento y en los recuer¬dos de la vejez. Siempre ínti¬mos, entre yo y yo. Contar¬las, con seguridad arruina¬rían en otros, el mejor sabor que ellas tie¬nen: el ser inéditas. No debemos impedir a los demás la novedad, el descubrir la vida, el saborear una personal originali¬dad.

Por fortuna le quita¬ron el auto a OMG un tiempo antes de los exáme¬nes, lo que me permitió aprobarlos y evitarme un inminente acci¬den¬te auto¬mo¬vilístico. Ya habíamos libra¬do algu¬nos, con la suerte de los inocentes, aunque las andanzas no lo fueran. Una madrugada volvía¬mos contentos. Las niñas eran de prime¬ra. OMG. eufóri¬co, seguía la música de Harry Roy, que en esos días había dado un concierto fabuloso en el teatro Central. Se soñaba vestido de frac, dirigiendo una orquesta de jazz. Esa noche maneja¬ba si¬guiendo el compás como si el acelera¬dor fuese el pedal de la bate¬ría, soltaba el volante y golpeando el techo imitaba otros instru¬mentos. Entramos a la curva que terminaba sobre el puente de una sola vía del Zanjón de la Aguada. Llovía, patina¬mos, un trompo y nos desli¬za¬mos descendiendo a la berma y por el terra¬plén. Cuando todo augura¬ba un baño, no sé que tan prolongado y sumergido en las pestilentes aguas, el auto se estabilizó y se las endilgó derechito al puente. Los virajes nece¬sarios para salir del trompo, nunca se supo quién los dirigió. OMG ya no sabía para donde está¬bamos. Paró, nos bajamos y nos abraza¬mos. Ya serenados tuvimos que enfren¬tar dos situaciones desconcer¬tantes. Mientras Alma se encerró en el más insondable mutismo, Elisabeth reía y así siguió hasta la Plaza de Armas, donde buscamos café que se lo sumi¬nistramos junto con unas necesarias y convincentes cachetadas. Ambas se normalizaron, por lo menos, en la ocasión. Tiempo después, Alma se suicidó, Elizabeth siguió igualita. Muchos años más tarde la reco¬nocí lla¬mándome desde un auto oficial para gritarme señalando con el dedo a un caballero de varias estrellas en la guerrera: “con éste me voy a casar.” El Chevro¬let no volvió más a acelerarse con el ritmo de Harry Roy, pues OMG no logró califica¬ciones para seguir la carrera de Agronomía y por consecuen¬cia, tampoco pudo seguir en la del auto que le quitaron.

M.H.D. otro ejemplar destinado a perder la fortuna de su padre agricultor, lo que logró en breve lapso. Él quiso dar la gran fiesta de disfraces en su palacete de Marín con V. Mackenna. El grupo arrendó lindos disfraces del vestuario del Teatro Muni¬cipal. Todo habría sido de ensueño, sólo que las ladi¬llas, saliendo del letargo que el baúl les había impuesto, desper¬taron monopolizando para ellas toda la alegría de la fiesta.

Quiso mi buena estrella que por preparar una prueba, no salí con ellos la noche que un grave choque en Plaza Baquedano, terminara con la mano de A.M.F. y con el Chevrolet de O.M.G. volcado.

Aparte de estas fiestas de elite, son dignas de la historia del estudiantado universitario los bailes organizados por la Escue¬la de Agronomía. Además de los famosos corsos de flores de la Quinta Normal con ocasión de las Fiestas de los Estudiantes, que movili¬za¬ban a todo Santiago por varios días. También, una vez al año se realizaba un acto cultural en el teatro de la Escuela: Discur¬sos, números musi¬cales, con la tradicional interpretación de Don. Germán Greve que silbaba muy bien. Artistas invitados como la Negra Linda (Esther Soré); la María Maluenda que desde entonces nos caía mal; Pablo Neruda y su cansina voz y la asistencia de las familias, mamás e hijas engala¬na¬das. Todo en compostura.

Luego, el baile y el obligado mutis por el foro de los mencionados familiares, ante la presencia de otra tradicional concu¬rrencia. Con el objeto de atraer el máximo de público no invitado y como se trata¬ba, en la segunda fase, de la recolec¬ción de fondos para el viaje de estudios, se reclutaba a todo el elemen¬to femenino cerca¬no, especial¬mente de la calle Maipú. Famoso centro de suminis¬tro cárneo (de tercera). Ligerito se troca¬ban los afanes de la danza en el gran hall, por los no menos movi¬dos del segundo piso, el de las salas de clases, además del de los jardines aleda¬ños. Costumbres perdi¬das en la evolución moral. Antes era una vez al año y con actores invita¬dos. Ahora, cuando sea y como sea la voluntad, sin pretextos y sin el aporte de la calle Maipú.

