Tuesday, July 29, 2008

Capitulo II - Escolar

Desde el episodio del pescadito de caramelo hasta el ingreso a kindergarten, hay un período marcado por las indiges¬tiones que me provocaban los chocolates rellenos, me obsequiaban dos clien¬tas del estudio de mi padre, busca¬ndo sus simpa¬tías. Las semanas transcurrieron entre domingos felices en que concurría al mercado central de la mano de papá, a comprar el jilguero que gozaba hasta el lunes, pues, estimaba que ya debía bañarlos. Tristes y funerarios lunes.

En cuanto al Liceo San Agustín, al que de acuerdo con el sistema de entonces (1927) se podía ingresar con 7 años cumpli¬dos, no tengo un recuerdo limpio. El prestigiado nombre de mi papá me daba privilegios, como el que me invitaran a jugar tenis después de las clases y mientras llegaban las mamás a buscar¬nos. Había a la salida del colegio un salón donde ellas espe¬raban y cuando las más se iban, llegaban algunos curitas a saludar a las “rezagadas”. Entre ellas estaba la hermana de mi amigo H.H.. Ella es ahora una celebre quiromán¬tica, antes era una estu¬penda hembra a la cual el cura ministro favore¬cía lleván¬dola a practicar con el órgano ( el de la iglesia conti¬gua). Mi amigo y yo, aventurándonos por los pasajes del convento, para nosotros misteriosos, los sorprendimos en ese gozoso afán. Es ese un recuerdo simpático ahora pica¬resco, excitante enton¬ces. En cambio a un cura homose¬xual, sí que lo recuerdo con repug¬nancia: llegaban sus amigos y no tenía recatos frente a los niños. A pesar de nues¬tra inocen¬cia in¬tuíamos sus mane¬jos y aprendimos a repu¬diarlos. Nunca más nos quedamos a jugar después de clases.

Otro incidente marcador fue el que tuve con el profesor de gimna¬sia (Droguet) el que, por una distrac¬ción mía en la fila, me propi¬nó una cacheta¬da. Mal momento para él, porque reac¬cioné protestan¬do ante el cura ministro y exi¬giendo que llamaran al papá, lo cual dado su renombre, hizo que el cura pusiera de vuelta y media al menciona¬do profesor. Al final de año, curio¬samente, obtuve la única meda¬lla dorada que gané en el colegio y en GIMNASIA.

Tampoco me castiga¬ron cuando aproveché, para una diablu¬ra, la oportunidad en que me mandaran a buscar el libro de cla¬ses -así se llamaba ese mamotreto con el cual el profesor pasaba lista, ponía las notas y amonestaciones. Era motivo de orgullo que se nos encargase tan alta misión. Camino a la sala lo abrí, me tenté y en la lista, entre las líneas del alumno Sordo (actual dueño de “Donde Golpea el Moni¬to”) y el de Tapia puse la palabra “como”. Me pilla¬ron y a pesar del enojo por la tal pilatunada no pasó nada.

Durante el año 1929, en la Iglesia de San Agus¬tín, de acuer¬do con la moda del momento, se celebró el matri¬monio del Pdte. de la Repúbli¬ca Gral. Carlos Ibáñez del Campo con doña Gra¬ciela Letelier, agraciada señorita de la sociedad talquina, cuya madre habría de tener grandes influen¬cias en el Gobierno. Poco después se casó allí mismo mi herma¬na Corina con Carlos de la Jara, Ing. Agrónomo, procedente de una conocida familia de agricultores de Mulchén. La ceremonia fue en grande, se rivalizó en asisten¬cia con la del Presidente. Lo atingente a mí, fue que siendo ya jilotón de nueve años y aprovechando el flamante traje que tenía desde la primera comunión, se me encargó que llevara la cola de la novia, cuyo largo era jerar¬quizante. Orgulloso de mi hermana, frente a los chiquillos del colegio me distra¬je y en una paradi¬lla del cortejo, seguí caminado sobre los metros de tul, que con tanto orgullo pretendía cuidar. Si alguien no me toma en vilo, los arranco con cofia y todo.

