La formación en la tendencia humanista del hogar, por ser el menor de la familia, no me resultó humana. Hubo siempre un marcado desequilibrio de edades, porque no obstante que cuatro años de diferencia en la edad adulta no pesan, en la infancia son toda una vida. Y era esa la diferencia con mi hermano más cercano, factor acrecentado por las circunstancias ya que él, por razones de salud de mi madre y por su precoz rebeldía, cumplidos los cuatro años fue enviado a “moles¬tar” al cole¬gio. Directamente a las prepa¬ratorias porque, entonces, no existía ni siquiera el kinder¬gar¬ten. De allí que terminara sus humani¬dades antes de cum¬plir los cator¬ce y leyes antes de los dieciocho años. Breva madu¬rada con palito, era un dicho de la época para referirse a un niño agranda¬do. Y su origen: la práctica de los vendedores de brevas a quie¬nes se les achaca¬ba el madurarlas intro¬duciendo por la flor del fruto un palito con fecas frescas, las que al fermentar aceleraban la madu¬ra¬ción y por lo tanto su venta tempranera. Higié¬nica fisio¬logía de post-cosecha.
Esos cuatro años de diferencia significaban muchos más, referidos a camino andado por la vida y los conocimientos. Ello, unido al sentido de crítica mordaz, que si bien es cierto era un continuo acicate para la superación, mortificaba a quien terciara en los verdaderos debates entablados en la mesa familiar. Única hora de encuentros pues, a pesar o gracias a que no había televisión ni noticieros radiales, todos teníamos distintos y personales afanes que llenaban el resto del día. Naturalmente que en estos debates, yo no tenía cabida y cuando la encontraba, era objeto de todas las críti¬cas sapientes de mis mayores. Siempre dolido porque no se aplicaba en justa proporción, la vara con que se debía medir al más atra¬sado por las circunstancias a que me sometió el turno familiar de las pari¬cio¬nes, debí soportar varios, muchos años, el vivir en esta desventaja. No recuerdo que ello me amilanara, es preciso recordar que entonces nadie hablaba de comple¬jos.
En definitiva, esas críti¬cas hoy muy agradecidas, des¬pués de sufri¬das, constituyeron una buena escuela para mí. En este am¬biente de conti¬nua competen¬cia se engen¬draba un sentido, una nece¬sidad de supera¬ción permanen¬te. En los paseos por el cen¬tro, vitri¬neando, se nos hacía competir para incenti¬var la rapidez en las reac¬cio¬nes y el espí¬ritu de observación: “¿Donde dice: oferta? ; ¿dónde $14? ; ¿dónde está la corbata rayada azul y blan¬co? “ Estas pruebas se repe¬tían cons¬tante¬mente, aún en el inter¬medio de la matinee del Domin¬go, cuan¬do bajaba el telón cuaja¬do de avisos comer¬ciales: Cuántos, ¿ dónde está...? Así me crié, en una cons¬tante, implacable y desi¬gual compe¬tencia. Como táctica para ella se in¬cluía la reser¬va, el juego de posibilidades. El temor de perder, por una contes¬tación precipi¬tada, enseña¬ba prudencia.
En esa escuela pareciera que se habría de formar un talen¬to.¿ De qué vale un talento resentido? Cuidado, así también se crea el negativismo. Por otra parte jugaban los estímulos por precoces triunfos.
Aislado entre polos de confusa ubicación, llegué al día de la más trascendental decisión, aquella en que por criogé¬nesis (fría síntesis) cristalizamos el destino. Sentía la ausencia de fuer¬zas que habrían de empujarme hacia el mío. Hubo una premisa: ya había aprendido a no gustar del ambiente de la abogacía.
La hora del té en casa, era muy concu¬rrida por los compa¬ñe¬ros de los dos hermanos que estudiaban leyes, separados por un curso, en la Chile por supuesto. Observaba con atención a las personalidades ya bastante formadas de su grupo. Imaginaba sus desti¬nos, sus posibilidades de triunfos y con ellos vestía a mi futuro, modelando imágenes, con la consiguiente insa¬tisfacción. Había vivido las estre¬checes derivadas de la crisis y no las quería perpetuar. Para ello, ellos no me ofrecían esperanza. Quienes eran los anali¬zados: Volo¬dia Teitelboim, con sus atildadas maneras, me impactaban sus barni¬zadas uñas (las mujeres se las pulían con unos polvitos rosa¬dos frotados con una almohadi¬lla de cuero de ante. Ahora se las barnizan, igual él); Carlos Briones, por su esmirria¬da figura, poco futuro auguraba. Aunque era reconocida su simpa¬tía, resaltada por la curiosi¬dad expectante que suscitaban sus ojos, recóndi¬tamente ubicados. Y varios otros que han tenido figu¬ración menos funesta que los nombrados y que mi intuición los rechaza¬ba como modelos, en la elección de carreras profesio¬nales.
Desde la niñez, me atra¬ían las acciones productoras, pero, no tuve informa¬ción, ni ejemplos cercanos de lo que ellas realmente significa¬ban como herramientas de progreso. En cambio, sí las oía menospre¬ciar. Ellas no serían expresión de la pura intelec¬tuali¬dad que, según el círculo casero, era la única vía del triun¬fo ante la sociedad.
Se fue plasmando una íntima clasificación de las profe¬siones: las de producción y las otras. Estas otras se subdividen, para mí, en positivas y aún indispensables a la cultura universal, como las artes y las letras ( nunca he sabido por qué se mencionan siempre por separado, ¿ quién duda que manejar las letras es un arte?) Dentro de las otras, las hay que en su evolución han llega¬do a entorpecer las relaciones del diario acon¬tecer. Así lo intuía analizando las terminantes aseveraciones de esos futuros abogados y lo he confir¬mado oyendo a los más, a los otros, a aque¬llos dedica¬dos a la producción de verdaderos bienes espirituales y mate¬ria¬les. La abogacía se auto incluye en la rama de las letras. Tal vez, en las de cambio. Los economistas, al igual que los aboga¬dos se ini¬ciaron positivamente con el derecho romano, reglamentando la convi¬vencia, llegaron a ordenarla por los princi¬pios de la econo¬mía. A juzgar por los ejemplos que actualmente se comentan y que son fruto de la “alta especialización”, pareciera que más bien estarían desarti¬culando la econo¬mía. Alguien dijo que un economista es quién ha¬biendo perdido lo suyo, se dedica a hacer perder lo de los demás.
Quiso mi buena estrella que se entablara una muy sincera amistad entre un grupo de mi curso en el Instituto Nacional. Por mucho el mejor colegio, por lo menos hasta entonces. Fernando Bórquez Stevens, Alberto Rengifo Moller, René Rojas Galdames, Eduar¬do Parker Bacigalupo, Luis Sepúlveda Dagnino.