La Universidad nos hizo despertar en otra etapa, con otros valores en juego, en que se asumen responsabilidades, en la que cam¬bian los colores del cristal a través del cual apreciaríamos la realidad. Ya no se nos exigía el conocimiento memorizado, sino la capacidad para analizar, sinteti¬zar y concluir en un razonamien¬to. Ahí empecé a valorar las conversaciones de mi casa. El “mateo” liceano pierde gran parte de sus ventajas y aún, éstas le limitan. Se inicia un andar en que se avanza en la medida que se generan conceptos, más que si se aprenden conoci¬mientos.

Descu¬brí que podía salir de la mediocridad escolar, gra¬cias al resultado inesperado de la prueba de Climatología. El único siete del curso, comentado así por Don Elías Almeyda Arroyo: “ no me interesan las des¬cripciones de materiales o instrumentos, esas están en los respec¬tivos catálogos y varían por voluntad de los fabricantes. Este trabajo es el único que expresó conceptos relati¬vos al objeti¬vo buscado mediante los instrumentos.” La confianza en sí mismo que se despierta en un alumno, cuando aprende que es capaz de obtener una buena calificación, es algo que todo pedagogo debe aplicar como método incen¬tivador. Luego de una buena nota, se puede exigir mucho más y generalmente, se logra alcanzar niveles estables de superación escolar. Esa experiencia de mi primer año la apliqué como profesor. Gene¬ralmen¬te hice llegar al examen con notas altas, como una forma de comprome¬ter al alumno a no defraudar a quién había confiado en él. Así también, les hice saber, cuán duro era cuando me falla¬ban.

El laboratorio de microscopía me hacía sentir en las puer¬tas de la ciencia, como próximo a encontrar la flauta que hace inte¬ligente al pollino. El prof. Dr. Virgilio me hizo ayudante-alumno con lo que habría de iniciarme en el deleite de enseñar.

Si a algo tuve siempre repugnancia, ello fueron las bara¬tas que desde enton¬ces serían para mí las importantes: “Stilopigha orientalis, blata Sp.” El nombre latino no les cambiaría su particularidad de ser aceito¬sas y reventar¬se en una materia amarilla en la cual está precisa¬mente lo que yo debía explicar como prototipo del aparato digestivo de los insectos. La impericia en el uso de pinzas, lancetas, agujas y otros me obliga¬ron a recurrir directamente a la manipulación con los dedos de semejante inmundicia. El resto de las demostraciones, generalmente referi¬das a la citología, fueron progresivamente interesantes como para perseverar en el ramo, lo que me valió ser en el año siguiente ayudante titular. El prof. ayudante (Raúl Cortes) debió hacerse cargo de la cátedra por ausencia en el ex¬tran¬jero del titular, pero, poco des¬pués, también él tuvo que asumir un cargo en el Norte y pasé direc¬tamente a ser el profesor del primer año.

Difícil resultó dominar la situación. Para explicar lo que debían ver tras el ocular debía acercarme a la cara del alumno y pegarla a la de la alumna que era una rubia muy bonita (B.U.). Ella sabía que lo era y se esmeraba en com¬plicarme ante el resto del curso y yo a ella cuando no nos miraban. No pasó nada. En ese mismo curso estaba el Wilo, un negro conocido como guitarrista más que como buen alumno, quién resultó ser hijo del Perico Gamboa, aquel profesor de inglés del Instituto Nacional con quién tuve el altercado que dura¬ría hasta el último año. Tuve que repetirle: “dígale a su papá que una vez más he debido perdonarle sus faltas. Cuéntele quién lo perdo¬nó.” ¡Las vuel¬tas de la vida!

Parece que el resultado final de ese curso fue bueno. El examen al cual alcanzó a llegar el titular, dio buenas califica¬ciones. Fui muy felicitado.

Preparando las clases, di con una caja arrumbada que me llamó la atención por su antigüedad y finura. Contenía el microsco¬pio personal del ilustre naturalista Don Carlos Porter, firmado por él. Aunque le habían robado los oculares, era una verdadera joya digna de recons¬tituirse. No logré que la Escuela se hiciera cargo de él y opté por presentar una solicitud a la Rectoría para adqui¬rirlo. Ésta debía, por reglamento, ser sometida a la consideración del H. Consejo. Los elogios de mi Decano por la labor que había realizado, determinaron que se me obsequiara. Recibí una muy honro¬sa carta desde la Rectoría. Curiosamente, la caja es copia fiel de aquella que con¬tiene los adminículos de escritura que pertenecieron a Don Andrés Bello y que, por tradi¬ción, presiden el escritorio del Rector.