Varias razones hicieron que me reti¬raran del San Agustín: la moral ya señala¬da; la crisis económica inter¬nacional que ya golpeaba a Chile y la teoría de papá en cuanto a darnos una educación que nos permitiera pasar por distintas disciplinas. La enseñanza con bases religiosas en escuela privada, en cambio, las humanidades tenían que ser en establecimientos laicos. Fue así que, como mis hermanos habían asistido al Andrés Bello (Pedro Beas) de la calle Rosas. Papá creyó conveniente mandarme a este otro A. Bello de la calle Compañía, de Dn. Rudecindo Barría que sería simi¬lar y por lo tanto, dentro las características de los particu¬la¬res de la época, resultaba acepta¬ble. No fue así. El colegio había caído junto con la economía de su Director. No tengo recuerdos sino de indis¬ciplina y violencia en él. Mi amigo de correrías Hernán Hödar me había seguido hasta allí y dadas nuestras inclinaciones a las peleas¬, para las que era particularmente bueno, reaccionó ante una reprimenda del profesor pegándole un violento puñete en la boca. Semejante insolencia no fue castigada. Se rompió una ventana y un grandote de cursos superiores encon¬tró divertido pegarme un puntazo con una daga formada por un fragmen¬to del vidrio. Entró un par de centímetros en mi nalga. Sangre, gritos, todo de menor envergadu¬ra que las cachetadas que le dio Ba¬rría. Por último, antes de finalizar el año se acabó el colegio por embargo judi¬cial. No me explico como me dieron certificado de segunda prepa¬ratoria (eran tres).

Al año siguiente la crisis económica se había agudi¬zado al extremo que no había presupuesto familiar para enviar¬me al colegio. Estimaron preferible que mis hermanos mayores siguie¬ran en el Internado Barros Arana, donde su manutención resulta¬ba más económica que tenerlos externos. Razonablemente, era mejor que no se cortaran a ellos sus estudios de humanidades. 1930 fue un año en blanco de estudios y en negro por mis andanzas y dia¬bluras típicas de los once años. Perdí un diente a manos, no, a cajona¬zos de un lustrabo¬tas (el Cara de Yegua) que al sentirse superado por mí boxear, tomando su lustrín por la correa lo voleó precisa¬mente a mi incisivo medio derecho, quebrándolo en la base.

Subía al San Cristóbal con Hernán, cami¬nando hasta la Virgen y bajábamos tro¬tando hasta mi casa en calle Bande¬ra. Luego íbamos al ring que había en la terra¬za del edificio, en el que solía hacernos clases el negro Roberts, entrenador de Fernandito, uno de los más grandes de nuestro box. Algu¬nas tardes me invita¬ban al gimnasio del club Deportivo Nacional con sede en los altos de Joyería Barros, entonces, en Ahumada esq. Huérfanos. Allí Fernan¬dito con las manos amarradas tras su espalda hacía que le “tirara todas las manos posi¬bles” a la cara. Tal era su rapidez que a veces éramos dos al mismo tiempo y no lográbamos tocarlo. Desgra¬ciada¬mente era muy blando de mentón, lo que le impidió llegar al campeonato Mundial.

Este mismo entrenador Roberts, tenía la teoría que a los principiantes (insisto, tenía 11 años) había que enfrentar¬los a cualquier estilo o sorpresa y para ello nos llevaba a la subida del cerro Santa Lucía, a la hora que salían los alumnos del Colegio San Pedro Nolasco(Miraflores-Huérfanos) y señalándonos uno cualquiera, nos mandaba a enfrentarlo: “ ¿Así es que andas detrás de mi hermana, ah?” Y dale puñete, hasta que el negro nos paraba para hacer¬nos los comentarios correc¬tores o salvar una paliza. No eran iguales las experiencias en el barrio San Pablo, pasado Teatinos, cuyo público empeoraba mucho, espe¬cialmente donde había una plaza (Ecuador) frente al cuartel central de poli¬cía. Se juntaba allí una patota temible a la que pertenecía el “Cara de Yegua” que me voló el diente y otros con quienes nos trenzába¬mos con mucho miedo, pero¬,¬ era una buena escuela de coraje.

