Tuesday, July 29, 2008

Capítulo V - BECA CINZANO. Academia Enología y viticultura (29-9-91)

Cómo y por qué empezó mi viraje hacia otros horizontes y salir de aquel que me resultaba ya tan estrecho, circunscri¬to a la elaboración, al comercio de vinos y sus inherentes rabias

Pasadas las fiestas septembrinas del año 1949, durante las cuales el comercio de vinos era muy intenso, tanto como para equilibrar los meses iniciales del año, siempre flojos, e¬mpecé a sentir tales alteracio¬nes de irritabilidad en la piel que decidí consultar médico. Diagnóstico y conse¬jo: si no se retira por completo de esta actividad por seis meses como mínimo, ten¬dremos que ence¬rrarlo en un locario. (Dr. Barriga) Por primera vez creí nece¬sario entregarme, pero, no imaginaba cómo y seguía transcu¬rriendo el tiempo y agudi¬zándo¬se mi dolencia. En No¬viem¬bre un pariente amigo - no siempre lo son - me cuenta que ha sabido a través de la Embaja¬da de Italia que se estaba concur¬sando una beca patrocinada por Cinzano, para un curso interna¬cional de especialización en enología y viti¬cultura que culminaba con el grado académico de Doctor Especialista.. Además de los antece¬dentes acadé¬micos, se exigía haber cumplido práctica profesio¬nal. Esto me puso ante la posibilidad de obtenerla. Afortuna¬da¬me¬nte, no sabía que con¬cursaría compi¬tiendo con oponentes de toda América, entre los cuales figura¬ban: Ame¬r¬ine de Califor¬nia, ya profesor en Davis; el padre Oreglia, pr¬of¬esor en Mendoza, Rodeo del Medio; otros de Méji¬co, Perú y Bra¬sil.

A mediados de Diciembre fui notificado de haber ganado la única plaza para América y que el curso empe¬za¬ría el lunes 16 de Enero en Turín. Sin mayores antecedentes, me dejé llevar por el destino. Acepté y empezaron las carreras y zozobras ante las incógnitas que se me iban planteando: la familia (dos niños de 3 y 5 años); el idioma; los negocios; la casa; nues¬tra juventud (25 y 29 años)y por lo tanto la inexpe¬riencia, yo nunca había salido del país, Eliana a Buenos Aires. !Quince días para todo!

Lo hicimos. Los negocios, su delega¬ción me ense¬ñaría a la postre, que no se es indispensable. No fue una pérdida signi¬ficativa, solo se marcó el paso, amén de otras repercu¬siones futu¬ras. La casa la arren¬damos amoblada a un Ministro Conseje¬ro de la Embajada de Argentina, siútico e ignorante, hizo pulir la cerrajería de bronce, quedó desnuda, brillanti¬ta. Al regreso costó un triunfo que la devolvieran y el fuero diplo¬má¬tico los amparaba para no cumplir el contra¬to.

Pasamos ese Año Nuevo con los papás y partimos. Iría¬mos por mar. Ni Cristo me habría hecho volar el Atlánti¬co, j¬amás había subido a un avión, sólo por la premura, me resigné y volamos hasta Buenos Aires. Ade¬más tenía que soltarme de las ten¬sio¬nes, e¬st¬udiar y enton¬ces supe que había perdido el hábito para hacerlo con la intensi¬dad que un post- grado nece¬sitaría.

El transatlántico Conte Biancamano, con sus doce a quince días de navegación me prometía: aprendizaje del italia¬no, ninguno de noso¬tros sabía si¬quiera dar las gracias; poner¬me al día en algunos temas enólo¬go – teóricos y principalmente, descansar

El pasaje era muy heterogéneo, predominaban las lenguas inglesa y francesa, además de la bonaerense que no alcan¬za a serlo, aunque a sus mujeres les sobra la lengua. El ambiente grato que muy pronto se generó, los progra¬mas de a bordo, las noveda¬des de un primer viaje, las preocupa¬ciones con los niños, todo, menos permitirme cumplir los buenos propósitos de prepararme para lo que se avecinaba.

El cruce de la línea ecuatorial era una ceremonia de un par de días de fiestas y concursos. La familia monopoli¬zó todos los honores: Eliana fue coronada Reina de las Fies¬tas, alegres y muy movidas. Durante el día, las competencias. Como matrimonio ganamos: la gimkana, Eliana la carrera con cuchara y huevo, yo la otra; Ruy II, la mordida de manzana, se ayudó con el hom¬bro, pero todos le celebraron la pillería; Sandra ganó la carrera de ensacados. Todas. Con vergüenza recibimos en la comida de clausura, “ todos ” los premios.