Siguiendo con el balance del primer año, éste habría sido muy bueno, a no mediar la sorpresa que tuve en el examen de matemá¬ticas. Durante la visita al Fundo La Rinconada, los profesores de botánica y matemáticas hicieron todo lo posible por emborracharse y lo lograron ampliamen¬te. Volvíamos y en la esquina de la Estación Central hicieron que el bus parara y ambos sentaditos en la acera, ante todo su curso, se echaron mutuamente agua de la que corría por la cuneta, para repo¬nerse antes de llegar a la Escuela. (Entonces, en esa misma esquina había un paradero de golondrinas - carricoches de cuatro ruedas, plataforma alfombrada y que se destinaban a las mudanzas - lo importante del caso es que eran tiradas por dos caballos y que estos tomaban agua y que ésta regre¬saba, por el imperio de la fisiología, a la cuneta) Al parecer el día del examen en cuestión, el Prof. no se había remoja¬do suficien¬temente la nuca. Me dictó una ecuación incompleta. Yo esperaba el último dato para intentar resolverla. Mientras, el profesor conver¬saba animada¬mente con el resto de la comisión examina¬dora. Volviéndose a mí: “ y bueno señor, no supo ni como empe¬zar. Siéntese.” No hubo réplica posible, me rajó. Quizá haya sido esa la mayor frustración recordada. Por fortuna en aque¬lla época no se conocía de psicólo¬gos. Me habría suicidado.

Siendo mi padrino el tío Alberto, y éste el mejor mate¬mático que dicen, pasó por la Escuela Naval, partí a Viña a prepa¬rar la repetición del examen en Marzo. Ratificado el hecho de la ecua¬ción incom¬ple¬ta y vuelta la confianza, estudié para lucirme. Todo el examen fue: “ disculpe, en Diciembre fui yo el equivocado, puede sentarse.” Cómo invocaríamos hoy, los derechos humanos. ¿ Éramos más sufridos ? Tal vez, sí, más felices, no se hablaba de complejos.

Durante el segundo año también fui ayudante alumno de anatomía con el Prof. Dr. Eduardo Zúñiga, brillante veterinario. De él aprendí a no confiarme nunca, a no sobrestimar la memoria al dictar una clase y menos de anatomía.

Tuve ese año mi primera experiencia política eleccionaria. Gané un cargo de director del centro de estudiantes. La segunda la tendría al año siguiente cuando nombré mis apoderados en la mesa a dos “amigos”. Con la sorpresa de los más, fui derrotado para presi¬dente. Terminados los escrutinios, ambos me mostraron sus carnés del partido comunista. Mi contrincante de entonces, empezó comunista y terminó siendo Ministro de Ibáñez. Algunos de los izquierdistas más teñidos de hoy, fueron representantes libera¬les en el Centro de Alum¬nos. Si bien puedo explicarme que se empie¬ce con el comunismo, no com¬prendo cómo, de cuerdo se termine en comu¬nis¬ta. Demás está consignar que para la otra elección cambié de apodera¬dos y gané.

El tercer año marca el clímax de mi vocación docente. Nuevamente las circunstancias. Después de la primera interrogación en zootecnia, Don Germán Greve me hace ayudante, me da oportunida¬des de repasos, me exige avanzar a materias correspondientes al cuarto año y luego me anuncia que con motivo de su invitación a Alemania, me dejará ambos cursos: tercero (el mío) y el CUARTO.

Don Germán Greve Silva, fue y es para mí el más admirado Ingeniero Agrónomo. Profesor no, Maestro. Caballero y amigo. Sus clases eran de una elegancia en la exposición que no admitía dis¬tracciones. Valga un ejemplo: para exaltar las cualidades del caballo árabe decía, refiriéndose a su agilidad: “Caballo de cascos tan lige¬ros, que podría galopar sobre los senos de mi amada, sin lastimar¬los siquiera.”

Las materias que seguí pasando a mi curso, no me signifi¬caron mayor esfuerzo. Los compañeros sabían de mi pasión por la zootec¬nia y me ayudaron. La cosa sería distinta al abordar al curso supe¬rior, al cuarto. Me advirtieron que no me aceptarían. Algunos más amigos me dieron confianza. Sería una dura prueba. Muy prepara¬do, me dispuse a emular al maestro. Proyecté una diapositiva con la cabeza tí¬pica de una buena vaca lechera y empecé la lírica descrip¬ción: cachos finos que enmarcan una frente amplia; orejas erectas, con pilosidad interior suave sobre rosada epidermis; ojos profundos y nítidos que emanan dulzura; nariz recta, terminando en ollares grandes, expresiva¬mente dilatables; labios amplios, carnosos y turgentes... Se oyó una voz trémula: “no siga por favor, estoy excitándome.” A pesar de mi bo¬chor¬no, no di muestras de entrega. Bueno el chiste, dije, pero, las caracte¬rísticas descritas no las olvidarán. La clase siguió.