Y de eso, de coraje, necesitamos en varias ocasiones en que como galanes prema¬turos, tuvimos que desafiar las iras de los papás, que no permitían ni siquiera que les miráramos a las niñitas. Dos hermanas del barrio Bandera Morandé ( la Piquito y la Inés) pasaban los fines de semana en la quinta, detrás del Hipódromo Chile. Su padre se distraía jugando tenis. Mientras trans¬cu¬rrían sus habituales par de sets, nosotros llegábamos a las rejas, que más de un hoyito tenían, para entrelazar manos. Poco más era suficiente para la edad y la época. En una de las visi¬tas, nos acercába¬mos sigilosos por veredas atravesadas por acequias, a esperar la señal de vía libre que nos hacían las niñas. Un guarén salió corriendo desde el agua y Hernán rápido de reflejos, le asestó un tan certero puntapié que lo tiró vio¬lentamente al cuello de un señor gordo que, venía saliendo de la quinta. Gritó indig¬na¬do el gordo, no porque fuera ardiloso, sino, tal vez, nada más, porque el ratón reven¬ta¬do contra su cuello le produjo cierta impre¬sión. A los gritos del gordo llegó el papá, al parecer no había jugado el segundo set porque fue capaz de correr tras de nosotros, descontando deciso¬rios metros cuadra a cuadra. Llegamos por el entonces despo¬blado camino que empalmaba con Avda. Inde¬penden¬cia, pasó la “góndola” salva¬dora, pero, las pier¬nas ya nos flaqueaban. El susto de sentir al “viejo” a nuestras grupas nos propor¬cionó un último esfuerzo para aferrar¬nos a la pisadera del vetusto carromato, afor¬tunadamen¬te despro¬visto de puertas y velocidad. Tiempo des¬pués otro papá tenista (Cas¬tro), me avistó acaramelado con su hija en la Plaza Brasil y venía derechito hacia nosotros sal¬tando ágilmente los bancos. Me obligó a correr otro tanto. Morale¬ja: evita a las hijas de los tenis¬tas.

Al verano siguiente pertenece esa linda página de mi niñez en que, en la escuela Pública de Peñaflor, gracias a la buenísima voluntad de una profesora a quién recuerdo con mucho agradeci¬miento, salvé un año escolar. Durante las horas de la tarde, mientras todos gozaban del baño en el río, me hacía clases correspondientes a la tercera preparatoria, capacitándome para dar el examen de madurez que se exigía para ingresar a 1er año de humanida¬des. Todo salió bien, especial¬mente para mi formación disci¬pli¬naria. Sentí entonces esa inmensa satisfacción de salir ade¬lante por el propio esfuerzo. Sin esas circunstan¬cias, no sé cuando habría seguido mis estu¬dios y con qué oportu¬nidad, porque seguramente habría tenido que cursar regularmente y entrar muy tardíamente a las humani¬dades. En esos tiempos era co¬rriente el retiro prematuro del colegio por razones de edad pasada para el curso corres¬pondiente.

Ingresé muy ilusionado al Internado Barros Arana, del que mis hermanos ya habían egresado con mucho prove¬cho. Sin embargo, las cosas habían cambia¬do, ya no era el colegio de las aventuras de machos peleadores, hombre¬citos. No me sentí a gusto, era un ambiente en que imperaba el vocabulario soez; en que, en cada pelea se arriesgaba quedarse castigado todo el Sábado y aún el Domingo y en que se acusaba ante los inspectores.

En el aspecto deportivo estuve a gusto. Contaba con una de las prime¬ras piscinas tempera¬das. También duran¬te el prolonga¬do asueto de los once años, mi padre me había mandado a la piscina Escolar (Inde¬penden¬cia con Río Mapo¬cho) donde aprendí buen estilo y llegué a ser campeón de categoría in¬fantil.