Sólo la cordialidad de Fernando pudo sacarme de la atra¬yente rutina de los veraneos peñaflorinos. Curiosamente, aunque era él el mejor alumno y jefe de curso, también lo era en el deporte. Su prover¬bial senci¬llez conci¬taba sinceros afectos. Me invitó a vera¬near a Chillán, Fundo Pilmai¬quén de la Familia Bórquez Stevens. Allí empieza mi metamor¬fosis, allí está la explicación del “ por qué: Agronomía.” Y, también, allí aflora la personali¬dad hasta entonces anulada, la antítesis de aquella que se queda en la calle Bandera junto a la de mis hermanos. Conoz¬co de cordia¬lidad, de distensión, de alegría constructiva.
Don Emiliano Bórquez Lantaño y Doña Mina Stevens, dos muestras del señorío guardado celosamente en esa provincia de Ñuble. Elegida, por el atraso productivo subjetivo y comparativo, por el Punto Cuarto de las N U para realizar un plan piloto de desarrollo regio¬nal: el Plan Chillán. Cabe consignar que en ese ambiente de convencional “atraso” era posible, más que en la metró¬polis, conservar valores del espíritu, como los que estos esposos exhibían y prodiga¬ban, especialmente en bene¬ficio de aque¬llos que, deteriora¬dos por el pro¬gre¬so capita¬lino, llegábamos a sus lares favorecidos por la suerte de ser amigos de sus hijos.
Debería escribir la biografía de esa familia, para legar al lector el remanso que quisiéramos ofrecer a nuestros espíritus continuamente estrezados por el actual trajín. En ella estarían los fundamentos para que atribuya a esos días vividos con ellos el cambio de la visión espectral del concepto de vida; de los contras¬tes entre la con¬cep¬ción filosófica que se gesta en un departamento cén¬trico de la capi¬tal, habitado por supuestos intelectuales, víctimas de las exigen¬cias de un pretendido preciosismo, y aquella distendi¬da, sin las limi¬tacio¬nes que impone el planificar cada momento y que transcurre en la placidez de una casona de campo inmersa en la verdadera y perma¬nente riqueza, patrimonio de todos, que es la naturale¬za. Espectacular en la forma puede ser la prime¬ra. Profunda en sus raíces, inamovi¬ble en su tronco, hermosa en su follaje, la segunda. La convivencia en este campo, que transcurrió sin exigen¬cias formati¬vas, fue, sin embar¬go, deci¬soria en la formu¬lación de una nueva y, ahora positiva, filoso¬fía de vida.
Sabía de la teoría de la tolerancia y ahora aprendía a practi¬carla, a descubrirla en sus reales dimensiones, a sentir la íntima comodidad que ofrece a nuestro actuar.
La personalidad de Don Emiliano, obligaba a meditar en lo inútil de las obstinaciones que suelen ganar debates. Aparentes triunfos que internamen¬te nos derrotan cuando anali¬zamos y conclui¬mos que la contraparte estimó superfluo insis¬tir en una répli¬ca y en cambio, nos cedió el posterior desenga¬ño que casti¬ga nuestra soberbia, cuando la realidad nos saca del error. Él jamás impo¬nía, se limitaba a generar posi¬bilidades y con su ejem¬plo, inducía al buen juicio de elección.
En él aprendí a respe¬tar esas activida¬des productoras. Que un hombre dedicado al campo poseyera tan amplia cultura; que hubiese ganado tanto respe¬to; formado una familia de esa calidad humana; que hacía pensar que no siempre están en las lustrosas elites del salón o las aulas, los modelos que debe¬ríamos adoptar como anhelos de vida. Constituía un ejemplo concluyente de que se puede alcanzar una mentalidad humanista al margen de una pre¬tendida inte¬lectualidad pura.
Ese primer verano de intenso aprendizaje, de descubrimien¬to de nuevas formas de convivencia, en que encontré la soltura para elevar talones descubriendo nuevos horizontes, clavó el timón. Me gustaba el campo, aprendí a valorar sus quehaceres, se deshizo el mito que los reducía a la mera capacidad para botar papas en el surco.
En muchos pasajes de mi vida, implícitamente, la Fami¬lia Bórquez tendrá papeles protagónicos, siempre positivos.
Volvió a Santiago otra personalidad. Nada podría cambiar mi deci¬sión, había aprobado el bachillerato y el ingreso a la Univer¬sidad estaba asegurado, máxime que la demanda de matrícula en Agronomía no aumentaba, aún.
Comuniqué la decisión a mi padre. Como lo esperaba, no se opuso. La reacción de mis hermanos ante él, no se hizo esperar: “ El flojo, irresponsable, busca empatar años de universidad mante¬nido por usted y luego, a sembrar papas. Creíamos que era capaz para más.” Los había oído. Hice declaración solemne que renunciaba a toda ayuda económi¬ca, sólo pedí se me permitiera seguir viviendo junto a mis queridos padres, a quienes prometí reivindicar mi deci¬sión.
Doña Edelmira habría de solucionar el problema económico. Esta “matrona” peñaflorina se constituyó en mi socia. Compraba ropa usada en boliches de Avda. La Paz y se la entregaba para que ella la revendiera entre sus vecinos. Lucrativo negocio, por lo menos sirvió a mis mínimas exi¬gencias de estudiante ordena¬do.
La Facultad de Agronomía funcionaba en la Quinta Normal. A ella llegábamos en el tranvía 25 o 27 (20 ctvs. y 10 en el acoplado abierto) Había que sortear el paso de la línea de tren, que por Matucana, unía las estaciones Mapocho, Yungay y Central. ¿ Ha cam¬bia¬do el clima? Lo cierto es que en Invierno era normal que los dur¬mien¬tes de los rieles estuviesen blancos de escarcha cuando se iniciaban las ocho horas diarias de clases. En ese edifi¬cio nunca se conoció algún tipo de calefac¬ción y sin embargo, apostamos a no usar abrigo y lo logré. No recuerdo si fue porque no lo tenía.
Nos juntamos los tres institutanos ya unidos desde el tercer año de humanidades (14 años) con Bórquez y Rengifo, ambos de ances¬tros agrícolas. Tuvimos la satisfacción de corroborar la buena calidad de la enseñanza secundaria recibida. Aunque, en honor a la verdad mis calificaciones hasta entonces habían sido las estricta¬mente necesa¬rias para pasar al siguiente curso. Parece que sólo cuidaba no dejar exámenes que pudieran arruinar una vacación más, como lo fue la de l929.
No se puede rememorar la pedagogía universitaria de enton¬ces y a sus responsables, sin descubrirnos sonriendo benévola y cariñosa¬mente. No había un sólo docente que dedicara a la Escuela más de cuatro horas a la semana. El Decano iba dos mañanas, sólo cuando además, debía hacer su respectivo ramo. Aunque el sueldo era irriso¬rio, el incen¬tivo de ser profesor univer¬sitario los mantenía indefinida¬men¬te cum¬pliendo y para nuestro entender de entonces, generalmente bien. La alta calidad profesional de muchos de ellos, suplió las defi¬cien¬cias que el sistema evidenciaba. No había prác¬ticas de campo, salvo aquella llamada gira alcohólica, en cuarto año. El curso viajaba hacia el Sur en un carro de ferroca¬rril propio y volvía en el mismo... en el mismo tren de borrachera. A mi turno, no hubo presu¬puesto para la gira al¬cohólica. Ya existía la Hacienda La Rinconada de Maipú, pero, tampoco íbamos allá, salvo una práctica en que se nos mostró una trilladora estacionaria. Conse¬guimos algunos ejem¬plares de insectos para la colección que se nos exigía en la cáte¬dra de entomología y almor¬zamos unos buenos poro¬tos.
