Tras un breve lapso, el jovencito chileno que había ingresa¬do a la Asociación de Mayoristas en Vino - gremio tradicional de los españo¬les, con predominio de catalanes dueños de las bodegas de vinos- empezó a hacer noticia por su empeño en dar una nueva modalidad a este tan reñido comercio.
Se luchaba por el centavo, que dados los volúmenes que mensual¬mente se transaban resultaba significativo en el balance anual. Ya no se bregaba con el cliente, regateando precios y facilidades. La competen¬cia se había personaliza¬do en los dueños de las bodegas, se trataba de perjudicar al colega, perseguirlo, quitarle el cliente. Exhibir su triunfo el próximo Sábado en el Círculo Español, durante el partido de brisca.
Mi visita de presentación a los vecinos de Avda. Vicuña Mackenna, donde se concentra¬ban la mayor parte de las bodegas, tuvo diferentes recepcio¬nes. Donde Morera ( toda una fami¬lia), el mayor, ante mi propuesta de organizar el comercio para obtener beneficios económicos y no para solventar rivalidades de personas, me contestó “pues coño, me he pasado la vida jodiendo al competidor y ahora, viejo, que he logrado sobrevivir. ¿Les voy a entre¬gar la breva pelada? NO. Sigamos peleando.” Las rencillas entre los más grandes Reus, Mir, Planella, Navarro y García, Travé y Martí, etc. serían interminables. Asistí a las asam¬bleas mensuales, bregué por aunar precios, acortar plazos de créditos, terminar con las fichas que bonificaban a los restoranes. Pronto me eligieron Director. Los representé ante la Corporación Vitivinícola de reciente creación junto a los grandes viñate¬ros y embotelladores (los bodegueros distribuían a granel en chuicos y damajuanas, aunque algunos también embotella¬ban, como nosotros en “La Gran¬ja”.)
Tras una desafortu¬nada actuación de Don Recaredo Ossa, éste tuvo que renunciar a ambas presiden¬cias: de la Corporación Vitivi¬nícola y de la Sociedad Nacional de Agricultura. Cayó en reñido debate con el mocoso a quién había sub-valorado y que demostró públi¬camente que ese gran dirigente había mentido. Lo reem¬plazó Don Pablo Valdés Ossa, yo Vice Pdte, Julio Suberca¬seaux, Armando Dussaillant, Pedro Undu¬rraga, Enrique Urrutia Manzano, entre otros directores. El 51 fui Presiden¬te de los Mayoristas. No resultaba político que asumiera también la Corpora¬ción, de modo que tuve que arreglárme¬las para que Don Pablo aprendiera mis señas y por último que no se molestara cuando en plena asamblea de la Corporación, tenía que corre¬girlo con un: “lo que quiso decir nuestro Pdte. es justamente lo contrario.” No tenía oposi¬tores, me dejaban hacer. Decían que me metía en el bolsillo del chaleco de él y que desde allí lo dirigía.
Fue la época de oro de la vitivinicultura. Los bodegueros subieron de pelo; se encontraron vías de entendimiento entre producto¬res y comerciantes, propicié la creación de la Asociación. de Corredores de vinos, con Arturo Fontaine como secretario (yerno del viticultor Don Hernán Talavera) con ella se aseguraba un control de seriedad en los negocios. Entonces se transaban millo¬nes, muchos mi¬llones mediante una simple carta-contrato en que se estipulaba que fulano compraba x cantidad a x pesos la arroba; que se pagaban con diez o más letras que el vendedor daba por recibidas y el plazo de retiro. Firmado el documento, lo retiraba el corredor junto a las letras que entregaba al productor y éste asumía que las firmas eran legítimas. Rara vez hubo problemas, salvo en las liquida¬cio¬nes, fuera por: diferencias en la calidad distinta a las muestras entrega¬das por el corredor, en el grado alcohólico o por la capacidad efectiva del camión fudre. Hasta entonces el corredor recibía mues¬tras en su oficina, las que no siempre obedecían a la realidad exis¬tente en bodega de productor. La nueva orga¬nización les obligó a tomarlas personalmente y verificar la real existencia motivo de este contrato privado.