Viajar en un barco de esa categoría obligaba a guar¬dar muchas formas, especialmente en los comedores. Cosa que no entendió nunca la Monito (Sandra 3 años) quién empezó a ejer¬ci¬tar el muy inadecuado, para ese y todo lugar, hábito de mace¬rar las comidas y para demostrar lo bien que lo había hecho, las devolvía sin previo aviso. Para el final del viaje había logrado perfec¬cionarse y no se saltaba ninguna oportuni¬dad.

La hora del baile era de mucha etiqueta y agradables contactos. A un chileno en el extranjero nunca le faltan compatriotas. Una niña, niñota, chileno-alemana bailaba con mucho entusiasmo y movimien¬tos exagerados para entonces. Ellos le permitían el placer no ocultado de exhibir sus robustas presas, lo que le ganó el recelo de las damas y las hipócritas miradas de nosotros. Resultó que durante la guerra del 14, su madre se había asila¬do en casa de mi tío Enrique Baeza Yávar en Berlín, territorio diplomático chileno, donde la parió.

Llegamos a Génova sin saber nada de nuestros próximos pasos. Tuvimos la alegría de divisar a la familia de Don Pablo Moletto, amigos de los papás de Eliana, habían ido desde Rapallo a recibirnos. Ese mismo día Sábado viajamos en tren a Tori¬no, el Lunes debía incorporarme a la Academia. Era ya noche. Solos. Taxi: recomiéndenos un buen hotel. Sicu¬ro, con molto piaccere. Dimos las mismas o más vueltas que todo taxis¬ta recorre cuando lleva a un afuerino. Que desilusión, que hotelucho más lúgubre. Era pleno invierno europeo, nevaba, no estábamos en condiciones de seguir pagando novicia¬dos y exi¬giendo más a los niños, nos quedamos. La mañana nos deparó la sorpresa de ubicación: estábamos al frente de la Estación a que habíamos llegado la víspera. El taxista no había escapado a la regla universal.

Apenas pude llamé a Dn. Césare Cugnasco gerente de Cinzano y hermano del Director en Chile. Lo siento Sr. Barbo¬sa, olvide usted donde pasaron la noche. Vamos. Y nos llevó a la Pensione Europa. Al oír pensione, con Eliana pensamos que íbamos de mal en peor. Afortunadamente, la Pensione era una lujosa residencia en Via Roma esq. Piazza Castello. Pleno centro. Las almas se trope¬zaban volviendo a nuestros cuerpos. Nos instalamos en un cuarto piso con frente al Palacio Real y al Palazzo Madama.. Gozamos una grata estada, seis meses, con régimen de hotel y ambiente familiar. La dueña, gran dama, Doña María Verga nos acogió muy afectuosamente. Los niños encontraron pares en los hijos de la Señora Olivetti. Vivían allí mientras les cons¬truían su nueva residencia. Era la dueña de la firma interna¬cional del mismo nombre. Solía invitar a Eliana a conocer el gran mundo de la moda, que en aquellos años tenía como capital a Torino. Un desfile de modelos impactó a Eliana pues, una de ellas, en un movimiento dejó a la vista un seno. Los comen¬tarios de ese hoy trivial detalle, nos da pautas de comparación entre los recatos de entonces con los destapes de hoy. Sandrita seguía haciendo gala de su especialidad al final de cada comida, de nada nos servía la presencia de un distinguido señor “habitué” en la mesa contigua, que aquejado de asma solía hacer ruidos conjun¬tamente con singulares movimientos de sus ojos saltones, características muy apropiados para amenazar a la niña para que no lo hiciera. Contra n·a.

En la sede de la Facultad de Agraria de Turín, calle Pietro Giuria, se realizaba el Curso para estos doce privi¬legiados de la Enología y Viticultura mundial. Se daba por sentado el dominio del idioma, ni siquiera se consideraba el posible desconocimiento del italiano. No hubo mayores preámbu¬los, directo a lo que iba. Una semana de continuo martillar de palabras ininteligibles, lo que se hacía más agudo por la rapidez con que los profesores hacían gala de expresión fá¬cil (para ellos). Realmente sufrí. Para peor el compañero que primero se acercó para acompañarme de vueltas a casa, Dr. Paolo Ficci, s¬iciliano, me endilgó en un idioma que según los italianos no era italia¬no, terminé haciendo de intérprete de él ante sus connaciona¬les. Lo cierto es que, por cuanto poro tengo, penetró la bella lingua.