Durante la exposición de animales de la Quinta Normal, hoy Fisa, se hizo un concurso en que participa¬rían los equipos de las Facultades de Agronomía de la U. de Chile y de la U. Cató¬li¬ca. Capita¬neaba a esta última Rodolfo Jaramillo, también discípulo de Don Germán, hijo de su homónimo y conoci¬do criador de bovinos. Yo, a mi Universidad. Juramos paralelamente a los jurados oficiales: Bul¬drich de Argentina y otros gringos. Hubo un toro que aunque se destaca¬ba por sus mayores dimensiones, yo lo deseché. Abiertas las carti¬llas, también Buldrich lo descalificaba (tenía sus corvas rectas en la vertical, que habrían claudicado durante el servicio de montas) La Cató¬lica erró dándole el primer premio. Ganamos.

Coincidencias señeras: en l940 capitaneaba un equipo para juzgar materia prima, entonces base de la producción; durante la exposición de animales S N A en l963 inauguraba, como Ministro de Agricul¬tu¬ra, el nuevo recinto de exposiciones Parque Cerrillos Fisa S N A. En ella quedó de manifiesto el retroceso en la impor¬tancia de la materia prima. Hubo en la muestra, un predo¬minio de la tecnología instru¬mental, de la maquinaria producto¬ra, de la elabo¬ra¬ción mecani¬zada. Y hoy, justo a cincuenta años de mi estreno en las lides agronómicas, se me otorga en el tradicional acto inaugu¬ral de la Fisa (1990), el Premio al “Mejor Profesional del Agro”. Recibo éste, como expre¬sión del concepto progresivamente imperante. Ahora es la creación mental la que predomina, es el pensamiento aplicado el rector de los procesos productivos. Saber hacer es más importante que con qué hacer. Se relega así, a una tercera catego¬ría a la materia prima. Es más, ella se llegará a producir a base de la síntesis indus¬trial y ya no de la extracción natural. La ciencia ha evolucio¬nando en proyección más que geométrica. Ya rige al futuro.

Al término del tercer año Don Manuel Elgueta, prof. de genética y director del departamento del Ministerio de Agricultura, me contra¬tó para supervisar los ensayos de variedades de trigo en la Estación Experimental Trianón, en Temuco. Llegué allí tras acciden¬tado viaje, sin experiencia alguna, a sufrir el desencanto de encontrar que el administrador, con increíble irresponsabilidad, había cose¬chado juntas todas las parcelas de ensayos. Había revuelto las semillas en un solo todo y luego distribuidas en las respectivas bolsitas. Se esperaba obtener específicas varieda¬des que suponían tantas expecta¬tivas. No tuve opción alguna de repa¬rar el daño y opté por comunicarme con San¬tiago esa misma noche. Di cuenta de lo ocurrido, lo cual hacía ya innecesaria mi partici¬pa¬ción y renuncié, total¬mente frustrado, a mi primer cargo públi¬co. Afortu¬nadamente conocí en Temuco a un futuro colega que era antiguo fun¬cionario del Minis¬terio a quién pude invocar como testi¬go de lo por mí informa¬do.

Solo y con muy pocos pesos, inicié entonces la aventura de ir a Toltén a conocer el fundo El Arrayán, que el Gobierno había asignado a mi abuelo, Gral. Orozimbo Barbosa, en reconocimiento por su labor en la pacifi¬cación de la Araucanía. Permanecía inexplotado porque la madera no pagaba su costo de faenamiento. Ya que yo sería Ingeniero Agrónomo, supuestamente me haría cargo de él.

En vagón de tercera clase, conocí de cerca a nuestra deteriorada raza aborigen, ya que sufrí la vecindad de los más al¬coho¬lizados, fumadores y mal olientes ejemplares. Entre ellos llegué a Pitrufquén para seguir a Toltén. Desolación. Ese día no habría combinación con la góndola, único transporte posi¬ble hacia el pue¬blito de Toltén. Busqué donde pasar la noche, nada. Cuando me disponía a pedir techo en el Retén, hizo su apari¬ción un injer¬to de chasis de auto y góndola. Una plata¬forma bastan¬te más ancha que la trocha origi¬nal. Amarradas sobre ella, bancas de madera para los que cupieran. Habían reparado su motor. Parti¬mos. Las barrancas sobre el caudalo¬so Río Toltén, me hacían pensar en quién avisaría de mi desapari¬ción, allí donde nadie sabía que yo me encontraba. Sin embargo, llegamos al pueblo, que se ahogaría durante el terremoto del 60. Muy pinto¬res¬co, bien trazado, amplio. Mi familia era dueña de varios sitios, la escuela ocupaba la manzana que mi padre había donado, frente a la plaza, lo cual ten¬dría su efec¬to en mi próxima noche. El mástil de la bandera, al centro de la Plaza, era una linda pieza de madera exótica que mi abuelo hizo rescatar de un barco danés que había naufragado frente a Queule.

