Y así, marcado el primer hito, iré abriendo caminos hacia recuerdos, a veces, derivando a senderos intranscendentes o de muy privadas accio¬nes. Éstas, las dejaré en volumen apar¬te, allí donde mis soledades, si las tengo, las reencuentren.
Mi vida transcurrió por rutas abiertas a las natu¬rales críticas, que despertaron el voraz apeti¬to de las más severas: las mías. Ellas me hicieron tími¬do, me apartaron de muchas otras actua¬ciones, desde ser reacio a bailar creyen¬do que no era mejor de lo que me exigía como mínimo, hasta eludir algún discurso, porque siem¬pre es posible cometer un error o simple¬men¬te ser segundo en el estrado. ¿Errores o pruden¬cia? Ya no impor¬ta. Paradojalmen¬te, siempre temí que esa seguri¬dad en mi mismo me trai¬cionara, vengándose por haberla exigido tanto.
Durante el Con¬greso Mundial “dell`Office International de la Vigne et du Vin” en Trento (1974), alguien le pre¬guntó a Eliana si era casada con Matusalem. No podía ubi¬carse en el tiempo, había oído comentarios de mi curriculum y un lapso común de vida le parecía insuficiente para protagonizar todo cuanto se me atribuía. Creo que de muchos se habrá dicho lo mismo, pero, a mí me halaga pensar que es así y como estas líneas las escribo sin otro fin que regozar lo vivido, me propongo rela¬tar, algunos episodios que justifiquen en parte, la “ta¬lla” del italiano. Según supe después, éste había asis¬tido a la asamblea en que enfrenté a los representantes de países de la “Cortina de Hierro”, críticos del Go¬bierno recién instaurado en Chile y por cierto que no lo hice solo como enólogo, ante todo se es chileno, y si es en el extranjero, se es bravo, muy bravo. Al parecer, esa intervención motivó los comenta¬rios relativos a mí.
Es cierto, HE VIVIDO MUCHO. Más aún en las acciones que en el tiempo.
Aunque reconozco una tendencia al negativismo, decla¬ro enfáti¬camente que soy y he sido un hombre feliz. Y aclaro que, más que ser negativo, me atengo mucho al cálcu¬lo de probabilidades y a abstenerme en la duda. Ha sido poco el tiempo ocioso. ¿Ambición o nece¬sidad? De lo uno y lo otro, de lo que desprendo que ambas son necesa¬rias; que tienen la virtud de correr espuelas por el costi¬llar de nuestro tiempo o sofrenarlo para vivirlo más intensamente. Que frus¬trante debe resultar un análisis personal retros¬pectivo que acuse un balance con pérdidas en el rubro tiempo. Ni siquiera abrí en la contabilidad de mi cronos, la partida: “ocio”. Cuando lo quise hacer, después de mi jubila¬ción como Rector de la U. de Chile y dedi¬carme sólo a la tan ansiada lectura de algo más entre¬tenido que la química enoló¬gica o la revisión de documen¬tos administra¬tivos, sin urgencias, preocupaciones ni obliga¬cio¬nes, supe cuan rápido se muere en el ocio. Ya han corrido desde entonces, otros treintaitantos años intensos, rápidos, sin treguas envejecedo¬ras.
Debo advertir que no tengo la más mínima inten¬ción de inducir conductas o aconsejar a nadie con mi relato. Son mis propias expe¬rien¬cias y si alguien quisiera usarlas en su benefi¬cio, salvo mi res¬ponsabilidad. Aunque siempre me quejo que la juventud no sabe aprovechar ajenas experien¬cias, reco¬nozco el valor de las propias. Eso sí, el no usar las unas y las otras, explica el porqué haya tantos lloran¬do errores que pudieron evitar acogiéndose a ellas.
¿Son las circunstancias las que determinan el destino? ¿ Es el individuo quién las fija? o ¿son sus propias carac¬terís¬ti¬cas las que aprovechan o desechan esas circunstan¬cias? ¿o am¬bas? Sin “circunstancias” no se hubiesen evidencia¬do: el genio de Napoleón; la soberbia opor¬tunista y no menos inteli¬gente de Hitler; la perseverante fe de Chur¬chill; o la capaci¬dad de Pino¬chet para revertir el destino de Chile. La historia los habría perdido.
El tedio que los reiterados errores de los gobernan¬tes gobernados generaron en la población euro¬pea, creó la circunstan¬cia, el am¬biente propicio para el adveni¬miento de un mandata¬rio autócrata, de un talen¬to introvertido, que viniendo de luga¬res no contami¬nados por Cortes corruptas, además de apor¬tar nove¬dad, recabase autori¬dad y por lo tanto capacidad para ejer¬cer el mando. Es el caso de Napoleón Bonapar¬te. Si la crisis mundial no se hubiese hecho más eviden¬te en Alemania y su pueblo haber sido preparado para enfrentar un cambio como el que propiciaba Marx y a cuya posibili¬dad íntegra los teutones se resis¬tían, Hitler no habría tenido su “circunstancia”. La flema britá¬nica, el apego a las tradicio¬nes, dieron a Chur¬chill la suya, y así obtener el respal¬do para inducir a la espera de una victoria final inima¬ginada, que sólo él hizo intuir. Y Pino¬chet ¿habría tenido la suya, llegando hasta donde llegó en la historia de Chile, a no mediar los mil días de la UP ? Y si en Chile no se hubiese vivido esos días, en los que no se podía trabajar ¿ ha¬bría¬mos visto durante horas hábiles la tele¬serie siúti¬ca, insulsa e intermina¬ble: “¬Niña italiana viene a casar¬se.”?