Estos porotos tuvieron sus repercusiones. Un bromista puso un plato en la banca al momento de sentar¬me. Así, los pantalo¬nes se encargaron de mostrar la chanza más allá de la escuela. De vuelta a casa contento de un día distin¬to, con mis bichos en un tarrito y mi pantalón también distinto, cami¬naba por la calle Bandera frente al, otrora famoso por sus ostras, resto¬rán Martini, en cuya puerta conver¬saban dos caballe¬ros. Un muchachón atorrante, que entonces los había, me dijo algu¬nas tallas alusivas a los porotos que ya habían decidido que acompañarían a mis pantalo¬nes hasta la tintore¬ría. Dado mi estado de ánimo, seguí sin darme por aludido, lo cual molestó a la dignidad que entonces se usaba entre caballe¬ros. Éstos comentaron mi cobar¬día, evocando sus tiem¬pos en análisis comparati¬vo. Volví y haciendo gala de mis conocimien¬tos de box, tendí al insolente con el primer golpe. Tomé mi tarri¬to, miré satisfecho a los futres y seguí…Pocos pasos y un grito de ellos me hizo volver en el momen¬to que el atorrante me lanzaba un golpe. Nos cruzamos, el mío llegó nuevamente bien y definitivo, pero, esta vez al reco¬ger el tarro, supe que había sido herido profundamente en la mano con el corta¬plumas que no había visto. No fue la única vez, ni la menos tonta, en que habría de sufrir experiencias con cuchillos.
Todo conglomerado tiene, por ley natural, diferencias en torno a las cuales las personalidades, las clases declaradas o subyacentes encuentran su cómoda ubicación. No había enemistades aunque sí grupos afines. A agronomía se entraba por dos razones o fines: los hijos de agricultores que no siempre les guiaba perfec¬cionar sus conocimientos empíricos, sino el transcurrir una juven¬tud en la cultura capitalina y aquellos cuya meta era obtener un puesto público de supuesta subsistencia. Esta clasificación impli¬caba diferencias sociales y económicas que se sobrellevaban con mutuo respeto y disimulo. En mi curso hubo una categoría especial, formada por los extranjeros, principalmente venezolanos, a su vez divididos entre verdaderos estudiantes y exiliados voluntarios. Eran los tiem¬pos del Dictador Gómez, más temible por los excesos, productos de su igno¬rancia, que aquellos atribuidos a su mala fe. Se dice que en una de sus giras en campaña, hubo urgencia de repa¬rar el corte de las líneas del telégrafo y uno de sus ayudantes se dispuso a salvar la emergencia uniéndolos con alambres de púas sacados de la cerca vecina. Gómez enfurecido le hizo ver su error: “¿Que no se da cuenta que las púas van a romper los telegra¬mas?.” Pompeyo Ríos era uno de ellos. Más tarde sería ministro de agricul¬tura de Venezuela. Se decía que era hijo natu¬ral de Gómez, muy inteligen¬te y bien preparado. Del resto del grupo, sólo se pueden recordar las grandes farras que el exceso de dólares que se les enviaba, les permitían. Otro, Pérez, con quién me junta¬ba para tocar guitarra y que tenía, afortunada¬mente mucho sentido del humor, una tarde, me confidenció que la fulanita N.D. - conocida como muy simpática y generosa para ofrecer sus encantos - había encontrado marido. “Al tiro. Dile que lo atrape como pueda. Con todo lo que ha corri¬do, no va a conseguir a otro tonto.” Entu¬sias¬ma¬do por la fortuna de la buena amiga, ha¬bría seguido argumen¬tando en favor de la inmedia¬ta boda, pero, Pérez me interrumpió con un lacóni¬co: ayer nos casamos.
Entre los chilenos hubo uno, hijo de agricultor adinerado, excepcionalmente simpático y muy dispuesto a personificar al grupo ya mencionado como gozadores de un período capitalino (OMG). Usaba el auto del papá, ya muy enfermo, para nuestras andan¬zas que no fueron pocas ni modestas. Formamos una cofradía que muy bien orga¬nizada, lo¬graba grandes triunfos vespertinos. Siguiendo mi invaria¬ble conducta, he deci¬dido no contar aquí, lo que co¬rresponde a allá, a los recuer¬dos privados que ni siquiera en los textos inédi¬tos que todo hombre que se precia deja, podrían encontrar. Las aventu¬ras de ese tipo se viven y se gozan en el momento y en los recuer¬dos de la vejez. Siempre ínti¬mos, entre yo y yo. Contar¬las, con seguridad arruina¬rían en otros, el mejor sabor que ellas tie¬nen: el ser inéditas. No debemos impedir a los demás la novedad, el descubrir la vida, el saborear una personal originali¬dad.
Por fortuna le quita¬ron el auto a OMG un tiempo antes de los exáme¬nes, lo que me permitió aprobarlos y evitarme un inminente acci¬den¬te auto¬mo¬vilístico. Ya habíamos libra¬do algu¬nos, con la suerte de los inocentes, aunque las andanzas no lo fueran. Una madrugada volvía¬mos contentos. Las niñas eran de prime¬ra. OMG. eufóri¬co, seguía la música de Harry Roy, que en esos días había dado un concierto fabuloso en el teatro Central. Se soñaba vestido de frac, dirigiendo una orquesta de jazz. Esa noche maneja¬ba si¬guiendo el compás como si el acelera¬dor fuese el pedal de la bate¬ría, soltaba el volante y golpeando el techo imitaba otros instru¬mentos. Entramos a la curva que terminaba sobre el puente de una sola vía del Zanjón de la Aguada. Llovía, patina¬mos, un trompo y nos desli¬za¬mos descendiendo a la berma y por el terra¬plén. Cuando todo augura¬ba un baño, no sé que tan prolongado y sumergido en las pestilentes aguas, el auto se estabilizó y se las endilgó derechito al puente. Los virajes nece¬sarios para salir del trompo, nunca se supo quién los dirigió. OMG ya no sabía para donde está¬bamos. Paró, nos bajamos y nos abraza¬mos. Ya serenados tuvimos que enfren¬tar dos situaciones desconcer¬tantes. Mientras Alma se encerró en el más insondable mutismo, Elisabeth reía y así siguió hasta la Plaza de Armas, donde buscamos café que se lo sumi¬nistramos junto con unas necesarias y convincentes cachetadas. Ambas se normalizaron, por lo menos, en la ocasión. Tiempo después, Alma se suicidó, Elizabeth siguió igualita. Muchos años más tarde la reco¬nocí lla¬mándome desde un auto oficial para gritarme señalando con el dedo a un caballero de varias estrellas en la guerrera: “con éste me voy a casar.” El Chevro¬let no volvió más a acelerarse con el ritmo de Harry Roy, pues OMG no logró califica¬ciones para seguir la carrera de Agronomía y por consecuen¬cia, tampoco pudo seguir en la del auto que le quitaron.