Pregunté por el Sr. Osvaldo Leal, a quién siempre oí como el encarga¬do del predio familiar. “ Allí, pasadito esa loma.” Las tardes en esa latitud, se alargan más allá de las nueve. Con mi bultito y la esperanza de llegar a un hogar que seguramente me acogería bien, inicié la supuesta corta caminata. Coincidimos en la ruta con una carreta que iba “ p`a los Leal.” Serían las siete, la familia tomaba sus once-comida. Entre casa y rancho. Un comedor muy estrecho o mucha gente para un comedor. Me hicieron hueco, el patrón me ofre¬ció generoso. Me habría comido todo, todo lo que había. Sus manos llamaban inapetencia, llenas de llagas vivas. Pensé en lepra, no pude. Él se adelantó a decirme que no tenía donde alojarme. Com¬prendí, me alegré y me asusté porque ¿donde lo haría? En la pen¬sión de las señori¬tas Rodríguez. Dispuso que una carreta me llevara de vuelta. Me espera¬ban, sabían ya quién era y que Leal no tenía como atender a caba¬llero de tan importante fami¬lia.

Un amplísimo dormitorio, catre de fierro con aplicacio¬nes de bronce; aunque muy alto, la colcha de encajes llegaba al suelo. Había dos puertas. Por sobre el cansancio estaba mi soledad. Colgué en esa imponente testera el cinturón con la pequeña Brow¬ning que Chicho, mi hermano, me había prestado. Me desvestía y los retratos de caballeros - cuyos bigotes querían traspasar la convexa cubierta de vidrio consubstancial al marco que los pasan¬tes ofre¬cían en los pue¬blos, junto con colo¬rear la fotografía del personaje más importante de la familia - atrajo mi curiosidad, pronta a alimentar la ironía. Uno era del papá, coloreado con toda justicia dada su calidad de connotado vecino, el otro - en blanco y negro - se le atribuía al difunto y fugaz marido de una de las dueñas de la pensión -bar-restorán, centro de reunión del pue¬blo. Alguien dijo que lo habían compra¬do en un remate en Temuco para mejorar el linaje familiar. Lo que era más probable, dada la ostentosa leonti¬na de seda que terminaba en una libra esterlina orlada en filigra¬na. La leon¬tina era el colgajo que saliendo del bolsillo del chale¬co anunciaba la presen¬cia del reloj y ayudaba al ladrón en su tarea. El reloj de pulsera acabó con esa tradición de señorío, con los chalecos, leontinas y ladro¬nes de esos enormes y pesados admi¬nículos con que se establecían jerarquías.

Siempre habré de agradecer a las fotografías de esos personajes que despertaran tan irónica curiosidad, pues gracias a que colgaban al lado de la puerta secun¬daria que daba al bar llegué hasta ella y ya allí, le puse llave. En ese momento, debí recordar las muy cercanas experien¬cias del terre¬moto de Chillán. De ahí mi renuencia a encerrarme y dejé sin llave la principal. Media noche. Un empujón y rabiosos movi¬mientos en la manilla. Me desperté cuan¬do, creo, que ya corría a poner llave a la otra puerta. Llegué justo cuando los mismos inten¬tos que en la ante¬rior, confirmaban el asalto. Amparado psíquicamente en la 6,35 que no sé si tiritaba por complejo de pequeñez o por mi mano, me parapeté en el opulento catre, no sin antes haberme enre¬dado en los encajes. Grité a todo pulmón, amenacé con disparar inmisericor¬de hacia el que osara abrir la puerta. Forcejaron, las gruesas puer¬tas resistieron, voces recriminato¬rias, aguardientosas, varias. Se fueron. Nadie acudió a mis gritos.

Me pasa¬rían a buscar para ir a El Arrayán. Amaneció y llega¬ron las señori¬tas, encabezadas por la mayor, doña Geraldina, los veci¬nos, todo el pueblo conmocio¬nado. Al anochecer de la víspera, habían llegado al bar unos cono¬cidos cuatreros. Oyeron que allí se alojaría el persona¬je de la comenta¬da familia, que poseyendo tie¬rras y sitios, no los usufruc¬tuaba. Tenía que ser rico. Intentaron el asalto con la impu¬nidad con que los revestía su fama. Los bigo¬tudos me ampara¬ron.