En el Internado Nacional Barros Arana, formé parte del equipo de compe¬tencia interescolar y me iba bien hasta el campeonato de 1933. No tenía traje de baño negro de satín, con pechera (exigen¬cia) y me puse uno presta¬do, de lana, con polle¬rín y tirantes que me quedaban largos; no sé cuantos kilos de agua absorbía. Había ido mi polola a verme correr. La chiqui¬lla más linda de la época, la Lucía Linch, her¬mana de Gloria, miss Chile. Me pareció más elegante esperar el turno para correr, con la bata puesta. Había tomado la de mi papá. En el apuro de sacármela y prepa¬rarme, me resbalé y caí en las baldosas mojadas. Me dolió, pero, habría sido ridículo darme por aludido. Corría en estilo espalda. Partimos bien, a mitad de carrera se me salió un tiran¬te, el peso del pollerín me desequi¬libró y me fui a la lienza marcadora de pista. Me enredé. Perdí. Era flaco, en pleno estirón de los trece, al¬guien gritó: “ se desarmó el esque¬leto.”

El tenis también me dio posibilidades. Con el último bocado del almuerzo arrancábamos a “gaznachar” la cancha de baldosas que siempre estaba cerrada y por lo tanto había que jugar escondidos, saltando el murallón. Era cotizado como bueno.

Una tarde sentía que el calzoncillo me moles¬taba al jugar, molestia que aumentó hasta hacerme inspeccio¬nar. Oh sorpresa: una lombriz intestinal decidió salir en pleno partido. No creo haber experimentado sensación más desagradable. T¬uve que atrave¬sar el Internado de extremo a extremo y caramba que era grande, varias manzanas, para llegar a la enfermería. La “indina” no se allanaba a salir. Qué desesperación, agrega¬da a las consi¬guientes bromas de mal gusto.

Caí con paperas, lo que obligó a una pérdida de unos quince días de clases. Volví prematuramente al colegio, muy advertido de mi estado de debilidad y de mi imposibilidad para hacer esfuerzos que incluso, podrían producirme esterilidad. La fama de buen peleador me traicionó; los Jueves, durante las semanales funciones de “biógrafo”, solían producirse peleas. En una de esas, le estaban pegando a uno que personalmente no me incumbía, sin embargo empezaron a llamarme para su defensa y como todos lo oían tuve que salir, el muy irres¬ponsa¬ble, a pelear. Se iba a los descansos de las escaleras del edificio nuevo, donde se formaba un cuadrilátero bastante estre¬cho. Allí no había cómo rehuir con juegos de piernas, al contrincante. Había que pelear sin tre¬gua. Menospre¬cié al flaco Gutiérrez, que era buen tenista. Fue más larga de lo que a mi debilidad de convaleciente convenía y empecé a cansarme hasta tener que pasar a la defensiva. Con buen estilo escondí mi realidad ¿Terminamos empate? Así creye¬ron todos menos yo. Lo de la impotencia parece que se salvó,¬ así lo creo yo, ellas también. Los antebrazos amanecieron hinchados y no mora¬dos sino negros. La pérdida de mi fama signi¬fi¬có que muchos se atrevieran a desafiarme y tuve que pelear muchas veces más, con las consiguien¬tes enemis¬tades.

Como siempre estaba enamorado, las horas previas a subir a los dormitorios me resultaban melancólicas. A veces, como mis ropas no eran suficientemente gruesas para los fríos de ese barrio¬(Quinta Normal) para capearlos me iba a la biblioteca, donde jugaba ajedrez. Siempre había algo, pero, me era insufi¬ciente. Añora¬ba el ambiente siempre culto de mi hogar y princi¬pal¬mente las amistades de la plaza Brasil.

Un Sábado, recién llegado a casa, para horror de todos, se me salió una palabrota durante el almuerzo familiar. Fue providencial, aproveché para expli¬carles que ello era el fruto del ambiente que se vivía en el Internado. Pedí que se me sacara. La situación económica de la familia era ya más holgada, aunque nunca volvió a lo que otrora fue. Ello permitió el término de una etapa bien marca¬da por una estan¬cia no feliz en el Inter¬nado, salvo por el deporte que me permitió dar un notable esti¬rón, prácticamente a los 178 cms. que medí como adulto y que en mi actual inventario, ya no figuran todos.