M.H.D. otro ejemplar destinado a perder la fortuna de su padre agricultor, lo que logró en breve lapso. Él quiso dar la gran fiesta de disfraces en su palacete de Marín con V. Mackenna. El grupo arrendó lindos disfraces del vestuario del Teatro Muni¬cipal. Todo habría sido de ensueño, sólo que las ladi¬llas, saliendo del letargo que el baúl les había impuesto, desper¬taron monopolizando para ellas toda la alegría de la fiesta.
Quiso mi buena estrella que por preparar una prueba, no salí con ellos la noche que un grave choque en Plaza Baquedano, terminara con la mano de A.M.F. y con el Chevrolet de O.M.G. volcado.
Aparte de estas fiestas de elite, son dignas de la historia del estudiantado universitario los bailes organizados por la Escue¬la de Agronomía. Además de los famosos corsos de flores de la Quinta Normal con ocasión de las Fiestas de los Estudiantes, que movili¬za¬ban a todo Santiago por varios días. También, una vez al año se realizaba un acto cultural en el teatro de la Escuela: Discur¬sos, números musi¬cales, con la tradicional interpretación de Don. Germán Greve que silbaba muy bien. Artistas invitados como la Negra Linda (Esther Soré); la María Maluenda que desde entonces nos caía mal; Pablo Neruda y su cansina voz y la asistencia de las familias, mamás e hijas engala¬na¬das. Todo en compostura.
Luego, el baile y el obligado mutis por el foro de los mencionados familiares, ante la presencia de otra tradicional concu¬rrencia. Con el objeto de atraer el máximo de público no invitado y como se trata¬ba, en la segunda fase, de la recolec¬ción de fondos para el viaje de estudios, se reclutaba a todo el elemen¬to femenino cerca¬no, especial¬mente de la calle Maipú. Famoso centro de suminis¬tro cárneo (de tercera). Ligerito se troca¬ban los afanes de la danza en el gran hall, por los no menos movi¬dos del segundo piso, el de las salas de clases, además del de los jardines aleda¬ños. Costumbres perdi¬das en la evolución moral. Antes era una vez al año y con actores invita¬dos. Ahora, cuando sea y como sea la voluntad, sin pretextos y sin el aporte de la calle Maipú.
La Universidad nos hizo despertar en otra etapa, con otros valores en juego, en que se asumen responsabilidades, en la que cam¬bian los colores del cristal a través del cual apreciaríamos la realidad. Ya no se nos exigía el conocimiento memorizado, sino la capacidad para analizar, sinteti¬zar y concluir en un razonamien¬to. Ahí empecé a valorar las conversaciones de mi casa. El “mateo” liceano pierde gran parte de sus ventajas y aún, éstas le limitan. Se inicia un andar en que se avanza en la medida que se generan conceptos, más que si se aprenden conoci¬mientos.
Descu¬brí que podía salir de la mediocridad escolar, gra¬cias al resultado inesperado de la prueba de Climatología. El único siete del curso, comentado así por Don Elías Almeyda Arroyo: “ no me interesan las des¬cripciones de materiales o instrumentos, esas están en los respec¬tivos catálogos y varían por voluntad de los fabricantes. Este trabajo es el único que expresó conceptos relati¬vos al objeti¬vo buscado mediante los instrumentos.” La confianza en sí mismo que se despierta en un alumno, cuando aprende que es capaz de obtener una buena calificación, es algo que todo pedagogo debe aplicar como método incen¬tivador. Luego de una buena nota, se puede exigir mucho más y generalmente, se logra alcanzar niveles estables de superación escolar. Esa experiencia de mi primer año la apliqué como profesor. Gene¬ralmen¬te hice llegar al examen con notas altas, como una forma de comprome¬ter al alumno a no defraudar a quién había confiado en él. Así también, les hice saber, cuán duro era cuando me falla¬ban.
El laboratorio de microscopía me hacía sentir en las puer¬tas de la ciencia, como próximo a encontrar la flauta que hace inte¬ligente al pollino. El prof. Dr. Virgilio me hizo ayudante-alumno con lo que habría de iniciarme en el deleite de enseñar.
Si a algo tuve siempre repugnancia, ello fueron las bara¬tas que desde enton¬ces serían para mí las importantes: “Stilopigha orientalis, blata Sp.” El nombre latino no les cambiaría su particularidad de ser aceito¬sas y reventar¬se en una materia amarilla en la cual está precisa¬mente lo que yo debía explicar como prototipo del aparato digestivo de los insectos. La impericia en el uso de pinzas, lancetas, agujas y otros me obliga¬ron a recurrir directamente a la manipulación con los dedos de semejante inmundicia. El resto de las demostraciones, generalmente referi¬das a la citología, fueron progresivamente interesantes como para perseverar en el ramo, lo que me valió ser en el año siguiente ayudante titular. El prof. ayudante (Raúl Cortes) debió hacerse cargo de la cátedra por ausencia en el ex¬tran¬jero del titular, pero, poco des¬pués, también él tuvo que asumir un cargo en el Norte y pasé direc¬tamente a ser el profesor del primer año.
Difícil resultó dominar la situación. Para explicar lo que debían ver tras el ocular debía acercarme a la cara del alumno y pegarla a la de la alumna que era una rubia muy bonita (B.U.). Ella sabía que lo era y se esmeraba en com¬plicarme ante el resto del curso y yo a ella cuando no nos miraban. No pasó nada. En ese mismo curso estaba el Wilo, un negro conocido como guitarrista más que como buen alumno, quién resultó ser hijo del Perico Gamboa, aquel profesor de inglés del Instituto Nacional con quién tuve el altercado que dura¬ría hasta el último año. Tuve que repetirle: “dígale a su papá que una vez más he debido perdonarle sus faltas. Cuéntele quién lo perdo¬nó.” ¡Las vuel¬tas de la vida!
Parece que el resultado final de ese curso fue bueno. El examen al cual alcanzó a llegar el titular, dio buenas califica¬ciones. Fui muy felicitado.
Preparando las clases, di con una caja arrumbada que me llamó la atención por su antigüedad y finura. Contenía el microsco¬pio personal del ilustre naturalista Don Carlos Porter, firmado por él. Aunque le habían robado los oculares, era una verdadera joya digna de recons¬tituirse. No logré que la Escuela se hiciera cargo de él y opté por presentar una solicitud a la Rectoría para adqui¬rirlo. Ésta debía, por reglamento, ser sometida a la consideración del H. Consejo. Los elogios de mi Decano por la labor que había realizado, determinaron que se me obsequiara. Recibí una muy honro¬sa carta desde la Rectoría. Curiosamente, la caja es copia fiel de aquella que con¬tiene los adminículos de escritura que pertenecieron a Don Andrés Bello y que, por tradi¬ción, presiden el escritorio del Rector.