El régimen de estudios era violento, agotador por su prolongado horario de clases que se continuaban con prácticas de laboratorio. No obstante mi dedicación, pronto se hicieron presentes las deficiencias o vacíos de mi formación. Si bien la práctica adquirida en la bodega de vinos en Chile me daba ventajas ante mis teóricos colegas, los conocimientos de química, de la analítica y de ampelografía eran muy inferiores.

Superada la etapa en que había el pretexto del idioma para considerarme menos que los demás, debí reconocerlo y me since¬ré con Eliana. “Jamás te perdonarías un fracaso. No. Por ningún motivo vas a renunciar. Yo me haré cargo de los niños, no te distraerán.” Fue tan decisiva su posición, que borró mi pesi¬mismo, trocánd¬olo en un compromiso de triunfo. Seguí.

Gozaba los trayectos por el Parque Valentino, la novedad de caminar en la nieve, sentir ese frío intenso, pero, agradable. Alternar con perso¬na¬jes tan distin¬tos y reír de su infinita ignorancia del resto del plane¬ta. Comparar conoci¬mientos culturales. Oír preguntas increí¬bles sobre Chile: “ No nos explicamos como se las arre¬glan, tú dices que la U. de Ch. tiene más de 20.000 alumnos, ¿ cuántos metros de varas necesi¬tan para amarrar tantos miles de caballos? O ¿es que hay tranvías, como aquí?” No, ya no tenemos tranvías, los reempla¬zamos por anti¬cuados. Naturalmente que mis respuestas merecían grandes recelos. Algunos detalles fueron capitalizándome en credibili¬dad. Ellos no hablaban varios idiomas, no sabían de artes fuera de los europeos. Les extra¬ñaba que conociera de sus autores, de su música.

Luego empecé a igualar en los estudios, tenía más experiencia prác¬tica, más paladar. Culminó su extra¬ñeza en la demostración de degusta¬ciones hecha por profesores, especial¬mente el intocable Giovanni Da¬lmasso. Hizo el análi¬sis de un vino, por su juicio organo¬lép¬tico. Alcohol 11,5, acidez volátil 0,60, etc. Me di cuenta que le habían pasado un “torpedo” con las cifras. Pedí probar el mismo vino. Hice mi diagnóstico y otorgué 1,20 grs.de volátil. Risas. No obstante insistí, se hizo el análisis y dio 1,20. El pajarón de su ayudante había olvidado reportar al volumen correspondiente, multiplicando por dos, ya que había usado 50 cc. para el desti¬lado, en vez de los 100 de rigor. Si con algo había tenido que arre¬glár¬melas en mi bodega, ello fue el vinagre (acidez volá¬til) De ese tan trivial aconteci¬miento estudiantil, nació el respe¬to que evidenciaron mis compañeros y mi precario rendi¬miento inicial, fue íntegramente atribuido a las dificul¬tades del idioma.

El generalizado desconocimiento del castellano dentro del medio académico, me dio la pauta para mis relaciones con la policía del tránsito. Cometía los abusos tan comunes a nuestro manejar latinoamericano y salía indemne aduciendo que no les entendía sus requerimientos y entre mis explicaciones les decía improperios chilenos que junto con una sonrisa hipócrita, les parecía muy amables y optaban por pedirme que siguiera. Estudiaba al solcito, estacionado en el Parque Real justo debajo de un letrero “vietato di sosta”. Un policía me pidió los documen¬tos. Siguiendo la costumbre empecé por decir¬le: No le entiendo ni jota al so... “Ah, entonces debo decírselo en español: no puede estacionar aquí.” Había hecho la guerra en España, menos mal que me interrumpió oportunamente.

La segunda etapa se cumpliría en Asti. Muy agradable ciudad, provinciana, eminentemente vitivinícola. Centro de estudios analíticos. Dejé a Eliana en Trino Vercellese, pue¬blecito donde vivían familiares, en una villa centenaria, la más importante del lugar, lo que no significaba comodidades a tono con las chilenas.