Guardando las proporciones, cada cual ha tenido las suyas (circunstancias) y me considero privilegiado por la suerte en ese sorteo que el destino juega con cada uno de nosotros. Reconozco mis muchas limitaciones comparati¬vas ante aque¬llos con quienes alterné en mis variadas actividades y sin embargo... La vida es una conti¬nua competencia en la cual se triunfa o se retrocede en nuestro fuero interno. Lo importante es que al final de cada jorna¬da se tenga la sensación de haber ganado, aunque sea por un punto, pero, ganado.
En esos balances fui adqui¬riendo expe¬rien¬cias que en un prin¬cipio me hicieron dudar de la justicia de mis aprecia¬cio¬nes sobre los demás. Vale al respecto la cita de un pasaje de Apuntes desde Europa, 1950 “: Recuerdo cuando me incor¬po¬ré al Consejo del Sindicato Viti¬vinícola (había cumpli¬do
Repasando memorias afloran las circunstancias y honesta¬mente doy más mérito a ellas que a mis posibles capacida¬des. Quizá pueda capitalizar un sentido resolutivo, el que me habría permitido ciertos logros. Esta narración irá testimo¬niando este verdade¬ro culto hacia las CIRCUNSTANCIAS. A todas las que dan forma al destino, conforman la historia y no solamente a las mías como así las acapara José Ortega y Gasset al afirmar “Yo soy yo y mis circunstancias”
El relatar en forma tan personalizada, generalmente ilustrando con nombres de los personajes involucrados en mis circunstan¬cias, no conlleva una intención peyorativa para ellos, sino la búsque¬da de testi¬monios que ahuyenten explicables dudas respecto a la veracidad de lo increíble. El relatarlo así, tómese como una expre¬sión de senilidad temeraria o como una confirmación de mi tenden¬cia, hasta ahora siempre presente, de “morir con las botas puestas.” Léase, mantener el concepto de hom¬bría que he procurado imprimir en mis decisiones.
Los juicios críticos, en general, han ido resultando negativos - a pesar de la inicial predisposición - hacia quienes tuvieron la malhadada suerte de contratransitar en mis rutas. Esta tendencia a exte¬riorizar críticas, hace que ¬los jóvenes suelan culparme de negativo. NO. En ello sólo prima una inten¬sión docente.
Es mucho más lucrativo en el comercio de las simpa¬tías, destacar sólo lo bueno. Así se las concita. Impugnar lo malo, aunque sea en persona anónima, siempre involucra a un ser culpable. Crea reacciones íntimas o exteriori¬zadas. Pero, alguien debe usar las críticas en térmi¬nos de intereses didác¬ticos y en ese sentido resultan positi¬vas, produciendo un impacto más perdu¬rable que el hala¬go. Generan patrones de comparación que en mucho ayudan al propó¬sito de adoptar acti¬tudes y usar procedi¬mientos más uni¬versal¬mente aceptados. Si critico duramente un acto contra la sociedad, gano la antipa¬tía de quienes lo cometen pues, aparezco seña¬lando un hecho negati¬vo. Lo que realmente importa es que la suma de esas reac¬ciones no alcancen a igualar a los benefi¬cios que a la sociedad compro¬metida repor¬ta, ni a la íntima satis¬fac¬ción de contribuir a una mejor conduc¬ta, por la vía de criticar con justicia.
Que los criticados entonces se sien¬tan halagados por haber contribui¬do con sus malos ejemplos a nece¬sarias enmiendas en nuestro diario actuar.
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1. Mesita baja, generalmente de tres patas torneadas. Muy de moda en los años veinte
2. Llevaba la misión de sugerir que el idioma español fuese considerado como oficial en las reuniones de la OIV. Al subir al estrado, las representantes de Hungría y URSS impugnaron mi presencia aduciendo que, puesto que era representante de un gobierno militar, sería yo seguramente un testaferrro, ageno a cualquier actividad académica y ya cuando hable de la formación universitaria del enólogo, interrumpieron ácremente. Exageraron en el afán de crítica a mis carencias intelectuales. El prof. Garoglio que presidia, les hizo saber que no sólo era Dott. specialista, graduado en Turin, sino ex-Decano, ex-Rector y Profesor Emérito de la U de CH, etc. Como inclluso habían interpretado mi petición idiomática como una imposibilidad mía para intervenir en francés, italiano o inglés, me dirigí a la asamblea en italiano, seguí en francés y, para los canadienses lo hice en inglés. Luego les advertí que era Miembro Honorario de sus universidades Carolingia y de Lomonosov, sus respectivas y que, por mi parte, en las esferas que había actuado en ellas, no supe de la existencia de estas profesionales que me habían interrumpido. Aplausos.
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