Siguiendo con el balance del primer año, éste habría sido muy bueno, a no mediar la sorpresa que tuve en el examen de matemá¬ticas. Durante la visita al Fundo La Rinconada, los profesores de botánica y matemáticas hicieron todo lo posible por emborracharse y lo lograron ampliamen¬te. Volvíamos y en la esquina de la Estación Central hicieron que el bus parara y ambos sentaditos en la acera, ante todo su curso, se echaron mutuamente agua de la que corría por la cuneta, para repo¬nerse antes de llegar a la Escuela. (Entonces, en esa misma esquina había un paradero de golondrinas - carricoches de cuatro ruedas, plataforma alfombrada y que se destinaban a las mudanzas - lo importante del caso es que eran tiradas por dos caballos y que estos tomaban agua y que ésta regre¬saba, por el imperio de la fisiología, a la cuneta) Al parecer el día del examen en cuestión, el Prof. no se había remoja¬do suficien¬temente la nuca. Me dictó una ecuación incompleta. Yo esperaba el último dato para intentar resolverla. Mientras, el profesor conver¬saba animada¬mente con el resto de la comisión examina¬dora. Volviéndose a mí: “ y bueno señor, no supo ni como empe¬zar. Siéntese.” No hubo réplica posible, me rajó. Quizá haya sido esa la mayor frustración recordada. Por fortuna en aque¬lla época no se conocía de psicólo¬gos. Me habría suicidado.
Siendo mi padrino el tío Alberto, y éste el mejor mate¬mático que dicen, pasó por la Escuela Naval, partí a Viña a prepa¬rar la repetición del examen en Marzo. Ratificado el hecho de la ecua¬ción incom¬ple¬ta y vuelta la confianza, estudié para lucirme. Todo el examen fue: “ disculpe, en Diciembre fui yo el equivocado, puede sentarse.” Cómo invocaríamos hoy, los derechos humanos. ¿ Éramos más sufridos ? Tal vez, sí, más felices, no se hablaba de complejos.
Durante el segundo año también fui ayudante alumno de anatomía con el Prof. Dr. Eduardo Zúñiga, brillante veterinario. De él aprendí a no confiarme nunca, a no sobrestimar la memoria al dictar una clase y menos de anatomía.
Tuve ese año mi primera experiencia política eleccionaria. Gané un cargo de director del centro de estudiantes. La segunda la tendría al año siguiente cuando nombré mis apoderados en la mesa a dos “amigos”. Con la sorpresa de los más, fui derrotado para presi¬dente. Terminados los escrutinios, ambos me mostraron sus carnés del partido comunista. Mi contrincante de entonces, empezó comunista y terminó siendo Ministro de Ibáñez. Algunos de los izquierdistas más teñidos de hoy, fueron representantes libera¬les en el Centro de Alum¬nos. Si bien puedo explicarme que se empie¬ce con el comunismo, no com¬prendo cómo, de cuerdo se termine en comu¬nis¬ta. Demás está consignar que para la otra elección cambié de apodera¬dos y gané.
El tercer año marca el clímax de mi vocación docente. Nuevamente las circunstancias. Después de la primera interrogación en zootecnia, Don Germán Greve me hace ayudante, me da oportunida¬des de repasos, me exige avanzar a materias correspondientes al cuarto año y luego me anuncia que con motivo de su invitación a Alemania, me dejará ambos cursos: tercero (el mío) y el CUARTO.
Don Germán Greve Silva, fue y es para mí el más admirado Ingeniero Agrónomo. Profesor no, Maestro. Caballero y amigo. Sus clases eran de una elegancia en la exposición que no admitía dis¬tracciones. Valga un ejemplo: para exaltar las cualidades del caballo árabe decía, refiriéndose a su agilidad: “Caballo de cascos tan lige¬ros, que podría galopar sobre los senos de mi amada, sin lastimar¬los siquiera.”
Las materias que seguí pasando a mi curso, no me signifi¬caron mayor esfuerzo. Los compañeros sabían de mi pasión por la zootec¬nia y me ayudaron. La cosa sería distinta al abordar al curso supe¬rior, al cuarto. Me advirtieron que no me aceptarían. Algunos más amigos me dieron confianza. Sería una dura prueba. Muy prepara¬do, me dispuse a emular al maestro. Proyecté una diapositiva con la cabeza tí¬pica de una buena vaca lechera y empecé la lírica descrip¬ción: cachos finos que enmarcan una frente amplia; orejas erectas, con pilosidad interior suave sobre rosada epidermis; ojos profundos y nítidos que emanan dulzura; nariz recta, terminando en ollares grandes, expresiva¬mente dilatables; labios amplios, carnosos y turgentes... Se oyó una voz trémula: “no siga por favor, estoy excitándome.” A pesar de mi bo¬chor¬no, no di muestras de entrega. Bueno el chiste, dije, pero, las caracte¬rísticas descritas no las olvidarán. La clase siguió.
Durante la exposición de animales de la Quinta Normal, hoy Fisa, se hizo un concurso en que participa¬rían los equipos de las Facultades de Agronomía de la U. de Chile y de la U. Cató¬li¬ca. Capita¬neaba a esta última Rodolfo Jaramillo, también discípulo de Don Germán, hijo de su homónimo y conoci¬do criador de bovinos. Yo, a mi Universidad. Juramos paralelamente a los jurados oficiales: Bul¬drich de Argentina y otros gringos. Hubo un toro que aunque se destaca¬ba por sus mayores dimensiones, yo lo deseché. Abiertas las carti¬llas, también Buldrich lo descalificaba (tenía sus corvas rectas en la vertical, que habrían claudicado durante el servicio de montas) La Cató¬lica erró dándole el primer premio. Ganamos.
Coincidencias señeras: en l940 capitaneaba un equipo para juzgar materia prima, entonces base de la producción; durante la exposición de animales S N A en l963 inauguraba, como Ministro de Agricul¬tu¬ra, el nuevo recinto de exposiciones Parque Cerrillos Fisa S N A. En ella quedó de manifiesto el retroceso en la impor¬tancia de la materia prima. Hubo en la muestra, un predo¬minio de la tecnología instru¬mental, de la maquinaria producto¬ra, de la elabo¬ra¬ción mecani¬zada. Y hoy, justo a cincuenta años de mi estreno en las lides agronómicas, se me otorga en el tradicional acto inaugu¬ral de la Fisa (1990), el Premio al “Mejor Profesional del Agro”. Recibo éste, como expre¬sión del concepto progresivamente imperante. Ahora es la creación mental la que predomina, es el pensamiento aplicado el rector de los procesos productivos. Saber hacer es más importante que con qué hacer. Se relega así, a una tercera catego¬ría a la materia prima. Es más, ella se llegará a producir a base de la síntesis indus¬trial y ya no de la extracción natural. La ciencia ha evolucio¬nando en proyección más que geométrica. Ya rige al futuro.