Hice la visita de reconocimiento a mi supuesto destino: El Arrayán. El bosque nativo más impresionante, con árboles de tal diámetro como para que fotografiara al caballo, teniendo de fondo un alerce del que, apenas sobresalían la cabeza y la cola, tal era su diámetro. Sobrecogido por la inmensidad, interrumpido en mis cavila¬cio¬nes por los gritos, no trinos, de pájaros que no conocía. Todo se me hacía grandioso: árboles, soledad que se expresaba en un silencio colmado de ruidos o ruidos exaltados por el silencio. Pero, sole¬dad. ¿Sería ese el sitio fijado por el destino para empozar tantos anhelos? El tupido bosque me ofrecía bellezas que pudieron escon¬der ese hori¬zonte. Seguí por senderos de dudas, llegué a un árbol seco que parecía haberse inmolado para ofrecerme un claro. Apareció la bóveda infi¬nita. Comprendí que el mundo me ofrecía más.

Coincidentemen¬te, días después de repasar y escribir ru¬mian¬do estos recuerdos y felicitarme una vez más de mi decisión de borrar esos destinos, que habrían sido lapidarios para el que realmente me espe¬raba, he vuelto exactamente cincuenta años des¬pués, durante los cuales se acabaron vidas y el pueblo. Recorrí en confor¬table último mode¬lo, sobre caminos firmes, por puentes, pueblos inter¬medios, luz, telé¬fonos. Todo para realzar contrastes, para engran¬decer en mis re¬cuerdos la pionera hazaña de muchacho nacido y criado en la capital. Aún ahora, la naturaleza del entorno sobreco¬ge, quedan pasajes en la ladera abrupta del impo¬nente río Toltén, como para recordarme lo que fueron esos 75 Kms. de riesgos, que bien valieron en mis deci¬sio¬nes. Ahora, los he disfru¬tado y con nostalgia.

La Nueva Toltén ha sido levantada en el sector del Fundo El Arra¬yán. Es un hermoso pueblo. Pedí ayudas para mis nublados recuer¬dos, quería rehacer el ambiente de mi aventura. Seguí a Toltén Viejo. Allí, a unos kilómetros hacia la costa lo encontré agónico. Quiso darme la impresión que aún vivía. Semi sumergido, conseguía sostener le¬van¬tada la Plaza de Armas. Como símbolo de subsistencia, me presentó a un mapuche que dijo tener fe para rehacer un predio que sus antepasados habían vendido al progreso y que la ley de la natu¬raleza (terremo¬to) había expropia¬do para devol¬vérselo. Recorrí con añoranza emociona¬da. En la esqui¬na desde donde una tarde caminé buscando a Leal, dejé al espíritu rehacer conside¬ra¬ciones y fue has¬ta ese limitado horizon¬te. Volvió pronto, conven¬ci¬do. Una señora se acercó cortando mis cavilaciones. Ella podía contarme su modo de vida y con ello, explicarme por qué mi espíritu volvió pronto. Qué fatalismo y qué determinación para sobrellevar¬la, ya que su marido de noventa años se negaba a dejar su hogar y ella respetaba al hom¬bre. “ La casa queda aislada ocho meses del año por las aguas que la rodean en un radio de 1.500 mts. Pero, si hay alguna urgen¬cia, un bote nos lleva hasta el camino firme. Sólo a veces el agua cubre el piso de la Vivienda.” Es feliz y tiene veci¬nos: otras dos o tres familias que queda¬ron cuidando al pueblo en su coma. He vuelto pensando en él con cariño ¡ Cómo tenerle rencor por no haber¬me dado, entonces, la posibilidad de establecer en él mi destino!

Durante el último año de la carrera, mantuve las ayu¬dan¬tías de Zootecnia, Anatomía y de Microscopía. Paralelamente abría la Ofici¬na de Tasaciones y Peritajes Agrícolas en sociedad con Carlos de la Jara, muy experimentado Ing. Agr, oficina que tomó importan¬cia, más allá de lo esperado. Sin embargo, mejoré el rendi¬miento estudian¬til al extremo que al presentarme ante las comisio¬nes examinadoras advertía muy ceremoniosamente: “ opto sólo al cham¬pion,” lo que signi¬ficaba el 7 o la reprobación. Carril psicológico que me dio gran éxito. No habría base para una reprobación ya que, para pedir el siete tenía que llevar más de cinco de presentación y como en el examen no se podía variar más de dos puntos, no cabría el dos con que se reprobaba. En cambio demostraba gran segu¬ridad y con¬fianza en mis conocimien¬tos. Todo me salía bien hasta que sorteé una cédula que contenía esas pre¬guntas estúpidas, esas que jamás se deben hacer en la universidad: ¿Cuántos cajones de duraz¬nos se exportaron el año X? Conociendo al prof. sabía que no acep¬taría aproximacio¬nes. Tampoco podía decirle cuán irrelevante era el conocimiento de cifras esta¬dísticas, frente a la fisiología de la maduración o cualquiera otra materia que realmente sirviera al profesional. Recurrí a un ardid ilíci¬to, que sólo el recuerdo de la preguntita ha logrado confortar mi concien¬cia " Señor, me siento indispuesto, tendré que retirarme hasta Marzo.” Los antecedentes acumulados en las planillas de los otros exámenes y mi muy hipócri¬ta expresión, movieron a los otros profe¬sores a conce¬derme un: “repóngase y si puede, preséntese al final de la lista.” Así lo hice, sorteé otra cédula y me fue muy bien.