En ese intertanto del desarrollo físico, me corres¬pondió el señero cambio de estado civil que era el ponerse pantalones largos. Esa importante etapa ya no la vive nuestra juventud. El niño de entonces, si era de familia pudiente, solía ponerse hasta los ocho años y los domingos solamente, traje de marinero con pantalones largos, blanco y de franela. El marinero de pantalón corto era azul y de sarga. No se podía usar terno de pantalón largo hasta que no se tuvieran “cañones” en las pier¬nas, cuando los pelos eran bien notorios. Sólo enton¬ces se allanaban las madres a permitir que sus hijos las enveje¬cieran pasando a ser “hombres de pantalón largo”. Para salvar la anti¬patía de las personas aludidas se recurre al “dicen”. Y dicen que el tío Alvaro, diplomático de carrera, c¬asado con tía Matil¬de Borne, hermosísima dama, volvió de su misión ante el Vaticano y bajó del barco con sus hijos de la mano, incluso el mayor, de quién se dice que bordeaba los diecio¬cho, luciendo pantalones cortos como evi¬dencia de la juven¬tud de Matildita. Las peludas y robustas piernas de Alvarito, fueron motivo de suspicacias.

La altura alcanzada exigía el consiguiente traje de pantalón largo. Las disponibilidades familiares postergaban el aconte¬cimiento, más allá de lo que cada salida semanal desde el Internado, urgía. La feliz coincidencia que el mayor de mis hermanos, Chicho, era justo de mis medidas de entonces, hizo posi¬ble que un sábado fuese motivo del generalizado comenta¬rio de la plaza Brasil: llegué de terno. Muy feliz, hasta que caí en cuenta que mi nuevo estado me permitía y aún me obligaba a incorporarme a la “Terra¬za”, lugar donde se bailaba y para lo cual había que pagar entrada, ambos impedi¬mentos graves para mi modesta mesada y mi nunca confesada ignorancia del baile. No había mujeres que en la confianza del hogar me ini¬ciaran en él. Esto llegó a acomple¬jarme y a lo mejor constituyó el pretexto para, en cambio, seguir fon¬deándome con las pololas en los más recónditos y estra¬tégicos bancos de la plaza Brasil.

Comparo los escasos protocolos de la juventud de hoy con los muy formales de los años treinta y prefiero éstos. Había más “prohibidos” y por lo tanto más deseos, más empeños para lograr¬los y mejor sabo¬rearlos.

Incorporarse a la cerrada sociedad que frecuentaba la Plaza Brasil era todo un ritual. Imposible, si no se contaba con la presen¬tación de alguno de sus respetados miembros (este respe¬to estaba directamente cuantificado por el domicilio o por las dotes pugi¬lísticas).

No contaba con estos requisitos. Vivía en la calle Bandera y teniendo sólo doce años, debía medirme con jilotes muy mayo¬res. Para colmo se me ocurrió echarle el ojo a la más justi¬ciera¬mente cotizada, la linda A.O.C. que pololeaba con el “Cana¬rio” (M.F.) muy buen mozo, pero, que no me inspiraba respeto físico. El pero fue el colorín Zamora, matón de unos 17 que se empeñó en repre¬sentar al Canario. Por suerte pude parlamentar aduciendo mi ignoran¬cia de las reglas locales y mi disposición a dar satisfac¬ción por los puños, pero directamente al afec¬tado. Decidieron incorporarme. Y lo hice de lleno. A la semana siguien¬te era yo quién paseaba a la linda A.O.C.

Era la época en que las niñas se ofrecían a la vista de sus posibles pretendientes trillando por determinadas veredas, las que recorrían: de once a doce y media los Domingos; en las tardes de los Sábados, de seis y media a ocho y media, y en las noches, con sus mamás que las vigilaban desde los bancos, de nueve y media a once. La plataforma de exhibición era la vereda de Avda. Brasil siguiendo por Huérfanos hasta esq. Maturana, que eran las dos iluminadas. Desde allí hasta Compañía inclusive, con sus bancos en las oscuri¬dades, estaban reser¬vadas a las parejas más avanzadas. Los Jóvenes se paraban a la orilla de las veredas, esperando la próxima pasada de la elegi¬da y así, se repetía, vuelta a vuelta, hasta que la langui¬dez de las mira¬das indicaba que ya se las podía acompa¬ñar. Todos estos pasos eran seguidos por la concu¬rrencia que gozaba el acontecimiento que nutría el comenta¬rio.