Al término del tercer año Don Manuel Elgueta, prof. de genética y director del departamento del Ministerio de Agricultura, me contra¬tó para supervisar los ensayos de variedades de trigo en la Estación Experimental Trianón, en Temuco. Llegué allí tras acciden¬tado viaje, sin experiencia alguna, a sufrir el desencanto de encontrar que el administrador, con increíble irresponsabilidad, había cose¬chado juntas todas las parcelas de ensayos. Había revuelto las semillas en un solo todo y luego distribuidas en las respectivas bolsitas. Se esperaba obtener específicas varieda¬des que suponían tantas expecta¬tivas. No tuve opción alguna de repa¬rar el daño y opté por comunicarme con San¬tiago esa misma noche. Di cuenta de lo ocurrido, lo cual hacía ya innecesaria mi partici¬pa¬ción y renuncié, total¬mente frustrado, a mi primer cargo públi¬co. Afortu¬nadamente conocí en Temuco a un futuro colega que era antiguo fun¬cionario del Minis¬terio a quién pude invocar como testi¬go de lo por mí informa¬do.
Solo y con muy pocos pesos, inicié entonces la aventura de ir a Toltén a conocer el fundo El Arrayán, que el Gobierno había asignado a mi abuelo, Gral. Orozimbo Barbosa, en reconocimiento por su labor en la pacifi¬cación de la Araucanía. Permanecía inexplotado porque la madera no pagaba su costo de faenamiento. Ya que yo sería Ingeniero Agrónomo, supuestamente me haría cargo de él.
En vagón de tercera clase, conocí de cerca a nuestra deteriorada raza aborigen, ya que sufrí la vecindad de los más al¬coho¬lizados, fumadores y mal olientes ejemplares. Entre ellos llegué a Pitrufquén para seguir a Toltén. Desolación. Ese día no habría combinación con la góndola, único transporte posi¬ble hacia el pue¬blito de Toltén. Busqué donde pasar la noche, nada. Cuando me disponía a pedir techo en el Retén, hizo su apari¬ción un injer¬to de chasis de auto y góndola. Una plata¬forma bastan¬te más ancha que la trocha origi¬nal. Amarradas sobre ella, bancas de madera para los que cupieran. Habían reparado su motor. Parti¬mos. Las barrancas sobre el caudalo¬so Río Toltén, me hacían pensar en quién avisaría de mi desapari¬ción, allí donde nadie sabía que yo me encontraba. Sin embargo, llegamos al pueblo, que se ahogaría durante el terremoto del 60. Muy pinto¬res¬co, bien trazado, amplio. Mi familia era dueña de varios sitios, la escuela ocupaba la manzana que mi padre había donado, frente a la plaza, lo cual ten¬dría su efec¬to en mi próxima noche. El mástil de la bandera, al centro de la Plaza, era una linda pieza de madera exótica que mi abuelo hizo rescatar de un barco danés que había naufragado frente a Queule.
Pregunté por el Sr. Osvaldo Leal, a quién siempre oí como el encarga¬do del predio familiar. “ Allí, pasadito esa loma.” Las tardes en esa latitud, se alargan más allá de las nueve. Con mi bultito y la esperanza de llegar a un hogar que seguramente me acogería bien, inicié la supuesta corta caminata. Coincidimos en la ruta con una carreta que iba “ p`a los Leal.” Serían las siete, la familia tomaba sus once-comida. Entre casa y rancho. Un comedor muy estrecho o mucha gente para un comedor. Me hicieron hueco, el patrón me ofre¬ció generoso. Me habría comido todo, todo lo que había. Sus manos llamaban inapetencia, llenas de llagas vivas. Pensé en lepra, no pude. Él se adelantó a decirme que no tenía donde alojarme. Com¬prendí, me alegré y me asusté porque ¿donde lo haría? En la pen¬sión de las señori¬tas Rodríguez. Dispuso que una carreta me llevara de vuelta. Me espera¬ban, sabían ya quién era y que Leal no tenía como atender a caba¬llero de tan importante fami¬lia.
Un amplísimo dormitorio, catre de fierro con aplicacio¬nes de bronce; aunque muy alto, la colcha de encajes llegaba al suelo. Había dos puertas. Por sobre el cansancio estaba mi soledad. Colgué en esa imponente testera el cinturón con la pequeña Brow¬ning que Chicho, mi hermano, me había prestado. Me desvestía y los retratos de caballeros - cuyos bigotes querían traspasar la convexa cubierta de vidrio consubstancial al marco que los pasan¬tes ofre¬cían en los pue¬blos, junto con colo¬rear la fotografía del personaje más importante de la familia - atrajo mi curiosidad, pronta a alimentar la ironía. Uno era del papá, coloreado con toda justicia dada su calidad de connotado vecino, el otro - en blanco y negro - se le atribuía al difunto y fugaz marido de una de las dueñas de la pensión -bar-restorán, centro de reunión del pue¬blo. Alguien dijo que lo habían compra¬do en un remate en Temuco para mejorar el linaje familiar. Lo que era más probable, dada la ostentosa leonti¬na de seda que terminaba en una libra esterlina orlada en filigra¬na. La leon¬tina era el colgajo que saliendo del bolsillo del chale¬co anunciaba la presen¬cia del reloj y ayudaba al ladrón en su tarea. El reloj de pulsera acabó con esa tradición de señorío, con los chalecos, leontinas y ladro¬nes de esos enormes y pesados admi¬nículos con que se establecían jerarquías.
Siempre habré de agradecer a las fotografías de esos personajes que despertaran tan irónica curiosidad, pues gracias a que colgaban al lado de la puerta secun¬daria que daba al bar llegué hasta ella y ya allí, le puse llave. En ese momento, debí recordar las muy cercanas experien¬cias del terre¬moto de Chillán. De ahí mi renuencia a encerrarme y dejé sin llave la principal. Media noche. Un empujón y rabiosos movi¬mientos en la manilla. Me desperté cuan¬do, creo, que ya corría a poner llave a la otra puerta. Llegué justo cuando los mismos inten¬tos que en la ante¬rior, confirmaban el asalto. Amparado psíquicamente en la 6,35 que no sé si tiritaba por complejo de pequeñez o por mi mano, me parapeté en el opulento catre, no sin antes haberme enre¬dado en los encajes. Grité a todo pulmón, amenacé con disparar inmisericor¬de hacia el que osara abrir la puerta. Forcejaron, las gruesas puer¬tas resistieron, voces recriminato¬rias, aguardientosas, varias. Se fueron. Nadie acudió a mis gritos.
Me pasa¬rían a buscar para ir a El Arrayán. Amaneció y llega¬ron las señori¬tas, encabezadas por la mayor, doña Geraldina, los veci¬nos, todo el pueblo conmocio¬nado. Al anochecer de la víspera, habían llegado al bar unos cono¬cidos cuatreros. Oyeron que allí se alojaría el persona¬je de la comenta¬da familia, que poseyendo tie¬rras y sitios, no los usufruc¬tuaba. Tenía que ser rico. Intentaron el asalto con la impu¬nidad con que los revestía su fama. Los bigo¬tudos me ampara¬ron.