Dada mi condición de privilegiado por el tipo de cambio monetario, podía darme lujos. El Hotel Real de Asti, era realmente añejo. Decidí arrendar una casa. La viuda Ste¬lla, tiene una gran palacina, la mejor. Fui allá, efectivamente, tenia: jardín, cuatro dormi¬torios y baño. La tina guardaba la cosecha de nueces, los fittings en su caja, nuevos. Linda casa, parquets bri¬llantes. Acepté el ínfimo precio pedido temerosamente por la viuda, le pedí que se quedara en casa y que ocupara el piso bajo a condición que fuera la “gobernanta”, gratis. Puse en funciones el baño. Convidé a Antonio Benedetti, romano, de Fras¬catti. Invita¬do, pero, con la condición de du¬charse todos los días. Creo que jamás pensó en pagar tan alto precio por una pieza, pues no le perdonaba faltar a su compro¬miso. Almorzaba en el resto¬rán del hotel, nunca comí mejores y más variados quesos. Habría sido la gran vida, el régimen de estudios lo impidió. Copaba el día, comíamos a las siete y vuelta al labora¬torio, tres meses sin tregua. El Director del Instituto de Investiga¬ciones enológicas era el Dr. Ettore Garino-Canina. Un perso¬na¬je de leyenda, humanoide. Era un simio, andaba así, sus brazos muy largos o sus piernas muy cortas y arqueadas, su cráneo. Tuvo un dolor dental, no sopor¬tó que le distrajera de sus estudios, optó por sacarse todos los dientes y reem¬plazarlos por una pieza de oro, sin forma dental, sim¬ple¬mente placas funcio¬nales, dos cuchillos. Solte¬ro. Curioso por ver a la mujer que visitaba todos los sábados, conocí una casa de prostitución, experiencia que merece párra¬fo apar¬te. Le resultaba práctico, sin complicacio¬nes. Era un genio enológico, para mí superior al pomposo Ms. Ribereau-Gayon, que los franceses han sabido consagrarlo como el más grande. La honestidad le impi¬dió publicar su tratado, decía que cuando un inves¬tigador logra resultados publicables en pocas páginas, se ve obligado a copiar otros textos conocidos para completar un trata¬do. Nada más cierto, cuántos ejemplos, basta citar a Sanino y al mismo Riberau-Gayon.

Garino-Canina se paseaba a nuestras espaldas observando nues¬tro trabajo, reco¬pilando antecedentes que luego comentába¬mos, aprendíamos metodología y lo más importante, a sintetizar conceptos. Entonces realicé mis experiencias con el catión fierro, el uso y control del ferro¬cianuro de potasio que tanto sirvieran a nuestra industria, a la argentina y a toda la enología de la época. Tam¬bién trabajé, por prime¬ra vez en el mundo, las resinas catió¬nicas en la enología.

Comíamos cerca, en esos bulevares tan típicos de la Europa en verano. Al llegar a la diaria cita, me abordaron, no pudieron resistir a la curiosidad: ¿por qué los sudamericanos, tienen que bañarse todos los días? Ya llevas tiempo comiendo como italiano y ¿piensas que aún no pierdes tus olores? Según ellos, no lo necesi¬taban. Yo aseguro que sí. A fines de año visitamos a Benedetti en su viña de Frascatti. Su hermana se quejaba de este loco que había adqui¬rido la extraña costumbre de bañar¬se ¡había instalado una ducha!. Parece que ella me guar¬daba mucho rencor por ello. Me invitó a visitar las catacumbas bajo la casa, ahora transfor¬madas en bodega de guarda de las famosos vinos Frasca¬tti. Nunca imaginé que allí habitaran ranas gigan¬tes (40 cms) con piel parecida a la de cayman y tampoco que alguien no advirtiera a la visita extranjera que se trataba de una especie venenosa y muy agresiva.

En l974, volvimos a Frascat¬ti, había telefoneado a Benedetti preguntan¬do por su direc¬ción, éste se negó a dárme¬la: llegas a la ciudad y pides a cualquier policía que te traiga a mi casa, no dijo más. Dados los cam¬bios ocu¬rridos en los pueblecitos que hoy son metrópo¬lis casi desistí de la visita. Efectivamente fuimos escoltados a la palazzina, que cuenta con ducha y que frente a la plaza principal alberga al señor Sindaco (Alcalde) que a la sazón era nuestro amigo.