La Plaza Brasil tenía su público, así como el paseo de medio día en la Alameda, a la altura de Dieciocho y no de Manuel Rodríguez, que tenía el suyo y muy exclusivo. Los asiduos a ese paseo eran para concurrentes venidos del lado Sur. Las del otro lado debían dar un rodeo para no eviden¬ciar las diferencias de “pelo” que su barrio les asigna¬ba. En cambio, en el Parque Forestal, la cuadra frente al Museo de Bellas Artes era para después de comida y de 18 años para arriba, sin barrio determinado. Los autos con los papás se estacionaban al medio de la calzada mirando hacia el paseo. Las proximidades obscuras que ofrecía el sector de la laguna, los obligaba a una permanente revisión del inventario paseante.

El Paseo de la calle Ahumada era de doce a doce y media, prácticamente diario y oficialmente, los Domin¬gos, a la salida de la misa de La Catedral. Desde Plaza de Armas hasta la Alame¬da, primero por la acera poniente, des¬pués, con el ordena¬miento que impuso el Presidente, Gral. Ibáñez, para transitar por la derecha, se incorporó la Orien¬te. Las escalina¬tas del Banco de Chile eran monopolizadas por los “viejos” con polainas, pródigos en piropos, para nosotros cursis y que ellos asegu¬raban de gran rendimien¬to. Don Eufrosino Casal, t¬uvo la mala fortuna de no poder repri¬mirse ante mi linda pare¬ja. Como él frecuentaba la casa de mis padres, sabíamos de su prover¬bial longevidad y enfrentándo¬lo se la representé en términos poco respetuosos. Con su bastón en alto trató de casti¬gar tal desacato, resbaló, nosotros arran¬camos riéndonos. Se decía que Don Eufrosino tenía pacto con el diablo, ya para el año 91 era Diputa¬do (estábamos en los años treinta)

La sociedad participante de estas rutinas, verdade¬ros ritos que se imponía a la juventud, estaba circunscrita a grupos muy reducidos y prácticamente todos se conocían o al menos se sabía quienes eran. De allí que los intentos de los habitúes a la Plaza Yungay (de reconocido mal pelo) por aproximarse a la Plaza Brasil, termi¬naron en batallas campales. Nunca se supo que alguno de allá lograra mezclarse con los de acá.

Como acontecimiento bélico relacionado con la plaza Brasil, debe recordarse el tan conocido episodio con los cadetes de la Escuela Militar, que obligó al Director de ésta a autorizar la marcha en formación sobre la plaza, para lavar la afrenta que nuestros matones habían inferido a unos alféreces el domingo anterior. Nadie nos organi¬zó, cada cual repartió y recibió. La refriega terminó cuando alguien le quitó el yatagán a un cadete y le atravesó los cache¬tes para dejarlo masticando el fierro. Nos desbandamos y sólo quedó el recuerdo muchas veces revivido en las más diversas versio¬nes. Pero, que pasó, pasó.


Pololeábamos con las encantadoras Saavedra. Él con la Inesita, la mayor, yo con la Lucía, la menor. Él veinticinco, yo trece años, recién usando mi primer mentado ternito. Este amigo que era bombero, me convidaba a la Bomba 12. Cummings, frente a la casa de las niñas. Allí me enseñaron a jugar al cacho y era tal mi suerte, que Julito, mi amigo, se proveía de ciga¬rrillos y sándwichs jugando el cuarto, en pareja conmigo. No obstante mi edad, me incorporaron al grupo que saldríamos a festejar el Año Nuevo.

Partimos del Cuartel, en la consabida victoria, rumbo a San Pablo pasado Matucana donde hacían unas mistelas y alguien se entendía con una “señorita” de la casa. Esta denominación era obligada para el medio pelo para abajo. Nos habíamos confabulado para el “perro muerto” de rigor y me echaron allá arriba, al pescante, al lado del cochero. Ellos, al pasar la línea del tren en Matucana, aprovechando los baches se iban a bajar y yo como cabro liviano, me tiraría arrancando abierta¬mente. Poco antes de llegar, uno cometió la infidencia de advertirme la proximidad de la operación llamándome Barbosa. Inmediatamente el cochero se levantó la manta y mostrándome un revolver me dijo: este lo tengo gracias a Don Enrique Barbosa, yo trabaja¬ba como portero de la Cámara de Diputados y él, como Presidente, me hizo dar esta armita. Me di vuelta diciendo al grupo: más nos vale pagar.