Muchas fueron las dificultades de todo orden que tuve que afrontar durante el 46, año en que terminé quedando solo, pues mi socio don Arturo Vieira, tuvo una visión diametralmente opuesta a la mía en cuanto a superarlas. Me vendió su parte a precio de inventario. Creyó que quebraría¬mos, ya que el precio del vino se iría al suelo. Honesta¬mente me confesó sus predicciones después de la firma en la notaría.
Yo, en cambio, finalizado el acto jurídico, llamé a los corredores y anuncié que era comprador abierto. Compré todo lo que estuvo a mi alcance financiero y un poco más. En un año de tantas dudas que habían detenido el mercado, el hecho que este joven chileno, que debía tener importantes relaciones con el gobierno, comprara hizo meditar a Reus, el princi¬pal comprador. Por si las moscas, cómpreme unas diez mil arrobas, dijo al conocido corredor que se había pasado de mi puerta a la del vecino Reus para contarle muy confidencial¬mente, tal como se lo pedí, que yo estaba comprando firme, aunque sin expresar la secreta causa. De ahí a Mir, siguiendo por la avenida Vicuña Mackenna, a quién ya le contó que también Reus había comprado y así una a una, siguió por las principales bodegas hasta Franklin. Se desató el alza. De $6 la arroba se fue a $16.
Hice la América a pesar que algunos viñate¬ros no me entre¬garon todo lo comprometido. Uno de ellos fue el gordo ex capitán Bravo, aquel que se tomó la Moneda en uno de los tantos golpes de los años treinta. El corredor Teófilo Reyes Cerda me había entregado muestras de cinco mil arrobas, según él las había tomado personalmente y constatado su existencia. Bravo no entregó y tuve que viajar a la viña acompa¬ñado del corredor. Averigüe que había vendido además a otros, pensando que a la baja podría repo¬ner y hacer el negocio “con la negra”. Litigar sería en vano. Manejaba mi Cadillac convertible, un buque. Los senté atrás, bajé la capota (novedad: automática) para castigarlos con el viento y aumentarles el susto por mi manejo recono¬cidamente impruden¬te. Sobre 120 Kms/hr. llegamosal bivio de la entrada sur de Rancagua. Uno dijo a la izquierda, el otro siga derecho a Santiatgo. Paré. Pónganse de acuer... ¡ PUM! Reventó el neumático delantero izq. Si esto hubiese sucedido unos metros más atrás, a esa velocidad, con ruedas 900x16, converti¬ble, sin cinturones... No es difícil imaginar el resulta¬do.
Teófilo fue sancionado por su Asociación. Yo lo cité al directorio de la mía y lo acusé de “huevón” irresponsable¬. Así tal cual. Más tarde sería Embajador en Panamá y allá me recibió en mi calidad de Ministro y Gobernador del Banco Interamericano de Desarro¬llo. Y como caballeros que éramos, no nos acordamos de lo sucedi¬do ni aún después de haber brindado con vino chileno. Qué experiencia, el vino tinto en el trópico cura muchísimo más que el whisky. Casi tengo mi primera embriaguez minutos antes de una importante intervención oficial.
A pesar de las mermas en el cumplimiento de los contratos, ese fue “el año”de mi vida comercial. Quedé capitalizado para seguir en ese tan arriesgado negocio en que estaba en giro varias veces el capital social. Tanto se podía ganar, como perderlo todo en un día. Los grandes especuladores de la época levantaron fortunas y también cayeron en ruidosas quiebras. Mi única preocupación sería mantenerme en la pruden¬cia. Navegué bien, no me tenté, me di por satisfecho en las ganancias y en las experiencias. Había tocado los muelles para seguir pisando firme.
No obstante la situación alcanzada, estaba consciente que no podría permanecer solo y ello me instó, junto a circunstancias familia¬res, a asociar al hijo de mi suegro quién ya se declaraba incapaz para conducirlo en su vida adulta. Estaba yo ya en condi¬cio¬nes de ser magnánimo y zanjar así diferen¬cias derivadas de nuestros diame¬tralmente opuestos procederes. Había fallecido mi suegra. Eran momen¬tos de reconci¬lia¬ción. No me hizo feliz esta sociedad. Llevaba toda la responsabi¬li¬dad y llegó eso que hoy llaman estrés. La situa¬ción no me permitía reconocerlo y seguí adelante, hasta que se presentó una inesperada oportunidad. Gané una beca de estudios.
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