Asti, ciudad acostada en una suave colina, su calle principal, paseo obligado de todo pueblo de esa época, seguía sus relieves. Dicen que los cuerpos de ellas, con sus respec¬tivos bustos, son consecuencia de la orografía. Para mi gusto, inclinaría las calles de Santiago.

La rutina de estudios y laboratorio, no permitía distracciones, salvo excepciones como el verdadero espectáculo técnico que el funcionario encargado de los análisis de bebi¬das alcohólicas para el comercio internacional nos ofrecía, catando y llenando directamente los boletines de análisis, sin efectuar¬los y no se equivocaba, no había reclamos, a pesar de la estrictez de las aduanas.

En Italia, los cumpleaños se celebran a costa del homenajeado. Benedetti pidió autorización para un aro y ce¬lebrar el suyo en la sala de conferencias de la Estación Experimental. Concedida ésta, rogó se le permitiera siguiendo la tradición, quebrar su vaso, pero, como en este caso se trataba de un enlermayer de 250 cc. (recipiente pirex, de laborato¬rio) inven¬taria¬do, no se le autorizó. Sentados en torno a la grande y ovalada mesa, obser¬vábamos la apertura del espumante Asti (champagne). Con la fuerza que genera un buen producto, saltó el corcho dirigién¬dose a la pared opuesta, rebotó en el alto techo y se enfiló, recorriendo ocho a diez metros, direc¬tamen¬te al vaso del festejado, rompiéndolo, haciéndolo esta¬llar y a todos nosotros idem, celebrando lo inaudito y lo ritual. Garino Cannina culpaba al hechor atribuyéndole punte¬ría de partigia¬no, si estos hubiesen tenido tal habilidad, los resultados de los combates del pasado habrían sido dis¬tintos para los italianos.

En Asti dejé prácticamente terminada mi tesis: “El catión Fierro” y muy adelantados los estudios referentes a las resinas de intercambiadores catiónicos. Terminado el período, viajé con la familia a Francia, con el propósi¬to de cambiar ideas sobre las resinas con el famoso Ribereau-Gayon, director de la Estación Experimental de Burdeos. Era un pavo real, me concedió la entrevista y al exponerle mis experiencias, junto con entregarle una muestra de las resinas en cuestión, las tomó lanzándolas despectivamente sobre la mesa. No sirven, aquí las hemos desechado, naturalmente después de muchos análisis. Achuncha¬do, traté de cambiar de tema pidiéndole me presentara a Ms. Peynaud, el más grande de los analistas y de quién se decía era el verdadero investigador. Los saludos de rigor fueron muy breves, no quitaba la vista de las resinas y estalló: “ Al fin nos llegaron muestras, empezare¬mos de inmediato a experimen¬tarlas. Dicen que serán la revolu¬ción de la química de substitución.” Ribereau-Gayon se despidió parcamente. Nos hicimos enológicamente confidentes con Pey¬naud.

Estas mismas resinas y mis experimentos relativos seguidos en Chile pudieron haberme hecho muy rico. Presenté al Congreso Mundial de la Vid y del Vino (1956) un trabajo, con modestia de chileno, que titulé “ La vaguette magique de l`eno¬logie moderne”. Fue publicado en los anales correspondientes y, por qué no decirlo, muy bien comentado. Vino especialmente un represen¬tante de la Room & Hass, N.A., quién después de cono¬cer mis trabajos, aseguró que su representada me invitaría a EEUU. para ultimar detalles respecto la industrialización del producto. Nunca más supe del emisario, sí, leí mi artículo en la revista de la gran firma, sin variarle una coma, salvo su origen. Aunque yo no lo había patentado, estaban todas las pruebas que me otorgaban la propiedad intelectual, además, ya había sido publicado in extenso por revis¬tas y anales internacionales. Hasta mi último viaje a los EEUU, me han estado tentando de iniciar el juicio reivindica¬torio, léase indemnizatorio.