Trabajar en la oficina, adelantar en los estudios y desde el 4 de Mayo, pololear con visos serios, llenaron mis veinticuatro horas. Salía de la universidad a las cinco, oficina hasta las ocho o más, viajar hasta la entonces lejana Hernando de Aguirre 405. No perder un día de amores. Volver cuando la Plaza de la Constitución estaba sufi¬cientemente desierta para permitir la concentración de quienes la recorríamos con ese paso, no sé por qué, solemne, que usamos sólo para estudiar. Benzedrina, para que el sueño postergara sus urgen¬cias hasta las cuatro o cinco de la madrugada. Recostarse, ducha y a la universi¬dad.

Enero de l942 me entregó a la vida profe¬sional, me aferré a ella por el cabo que ya había asido: peritajes, correta¬jes. Decidí que la vida de soltero me había dado agradables y sufi¬cien¬tes satisfacciones, tantas como para saciar los requerimientos de nuestra vejez, en sus intentos por acreditar un buen uso de la juven¬tud ya ida. Para la juventud, debe regir esta norma: pórtate tan mal, que cuando te cases sientas la feli¬cidad de por¬tarte bien. Tan mal, como para que no te queden curio¬sidades por solventar. Buena fórmula para el recuento de conciencia previo al matrimonio. Estaba listo para el análisis y la selección de elemen¬tos conyu¬ga¬les. Empezaría la búsqueda. Ésta fue corta, en el segundo intento clavé la brújula. Casarse con una mujer hija de ricos es mal nego¬cio. No se recibe nada más que la obligación de mantener el rango a que la niña está acostum¬brada. Tuve conciencia de ello. Trabajé duro, nos comprometimos. Debía cumplir los requi¬sitos para recibir¬me de Ingeniero Agrónomo y al mismo tiempo, resultaba difícil bajar el ritmo de trabajo. Opté por inver¬tir lo ganado, arrendar una oficina tan destartalada que me impe¬diría realizar otra función que la de traba¬jar sólo en la memo¬ria de título. Rescaté todos los conoci¬mientos que la prepara¬ción de las clases de zootec¬nia me habían hecho archivar y escribí la tesis de grado: “Nuestro proble¬ma bovino” Primera página: “A mi novia”, esta dedicato¬ria fue el honora¬rio anticipado por hacerme a máquina todos los ejem¬plares requeri¬dos (no existían fotocopiado¬ras).

El segundo requisito consistía en un levantamiento topo¬gráfico, para lo que usé uno de los realizados en mi Oficina. Tercero: nivela¬ción de una cierta superficie. Puse el instru¬mento en el sitio que como inversión junto a otros dos, tuve en la Avda. El Bosque esq. Las ¬Lilas (hoy Eleodoro Yáñez) y a campo traviesa, el alarife llegó hasta el puente del Canal San Carlos con Bilbao. Ningún obstáculo impedía la visual. De ello, luego habría de encar¬garse el progreso, con él, aparecerían lindos chalets y después horrendos edificios de depar¬ta¬mentos.

25 de Septiembre de l943, fecha audazmente elegida para el matrimo¬nio, con bastante antelación a haber terminado de reunir todos los requisi¬tos para fijar la del examen de grado. Logré una excepción, darlo el 10 de Agosto, última fecha de ese año en que se reuniría la Facultad para tal efecto. Si fallaba, adiós casorio.

Tenía traje azul, una linda corbata de Mitchel & Mitchel que era la de la suerte, moto, entonces muchísimo más “in” que un auto, ya que para éstos no había permiso de circulación, debido a la guerra. A las seis de la tarde, llegaron muchos profesores. También mis nervios esta¬ban presen¬tes. El Decano don Víctor M. Valenzuela, no... y no llega¬ba. Fui a su casa, calle Chacabuco, me dijeron que se había ido al H. Consejo Universitario, a la Casa Central. Sólo había tranvías. Corrí tras ellos, en el acoplado galopaba mi Deca¬no. Bájese don Víctor M., lo están esperando en la Facultad para el examen de grado. Si no es hoy, contestó. Bájese por favor. Siguió el angustiante diálo¬go por unas dos cuadras. Se bajó. Don Víctor M. si no nos apuramos, se nos van los profesores, súbase a la moto. ¿Está loco?. Lo con¬vencí. Una cuadra antes se bajó con toda digni¬dad, necesitaba un espacio para ir despa¬rramando el susto, que sin excepción, acumula todo hombre de edad que sube a ese, para los jóvenes, delicioso vehículo.