Hice la visita de reconocimiento a mi supuesto destino: El Arrayán. El bosque nativo más impresionante, con árboles de tal diámetro como para que fotografiara al caballo, teniendo de fondo un alerce del que, apenas sobresalían la cabeza y la cola, tal era su diámetro. Sobrecogido por la inmensidad, interrumpido en mis cavila¬cio¬nes por los gritos, no trinos, de pájaros que no conocía. Todo se me hacía grandioso: árboles, soledad que se expresaba en un silencio colmado de ruidos o ruidos exaltados por el silencio. Pero, sole¬dad. ¿Sería ese el sitio fijado por el destino para empozar tantos anhelos? El tupido bosque me ofrecía bellezas que pudieron escon¬der ese hori¬zonte. Seguí por senderos de dudas, llegué a un árbol seco que parecía haberse inmolado para ofrecerme un claro. Apareció la bóveda infi¬nita. Comprendí que el mundo me ofrecía más.
Coincidentemen¬te, días después de repasar y escribir ru¬mian¬do estos recuerdos y felicitarme una vez más de mi decisión de borrar esos destinos, que habrían sido lapidarios para el que realmente me espe¬raba, he vuelto exactamente cincuenta años des¬pués, durante los cuales se acabaron vidas y el pueblo. Recorrí en confor¬table último mode¬lo, sobre caminos firmes, por puentes, pueblos inter¬medios, luz, telé¬fonos. Todo para realzar contrastes, para engran¬decer en mis re¬cuerdos la pionera hazaña de muchacho nacido y criado en la capital. Aún ahora, la naturaleza del entorno sobreco¬ge, quedan pasajes en la ladera abrupta del impo¬nente río Toltén, como para recordarme lo que fueron esos 75 Kms. de riesgos, que bien valieron en mis deci¬sio¬nes. Ahora, los he disfru¬tado y con nostalgia.
La Nueva Toltén ha sido levantada en el sector del Fundo El Arra¬yán. Es un hermoso pueblo. Pedí ayudas para mis nublados recuer¬dos, quería rehacer el ambiente de mi aventura. Seguí a Toltén Viejo. Allí, a unos kilómetros hacia la costa lo encontré agónico. Quiso darme la impresión que aún vivía. Semi sumergido, conseguía sostener le¬van¬tada la Plaza de Armas. Como símbolo de subsistencia, me presentó a un mapuche que dijo tener fe para rehacer un predio que sus antepasados habían vendido al progreso y que la ley de la natu¬raleza (terremo¬to) había expropia¬do para devol¬vérselo. Recorrí con añoranza emociona¬da. En la esqui¬na desde donde una tarde caminé buscando a Leal, dejé al espíritu rehacer conside¬ra¬ciones y fue has¬ta ese limitado horizon¬te. Volvió pronto, conven¬ci¬do. Una señora se acercó cortando mis cavilaciones. Ella podía contarme su modo de vida y con ello, explicarme por qué mi espíritu volvió pronto. Qué fatalismo y qué determinación para sobrellevar¬la, ya que su marido de noventa años se negaba a dejar su hogar y ella respetaba al hom¬bre. “ La casa queda aislada ocho meses del año por las aguas que la rodean en un radio de 1.500 mts. Pero, si hay alguna urgen¬cia, un bote nos lleva hasta el camino firme. Sólo a veces el agua cubre el piso de la Vivienda.” Es feliz y tiene veci¬nos: otras dos o tres familias que queda¬ron cuidando al pueblo en su coma. He vuelto pensando en él con cariño ¡ Cómo tenerle rencor por no haber¬me dado, entonces, la posibilidad de establecer en él mi destino!
Durante el último año de la carrera, mantuve las ayu¬dan¬tías de Zootecnia, Anatomía y de Microscopía. Paralelamente abría la Ofici¬na de Tasaciones y Peritajes Agrícolas en sociedad con Carlos de la Jara, muy experimentado Ing. Agr, oficina que tomó importan¬cia, más allá de lo esperado. Sin embargo, mejoré el rendi¬miento estudian¬til al extremo que al presentarme ante las comisio¬nes examinadoras advertía muy ceremoniosamente: “ opto sólo al cham¬pion,” lo que signi¬ficaba el 7 o la reprobación. Carril psicológico que me dio gran éxito. No habría base para una reprobación ya que, para pedir el siete tenía que llevar más de cinco de presentación y como en el examen no se podía variar más de dos puntos, no cabría el dos con que se reprobaba. En cambio demostraba gran segu¬ridad y con¬fianza en mis conocimien¬tos. Todo me salía bien hasta que sorteé una cédula que contenía esas pre¬guntas estúpidas, esas que jamás se deben hacer en la universidad: ¿Cuántos cajones de duraz¬nos se exportaron el año X? Conociendo al prof. sabía que no acep¬taría aproximacio¬nes. Tampoco podía decirle cuán irrelevante era el conocimiento de cifras esta¬dísticas, frente a la fisiología de la maduración o cualquiera otra materia que realmente sirviera al profesional. Recurrí a un ardid ilíci¬to, que sólo el recuerdo de la preguntita ha logrado confortar mi concien¬cia " Señor, me siento indispuesto, tendré que retirarme hasta Marzo.” Los antecedentes acumulados en las planillas de los otros exámenes y mi muy hipócri¬ta expresión, movieron a los otros profe¬sores a conce¬derme un: “repóngase y si puede, preséntese al final de la lista.” Así lo hice, sorteé otra cédula y me fue muy bien.
Trabajar en la oficina, adelantar en los estudios y desde el 4 de Mayo, pololear con visos serios, llenaron mis veinticuatro horas. Salía de la universidad a las cinco, oficina hasta las ocho o más, viajar hasta la entonces lejana Hernando de Aguirre 405. No perder un día de amores. Volver cuando la Plaza de la Constitución estaba sufi¬cientemente desierta para permitir la concentración de quienes la recorríamos con ese paso, no sé por qué, solemne, que usamos sólo para estudiar. Benzedrina, para que el sueño postergara sus urgen¬cias hasta las cuatro o cinco de la madrugada. Recostarse, ducha y a la universi¬dad.
Enero de l942 me entregó a la vida profe¬sional, me aferré a ella por el cabo que ya había asido: peritajes, correta¬jes. Decidí que la vida de soltero me había dado agradables y sufi¬cien¬tes satisfacciones, tantas como para saciar los requerimientos de nuestra vejez, en sus intentos por acreditar un buen uso de la juven¬tud ya ida. Para la juventud, debe regir esta norma: pórtate tan mal, que cuando te cases sientas la feli¬cidad de por¬tarte bien. Tan mal, como para que no te queden curio¬sidades por solventar. Buena fórmula para el recuento de conciencia previo al matrimonio. Estaba listo para el análisis y la selección de elemen¬tos conyu¬ga¬les. Empezaría la búsqueda. Ésta fue corta, en el segundo intento clavé la brújula. Casarse con una mujer hija de ricos es mal nego¬cio. No se recibe nada más que la obligación de mantener el rango a que la niña está acostum¬brada. Tuve conciencia de ello. Trabajé duro, nos comprometimos. Debía cumplir los requi¬sitos para recibir¬me de Ingeniero Agrónomo y al mismo tiempo, resultaba difícil bajar el ritmo de trabajo. Opté por inver¬tir lo ganado, arrendar una oficina tan destartalada que me impe¬diría realizar otra función que la de traba¬jar sólo en la memo¬ria de título. Rescaté todos los conoci¬mientos que la prepara¬ción de las clases de zootec¬nia me habían hecho archivar y escribí la tesis de grado: “Nuestro proble¬ma bovino” Primera página: “A mi novia”, esta dedicato¬ria fue el honora¬rio anticipado por hacerme a máquina todos los ejem¬plares requeri¬dos (no existían fotocopiado¬ras).