A la tercera y última etapa del curso correspondían tres meses en Alba, cuna de la investiga¬ción vitícola y de agro-enología. No me impresionó bien la ciudad, además debería habitar en la Escuela Práctica de Viticultura y Enología de Alba. Afortunada¬mente, el primer día llegó un auto de Cinzano, con la orden de llevarme al Establecimiento principal de la firma: Santa Vittoria D`Alba, donde me incorporaron al manejo de la indus¬tria. Que felicidad, pues, nunca tuve mayor interés por la vid, era un cultivo muy lento para mi ritmo. En cambio se me asignó el cargo de gerente técnico adjunto. Estaba por lanzarse la gran novedad del mercado: el Cinzanino Soda. Era necesario trabajar ininterrumpidamente, nos turnábamos con don Cesare Cugnasco, gran caba¬llero y por lo tanto, estimado amigo. Se me confiaron secretos de fabrica¬ción, como el siste¬ma Marone para el cham¬pagne y otros. Fue, sin duda, la más impac¬tante de las expe¬riencias técnicas, toda la más moderna maqui¬naria al servicio de la más exigente renovación tecnoló¬gica. Las fábricas de maquinaria especiali¬zada, se peleaban el privilegio que Cinza¬no probara sus nuevas creaciones.

El castillo de Santa Vittoria d’Alba, fue propie¬dad del más popular rey italiano: Vittorio Emanuele II. Robusto y bigotudo, gran guerrero y aún más gran vividor. Del cual el pueblo narra historias que alimentan las eternas tertulias del café. Saliendo de Torino, por la carretera a Cuneo, camino al Castillo, se instalaban las lavanderas a orillas del Po. Allí vio, il baffone ( bigotudo, como también llamarían a Stalin, después de la última guerra) a la Bella Rusín, de inmediato ordenó que le llevaran a la lavanderita al Castillo. Un súbdito novato, ignorante y descriteriado, hizo que la bañaran. Los gruesos muros se estremecieron, el voza¬rrón del Rey se oyó, violento, angustiado: mi l`an robinatto. No obs¬tante, si se la arruinaron para esa noche, tuvo el resto de su vida para recuperar sus encantos olfativos. La Bella Rusin reinó y se la recuerda por bella y con cariño por el pueblo italiano.

Mi alojamiento en el Castillo: el dormitorio de la Bella Rusin, conservado tal cual: su catre con dosel, el lava¬torio de peltre, etc. Dicho sea de paso, era el único habitan¬te, los cuidadores lejos, en casa aparte. Contiguo, el come¬dor que con el dormitorio, eran las dos únicas piezas conser¬vadas para la posteridad. El resto eran bodegas de guarda, segu¬ramente vistas por Ud. en la película de Anthony Quinn “El secreto de Sta. Victoria”

En ese comedor se daban los banquetes para las visitas de importancia. Se trataba en esta oportunidad, de una delegación de industriales franceses. Una comida fina incluye siempre tartufi, aquellas raíces de hongos cuyo olor es quizá el más penetrante conocido y cuyo sabor condimenta deliciosamente; se sirve en finas rebanadas, para lo cual se usa un cortador de navaja sobre el cual se raspa, obteniendo las consabidas fettas (delgadas rebanadas). Don Cesare, movedizo, atento, solemne, recorrió los puestos cortándolas sobre los platos de sus comensa¬les, natu¬ralmente yo habría de ser uno de los últimos en recibir fettas... del dedo de don Cesare, que a esta altura del repar¬to sangraba abundan¬temente lo que, su entusiasmo no le había permi¬tido percibir.

La experiencia profesional que adquirí durante esa estada en una industria no solo pionera en la historia del vermouth, sino en los adelantos tecnológicos, fue señera, intensa. El privilegio que me otorgó la Cinzano era envidiado por el resto de mis compañeros, que debió seguir una rutina estudian¬til en los establecimientos enológicos de la zona y a los cuales, además, tuve acceso a mi voluntad.

Terminó el período, junté mis bártulos, llené el crecedor portadocumentos con mis más preciados libros; lo puse sobre un sillón, en una esquina del real aposento. Hecha la última revisión me despedí con un afectuoso “Chao, Bella Ru¬sin”. El portadocumentos cayó y rodó sobre sus cuatro ángulos, como lo habría hecho siendo circular, se detuvo en la otra esquina. Que ¿quién lo impulsó? y ¿Cómo superó sus ángulos?. Bueno, esas preguntas me las hice después y hasta hoy, porque en ese momento solo atiné a bajar portando todo de una vez.

Al acostarme, en ese ambiente resultaba jocoso pensar en una posible visita equivocada desde ultra tumba, dil Rè bafone. Imaginaba su sorpresa al encon¬trarme en el lecho de su amada y otras figuras ridículas con tan respetado perso¬naje. Nunca me sentí incómodo, temeroso en esa soledad e inmensidad. Pienso que, si en vez de esa despe¬dida hubiese sido un saludo de incorporación al ambiente, habría preferido unirme, por lo menos para alojar, con el resto del curso.