Entonces, no había sorteo de materias ni formación de la Comisión Examinadora, simplemente asistían profesores, con un mínimo de diez. Para mal de los postulantes, aquellos mostraban espe¬cial interés en hacerse presente.

Pareciome que todos mis nervios se los había metido en el bolsillo del chaleco del Decano durante el raid en moto. Él pare¬cía ser el único contrariado con este joven que se paseaba por las materias abordándolas a su conveniencia. No había en el ánimo de los profe¬sores la intensión de poner obstáculos que pudieran evidenciar sus errores al cali¬fi¬carme con las notas que se exhibían en mi curricu¬lum. Obtuve un siete corri¬do, o sea puras bolas coloradas, a excep¬ción de las dos bolas negras de Don Víctor M... quién estimó que las teorías que yo había expuesto en el rubro suelos, no estaban suficientemen¬te demostradas. Se trataba nada menos de lo que hoy está tan en boga: la cero labranza. “Pero, si yo no las sostengo. Me he limitado a ilustrar mi examen con estas otras teorías, pero, he contestado primero, correcta¬mente para usted, su pregunta”. Los demás profeso¬res trataron de disuadir¬lo, inú¬til. En todo caso, estaba aprobado “Con distinción” y felicitado. Entre tantas bolas coloradas, las negras de Dn. V.M. hubiese queri¬do vérselas moradas.

Salí corriendo rumbo a Hernando de Aguirre. Ya eran más de las nueve, hora sagrada para la comida familiar. Me esperaba Eliana y su mamá. Mis grandes sostenes mora¬les para enfrentar las arremeti¬das del padre celoso que, como todos los de su época creían su deber oponerse a todo. Abrazos y besos de ellas. Gran comida para celebrar la graduación. El futuro suegro encontró la oportuni¬dad para exterio¬rizar su personalidad: “ tanto aspaviento por un cartón que no sirve para nada.” Pero, en la ocasión no había nada capaz de empañar nuestra ale¬gría, que estoy seguro, lo era de él también.

Hay quienes niegan la vocación íntimamente ligada al destino. No podría defenderla en forma absoluta. Atribuir todo a éste es una fácil explicación de lo inexplicable. En cada indi¬viduo hay una concate¬nación de circunstancias que van conformando ese destino, lo cual no signifi¬ca que necesaria y fatalmente estemos predestina¬dos. La personali¬dad puede ser capaz de incorpo¬rar o rechazar elementos, sea por su fuerza moral, sea por su distinta capacidad de analizar o por el medio en que se encuentre. Infinitos factores pueden determinar la aceptación o rechazo de estos elemen¬tos forma¬dores de ese todo que llega a ser el destino.

La capacidad de amar también marca hitos. Aparte de los filiales, hubo uno, en mi infancia, como lo expresé en el capitulo Peñaflor en el que, tal vez, se encuentre la raíz de la, para mis hermanos, tan extraña vocación por el campo: un perro.

Cabía en el cajón de mi velador aquel cachorrito de poli¬cial, que había aceptado a escondidas. No me obligaron a devol¬verlo, pero, sería responsable absoluto de todas sus accio¬nes. Lo cuidé desde su precoz destete. Vivíamos juntos, aprendimos, yo más de él. Su inteligencia transcendió a todo Peñaflor, nuestra comuni¬dad también. La antigua casona que perteneciera a la Familia de los Hermanos Carrera, en la calle que desembocaba en el Callejón del Diablo, tenía un des¬proporcionadamente ancho y alto parrón que a pesar de su longi¬tud, no restaba perspectiva a la mansión. Por él iba yo en bicicle¬ta, el Nick como siempre, unos metros adelante. Un fuerte crujido anunció la caída de un travesaño de 6”X6” y no menos de cinco metros de largo, rendido por su edad. Por lógica el perro debió arrancar hacia adelante. Él ya había pasado. Pero, vol¬viéndo¬se, saltó directo al pecho botándome hacia atrás. La viga rompió el asiento de la bici¬cleta. La yegua Trutru¬ca y el Nick, llenan varios años de queridos recuerdos. En ellos estuvo la predisposi¬ción hacia la naturaleza y sus encantos, previos al reencuentro con ella en Chillán. La compaginación de las circuns¬tancias habría de fijar el destino. Éste determinaría mi indi¬soluble compromiso con la agricultura y la Inge¬niería Agronómica. Y declaro con énfasis que me hizo feliz, pero, insisto: son las circunstan¬cias las que lo conforman y éstas son manejables.