El preciosismo por las formas de expresión seca¬ba la pluma mientras hurgaba en búsque¬da de elegancias en la prosa. Las ideas, los recuerdos se hacían presentes para luego tornarse fugaces, inalcanzables ya, hasta per¬der¬se en horizon¬tes donde se confunden pretéritos y futu¬ros.
Al decidir que ya era hora de verter en una narra¬ción, aunque sin pretensiones literarias, mis anécdotas, experiencias, peri¬pecias, circunstancias serias y jocosas; de intelectua¬lidad, creí que un computador me incenti¬varía para iniciar esta aventura, para la cual necesi¬taba de una nueva dimen¬sión de velocidad en la fijación de imágenes. Espero que el futuro justifique esta adquisición porque, lo que es hasta ahora, sólo ha logrado entretenerme o, por qué no confesarlo, también ¬exa¬sperar¬me. (1990)
Las expe¬riencias con él, han sido vejatorias para quién pre¬tendía ser un buen entendedor. La primera obser¬vación negativa surge de los nietos que, con brutal desenfa¬do intuyen lo que es compu¬tación. Yo, en cambio, me pierdo tratando de com¬pren¬derla, de expli¬carme cómo y por qué funciona. Lo lógico - para esta época de “conocimientos de tecnologías”- es pasar por alto razo¬na¬mien¬tos y atenerse a la realidad material: este apara¬to fun¬ciona así porque fue hecho para eso, por quienes tienen una capa¬cidad para eso. Punto. Reconoz¬cá¬moslo y aprove¬chémos¬lo. No he adquirido un computador para que me complique. NO. Al contrario, espero que él me facilite la realización de un deseo y nada más. Quiero escribir mis memo¬rias y lo haré.
El interés que estas letras puedan tener, está limitado a la intimidad fami¬liar. Patentizan también a persona¬jes públicos algunas de cuyas citas, sin duda, los perjudican, aunque mi relato no tiene esa intensión. Por ello, la prudencia aconseja que el texto no sea publi¬ca¬do, por lo menos en vida. Y si alguna “circuns¬tan¬cia” deter¬mi¬na¬se lo contrario, exijo que no se le modifique en la búsqueda de atenuantes para mi audacia. Tal vez acepta¬ría se redujera el tipo de letra a la de aque¬llos que llenan el reverso de las pólizas de seguros, para aque¬llos párrafos que apa¬rente¬men¬te intere¬sen sólo a la fami¬lia y que sin embar¬go pueden expli¬car el origen de más de alguna “ circuns¬tancia”. Como por ejemplo, el por qué de esta ensalada de estilos que no estoy dispuesto a ordenar, pues, limitaría la espontanei¬dad confidente que apadrina a lo veraz. Y porque ínti¬mamente sé que estoy injertado. Pa¬trón: la forma¬ción universitaria. Injerto: mi amor al campo y su léxico.
Todo aconseja entonces, que estas líneas sólo sean publicadas una vez yo cremado y trami¬tada la posesión efectiva. Así nadie demandará a la sucesión y tampoco encontrarán mi tumba para importunarme por indiscre¬to, aunque nunca por calumnia. Si un abogado advierte sobre posibles responsabili¬dades penales, no le hagan caso. Si les da otros consejos, tampoco.
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