En las inmediaciones del “Estabilimento”, existía una gran extensión de terreno, celosamente cercado para evitar toda extraña incursión: la reserva de caza, que fuera de Vittorio Emanuele II, ahora en poder del Conde Marone. El infante de España, su cuñado, disfrutaba de esta heredad. De acuerdo con la tradición, el montero mayor, administrador del predio, respon¬día por la abundante presencia de piezas de montería y de aquellas más apetecidas por su señor. Si no lo lograba, debía proporcionarle en cambio, las mejores mozas de la región. El real españolito éste, amenazó continuamente al montero: “si me tienes caza, te hago destituir.”

Dadas las cercanías geográficas de Europa occiden¬tal y las facilidades que ello y la baja población automotriz de la post guerra, resultaba muy placentero viajar aprovechan¬do cualquier feriado en mis obligaciones estudiantiles y así, en el último período viajamos a Suiza para seguir por Alema¬nia, Austria volver por los Alpes. Todo habría sido fácil, a no mediar la sorpresiva guerra de Corea, cuya primera noticia la tuvimos en la frontera Alemana. Habíamos timbrado pasapor¬tes en aduana Suiza y avanzado en la tierra de nadie. Nos sorpren¬dió la actitud hostil, histérica de los militares alemanes encargados de la frontera. Todo fue un nicht. Me rechazaron el tríptico del auto, exigían fianzas en efectivo por el valor total de él, etc. Un oficial de enlace francés nos puso al tanto del estallido de la guerra coreana y con ello la explica¬ción del estado anímico de estos pobres alemanes ya “urismados” por las acciones bélicas, por lejanas que fueran. Ellas constituían un posible foco para extenderse a Europa. Estos señores, nos informó, han alternado fluidamente con nosotros, en los idio¬mas correspon¬dientes a las potencias de ocupación - inglés, francés y ruso - Desde hace unas horas sólo hablan alemán y están en tal estado de irritación, que no es aconsejable contradecirlos. Optamos por solicitar un permiso para almorzar allí, en Constanza, dejando nuestro auto afuera, garantizando nuestro retorno por esa misma aduana con nuestro pasa¬porte oficial.

Esa actitud de no querer aceptar otra lengua que la tedesca, me impidió comer salchichas en alemania. Lindo el paraje, simpático el ambiente dominguero con los mastodon¬tes en pantalón corto de cuero, etc. Volvimos con todos los inconvenien¬tes derivados del timbraje en las oficinas Suizas, al fin ingresamos a Austria.

Tal vez una de las demostraciones más impactantes de la brutalidad de la guerra, la apreciamos en Bregenz. Llega¬mos allí al atardecer y quisimos estirar las piernas en un bello paseo de la alameda del lugar. Nos llamó la atención el relativo silencio, turbado solo por una especie de murmullo de los transeúntes. Descubrimos y luego confirmamos que gran mayoría de los paseantes emitía gruñidos ininteligibles. No tenían lengua, o solo un pedazo. Los alemanes, como represalia por la actitud de solidaridad con los aliados al no entregar información estratégica, las habían cortado masivamente. Tanto nos impresionó que seguimos viaje inmediatamente rumbo a Innsbrück. Qué tiempos aquellos, esa bellísima ciudad nos ofreció un majestuoso hotel. De tal majestad sólo restaba la fachada. Había servido a los militares, resumiendo: pasamos la noche sentados, los niños en nuestras ropas sobre las camas. A pesar de esos inconvenientes pudimos gozar el resto del viaje por esos parajes maravillosos -preferidos por Hitler, donde tenía su refugio de montaña- frecuentemente adornado con aquellas artísticas casetitas labradas en madera, como las animitas de nuestros caminos. Llegamos a Merano, donde Eliana quería evocar la memoria de su mamá, quién había pasado una temporada de conva¬lecencia en ese hermoso centro de descanso.