Ricas y abundantes las mistelas, malonas las señoritas. De allí, parti¬mos al cabaret que regentaba la Emita Parra, gordísima amiga de Contreritas, bombero y pelado, que lo pasaba muy bien con esta amiga que lo amparaba en sus apuros económi¬cos. Todo el establecimiento se reducía a no más de unos cuarenta me¬tros cuadrados. En un altillo sonaba la orquesta ¬(tres artesa¬nos de la pauta). Mujeres a tono con el ambiente, ni mirar¬las. Me embutieron cuanto trago raro pudieron y con general asombro no lograron emborra¬charme. Ya tarde, Julio me acompañó a casa, se sentía respon¬sable de lo que debía pasar¬me. Al agacharme para poner la llave a la gran puerta de reja del edificio, le salpiqué abundan¬temente los pantalones. Pronto, llegaron mis papás que habían visto lo que dejé en la puerta principal. Me examina¬ron a fondo y sin embargo, determinaron que mi estado era normal. El estómago me delató al día siguiente.

No obstante la mala experiencia, no pude ser menos y asistí a la fiesta que daba la gorda Emita, la misma que la noche anterior había conocido regen¬tando el más rotoso boli¬che, ahora anfi¬triona de una acomodada casa burgue¬sa de Ñuñoa. Mi amigo Julio vestía su misma franela gris, ahora, ajustadi¬ta, con sus pantalo¬nes que suspiraban¬ por llegar siquiera a los tobi¬llos. Se había visto obligado a lavarlos. Pasarían cincuenta años y recién entonces pude volver a gozar un ponche en leche, cola de mono, o probar una mistela, aunque nunca con el exceso de ese Año Nuevo.

Son muchos y buenos los recuerdos de aquella Plaza Brasil, que a todo setentón evoca tantas reminiscencias, marcó toda una época.

Rubias, more¬nas, trenzas in¬creíbles, ojazos, reca¬tadas o generosas, todas. Y hubo hartas. Serían merecedo¬ras de mis mejores versos.

Fui al Instituto Nacional, gran colegio, grandes profe¬sores. Buen curso aquel IIIºA de l934. Salvo ese mal recordado prof. de Inglés, el Perico Gamboa, a quién encaré por romperle a un muy modesto compa¬ñero, el texto comprado de segun¬da mano y que aquel quería nuevo. Tuve profe¬sores que hicieran época por sus destacadas personali¬dades y capacidades: El Pito Fernández, histo¬ria; Manuel Aguile¬ra, matemáti¬ca; Esteban Doñas, física, Montebruno, francés; Darío Benaven¬te, educación cívica; Augus¬to Meyer, química. Muchos de ellos se dis¬tinguieron también en la cátedra univer¬sitaria. De cada uno, anécdotas que fueron recordadas cuando habiendo trans¬cu¬rrido cuarenta años de egresados, nos reunimos en agradable comida festejando a René Rojas Galdames que asumía el Ministerio de Relaciones Exteriores. Estábamos aún, todos vivos. 99% profe¬sionales, qué agra¬dable fue (1987). Después: lo tris¬temente inevitable. Mejor no pasar lista



























Peñaflor


En ese pueblo, entonces balneario de selección, a pocos kilómetros de Santiago, fui bautizado en el verano 1919-20. A él se llegaba por un tortuoso camino de tierra, lo que hacia preferir el viaje en ferrocarril que llegaba a Malloco y desde donde se seguía con transbordo a los carritos de sangre que recorrían por Vicuña Mackenna, atravesando todo el sector aledaño a la plaza y que constituía el pueblo, propiamente tal. Luego de pasar por “El Reloj” seguía hacia El Prado, donde estaban las quintas de: Carlos Dávila, Rodolfo Jaramillo, los Fellemberg, Pellegrini y nuevamente Malloco. Como es común a la moderna urbanización, estos tres sectores, entonces tan diferenciados, se han unido.