El segundo requisito consistía en un levantamiento topo¬gráfico, para lo que usé uno de los realizados en mi Oficina. Tercero: nivela¬ción de una cierta superficie. Puse el instru¬mento en el sitio que como inversión junto a otros dos, tuve en la Avda. El Bosque esq. Las ¬Lilas (hoy Eleodoro Yáñez) y a campo traviesa, el alarife llegó hasta el puente del Canal San Carlos con Bilbao. Ningún obstáculo impedía la visual. De ello, luego habría de encar¬garse el progreso, con él, aparecerían lindos chalets y después horrendos edificios de depar¬ta¬mentos.
25 de Septiembre de l943, fecha audazmente elegida para el matrimo¬nio, con bastante antelación a haber terminado de reunir todos los requisi¬tos para fijar la del examen de grado. Logré una excepción, darlo el 10 de Agosto, última fecha de ese año en que se reuniría la Facultad para tal efecto. Si fallaba, adiós casorio.
Tenía traje azul, una linda corbata de Mitchel & Mitchel que era la de la suerte, moto, entonces muchísimo más “in” que un auto, ya que para éstos no había permiso de circulación, debido a la guerra. A las seis de la tarde, llegaron muchos profesores. También mis nervios esta¬ban presen¬tes. El Decano don Víctor M. Valenzuela, no... y no llega¬ba. Fui a su casa, calle Chacabuco, me dijeron que se había ido al H. Consejo Universitario, a la Casa Central. Sólo había tranvías. Corrí tras ellos, en el acoplado galopaba mi Deca¬no. Bájese don Víctor M., lo están esperando en la Facultad para el examen de grado. Si no es hoy, contestó. Bájese por favor. Siguió el angustiante diálo¬go por unas dos cuadras. Se bajó. Don Víctor M. si no nos apuramos, se nos van los profesores, súbase a la moto. ¿Está loco?. Lo con¬vencí. Una cuadra antes se bajó con toda digni¬dad, necesitaba un espacio para ir despa¬rramando el susto, que sin excepción, acumula todo hombre de edad que sube a ese, para los jóvenes, delicioso vehículo.
Entonces, no había sorteo de materias ni formación de la Comisión Examinadora, simplemente asistían profesores, con un mínimo de diez. Para mal de los postulantes, aquellos mostraban espe¬cial interés en hacerse presente.
Pareciome que todos mis nervios se los había metido en el bolsillo del chaleco del Decano durante el raid en moto. Él pare¬cía ser el único contrariado con este joven que se paseaba por las materias abordándolas a su conveniencia. No había en el ánimo de los profe¬sores la intensión de poner obstáculos que pudieran evidenciar sus errores al cali¬fi¬carme con las notas que se exhibían en mi curricu¬lum. Obtuve un siete corri¬do, o sea puras bolas coloradas, a excep¬ción de las dos bolas negras de Don Víctor M... quién estimó que las teorías que yo había expuesto en el rubro suelos, no estaban suficientemen¬te demostradas. Se trataba nada menos de lo que hoy está tan en boga: la cero labranza. “Pero, si yo no las sostengo. Me he limitado a ilustrar mi examen con estas otras teorías, pero, he contestado primero, correcta¬mente para usted, su pregunta”. Los demás profeso¬res trataron de disuadir¬lo, inú¬til. En todo caso, estaba aprobado “Con distinción” y felicitado. Entre tantas bolas coloradas, las negras de Dn. V.M. hubiese queri¬do vérselas moradas.
Salí corriendo rumbo a Hernando de Aguirre. Ya eran más de las nueve, hora sagrada para la comida familiar. Me esperaba Eliana y su mamá. Mis grandes sostenes mora¬les para enfrentar las arremeti¬das del padre celoso que, como todos los de su época creían su deber oponerse a todo. Abrazos y besos de ellas. Gran comida para celebrar la graduación. El futuro suegro encontró la oportuni¬dad para exterio¬rizar su personalidad: “ tanto aspaviento por un cartón que no sirve para nada.” Pero, en la ocasión no había nada capaz de empañar nuestra ale¬gría, que estoy seguro, lo era de él también.
Hay quienes niegan la vocación íntimamente ligada al destino. No podría defenderla en forma absoluta. Atribuir todo a éste es una fácil explicación de lo inexplicable. En cada indi¬viduo hay una concate¬nación de circunstancias que van conformando ese destino, lo cual no signifi¬ca que necesaria y fatalmente estemos predestina¬dos. La personali¬dad puede ser capaz de incorpo¬rar o rechazar elementos, sea por su fuerza moral, sea por su distinta capacidad de analizar o por el medio en que se encuentre. Infinitos factores pueden determinar la aceptación o rechazo de estos elemen¬tos forma¬dores de ese todo que llega a ser el destino.
La capacidad de amar también marca hitos. Aparte de los filiales, hubo uno, en mi infancia, como lo expresé en el capitulo Peñaflor en el que, tal vez, se encuentre la raíz de la, para mis hermanos, tan extraña vocación por el campo: un perro.
Cabía en el cajón de mi velador aquel cachorrito de poli¬cial, que había aceptado a escondidas. No me obligaron a devol¬verlo, pero, sería responsable absoluto de todas sus accio¬nes. Lo cuidé desde su precoz destete. Vivíamos juntos, aprendimos, yo más de él. Su inteligencia transcendió a todo Peñaflor, nuestra comuni¬dad también. La antigua casona que perteneciera a la Familia de los Hermanos Carrera, en la calle que desembocaba en el Callejón del Diablo, tenía un des¬proporcionadamente ancho y alto parrón que a pesar de su longi¬tud, no restaba perspectiva a la mansión. Por él iba yo en bicicle¬ta, el Nick como siempre, unos metros adelante. Un fuerte crujido anunció la caída de un travesaño de 6”X6” y no menos de cinco metros de largo, rendido por su edad. Por lógica el perro debió arrancar hacia adelante. Él ya había pasado. Pero, vol¬viéndo¬se, saltó directo al pecho botándome hacia atrás. La viga rompió el asiento de la bici¬cleta. La yegua Trutru¬ca y el Nick, llenan varios años de queridos recuerdos. En ellos estuvo la predisposi¬ción hacia la naturaleza y sus encantos, previos al reencuentro con ella en Chillán. La compaginación de las circuns¬tancias habría de fijar el destino. Éste determinaría mi indi¬soluble compromiso con la agricultura y la Inge¬niería Agronómica. Y declaro con énfasis que me hizo feliz, pero, insisto: son las circunstan¬cias las que lo conforman y éstas son manejables.
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