Volvimos para encontrarnos con las urgencias desde Chile para que abandonáramos Europa de inmediato, la sicosis alemana era nimia comparada con la de mi suegro quién conside¬raba como inevitable una nueva guerra mundial. No lo hicimos confiando en las seguridades que nos diera el Conde Marone, como lo relato en el capítulo “ Con Personajes Importantes” (Conde A. Marone)

La ceremonia de Graduación fue solemne. Las autori¬dades académicas en toga y birrete, presididas por Il Rettore Magnifi¬co. Nosotros con el sombrero unicornio, larguísimo, verde de agronomía, orlado en oro y pompón que caía hacia la derecha para ser pasado a la izquierda una vez ungido Dottore Specialista. Largo silencio. Al centro de la sala un pupitre, los profesores tras imponente mesón, nosotros al frente. Pase el doctor Ruy Barbosa, de Chile. Pensé que era un rechazo, o una deferencia al más lejano país ¿por qué a mi primero? Allí, en el aislado pupitre oí: Se le otorga la más alta calificación. Reciba la felicitación de esta Universidad. Si en Chile, emocionante, allá fue sensación indescriptible. Llevé la noticia a quienes me habían permitido ese triunfo. Partiríamos de inmediato, las ansias de la patria eran incon¬tenibles.

La Estación Porta Nuova, Torino, la rela¬ciono con una sensa¬ción que, no por ser costumbre europea habría de adop¬tar. Mis ya queridos compañeros de curso, me besaron con fruición y baba. Eliana hacía mirar para otra parte a los niños. Pasada la emoción de la despedida, no parábamos de reírnos, además, íbamos tan felices rumbo a Génova, nos embar¬caríamos en el mismo Conte Biancamano. No fue sencillo, la policía de aduana, no queriendo ser menos que la del tránsito, encontraba mil pretextos para obtener alguna “mancha” (propi¬na). El personal del puerto estaba en huelga. Por último, un inspector de aduana estaba tan molesto ante mi tacañería y dada su imposi¬bilidad de revisarme el equipaje debido al pasaporte oficial, me preguntó: ¿lleva alguna obra de arte? Sí. Pues, entonces le hago presente que su pasaporte no lo ampara ante nuestra ley que prohibe la salida de obras de arte; se disponía a abrir todo y lo desen¬canté al comentarle que las fotografías que había tomado, yo las conside¬raba obras de arte y a ellas me había referido en mi lacónica respuesta. Casi voy a parar a la cárcel por burlarme de un funciona¬rio.

El regreso, con pasaje completo, no tuvo alternativas relevantes, salvo cuando los dos niños jugando a las escondi¬das, desaparecieron. Desesperados movilizamos al personal que inició una sistemáti¬ca búsqueda. Pasado un lapso suficiente para llevar¬nos cerca de la histeria paternal, los encontraron bajo la lona que cubre a cada bote salvavidas. Estos cuelgan de sendas grúas, fuera de borda, por ellas se podía llegar trepando por los fierros, siempre ya a distancia de la cubier¬ta, a unos quince metros o más sobre la línea de flotación. El barco tenía 220 mts de largo y 45 de ancho. Los marineros conminaban a Ruy y Sandra a mantenerse ahí, pues, descubiertos les dio el corres¬pondiente pánico y querían saltar. Hicieron un puente humano y los rescataron. La concu¬rrencia implícitamente pedía cosca¬chos, la contentamos dándose¬los con mucho aspaviento, aunque en el camarote los comimos a besos. Días después intercambié unos empujones con unos señores que jugaban bochas que Ruicín se encargaba de chutearselas haciéndoles perder la competencia que los italianos toman tan en serio.

Volver a Chile con el título académico más alto y dentro de él, el mayor puntaje, me daba esperanzas para que aquí se me homologara como campeón mundial. Si se hubiese tratado de un futbolista, habría tenido recepción de tal, pero, sólo era el primero en el mundo en una especialidad científica y por lo tanto, solo la familia y algunos amigos cercanos se alegraron. Una escueta crónica de prensa, de aspecto social, sobre la llegada del profesional. Y, a la rutina del trabajo. Durante mi ausencia de él, nadie me necesitó. Cuando te consideres indispensable, retírate un tiempo y verás cuán equivocado estabas.

Decidimos aumentar la familia. A mitad del encargo, recibí muy halagadoras y tentadoras proposiciones para volver a Europa. Me ofrecían dedicación exclusiva en un importante centro de investigaciones enológicas. Naturalmente que le estoy muy agradecido a este tercer hijo que determinó que permaneciéramos en Chile. Cómo habría cambiado nuestro desti¬no. Habrían, sin embargo, otras satisfacciones profesionales y de todo orden, en gran parte derivadas de esta beca. Y sí que las hubo.

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