Era un tortuoso camino, no sólo por ser de tierra, que en ese entonces era lo normal, sino que además seguía los caprichos de sus numerosas curvas y otros obstáculos. Recuerdo lo que significaba el pasar a la altura de Marruecos (Padre Hurtado) por una doble alameda que proyectaba sus sombras escondiendo sus hoyos, lo que obligaba a reducir la velocidad a la de paso de peatón. Ese tramo es el que aprovechaban los ladrones para subirse a la pisadera de los autos -todos convertibles- y hacer sus fechorías. De ahí que se viajara premunidos de palos que los acompañantes esgrimíamos para apartarlos. Esos autos de siete asientos, en que se viajaba cubiertos con elegantes “guardapolvos” de alpaca y grandes botones de conchaperla, acomodaban a toda la familia, además de la “niña de mano”. Se iba con viandas y maletas ad hoc, con toda clase servicios de loza y cubiertos. Recuerdo a mi madre equilibrando una compotera llena de huesillos con mote para el picnic del día.

El viaje se hacía por el ferrocarril a Cartagena. Desde la Estación Malloco para continuar en los mencionados carros de sangre. Tirados por un par de jamelgos que sorteaban los delgados rieles montados sobre un estrecho terraplén. Su presencia se anunciaba a distancia por los desafinados chirridos de las ruedas, ejes y rieles jamás engrasados. En ellos viajaba diariamente mi padre cuando el feriado judicial no coincidía con nuestras largas vacaciones de verano.

La quinta de la Avda. Concordia 588 deslindaba con los terrenos del Trapiche. Este nombre obedece a la antigua hacienda, que frecuentaba el General O’Higgins. Deslindaba con la ribera del Mapocho y abarcaba hasta los terrenos que hoy ocupa la fabrica Bata. Luego, pasó a ser el Hotel Trapiche, aprovechando la gran cantidad de habitaciones ampliamente distribuidas en dos altos pisos. También funcionaba un casino con ruleta, concesión autorizada dada la jerarquía del balneario y que era muy concurrida por los ricachones dueños de automóviles, que se daban el lujo de viajar hasta allá, sólo para jugar. Ese recinto fue posteriormente ampliado con una vasta terraza donde se realizaban bailes todos los fines de semana, con orquesta, que luego sería suplantada por los modernos altoparlantes. Era muy mal visto, intolerable, que aquellos que veníamos de una cabalgata concurriéramos en tenida de montar. Había que cambiarse antes de pretender un baile.

Cuando la vejez y el cambio de público que produjo la llegada del pavimento, lo condenaban a desaparecer como balneario de selección, un terremoto actualizador derrumbó el clásico edificio del hotel. La sociedad peñaflorina hizo todo lo posible por evitar, infructuosamente, que se pavimentara la avenida principal. Teníamos egoísta razón. Inmediatamente aumentó la concurrencia popular a extremos incompatibles con el agrado de veranear en un ambiente más íntimo. Las industrias se enseñorearon del territorio. Ya no se pudo galopar por el pueblo.

En su época de hacienda, estuvo en manos de mi padre y desde entonces se hizo la hijuelación que dio origen a las quintas de la Avda. Concordia. Primeros años del presente siglo. Aquella quinta que se reservó, vecina a El Trapiche, fue su pasión.

Durante la temporada de verano, se vivía una intensa actividad social, en la que participaban destacadas personalidades de la vida nacional: Don Leopoldo Urrutia Presidente de la Corte Suprema, Don Alfredo Bascuñán Ministro id; Dr. Valenzuela Basterrica, fundador de la Escuela de Odontología; Dr. Prof. Arancibia; Don Carlos Estévez V. Ministro de Corte; el pintor Enrique Linch; el Conservador de Bienes Raíces de Santiago, Alfredo Cañas O. y su hijo pintor retratista internacional homónimo; la familia del Dr. Greve, padre de mi profesor Germán Greve, la familia Dogenweiler, los Mackenney, la familia Garretón Errázuriz y un sin número de profesionales y empresarios de renombre, además de la nunca bien ponderada Malú Gatica.

Famosas fueran sus fiestas de la Primavera, con elegantes disfraces y grandes corsos de flores. En uno de ellos, los muchachos tratando de exhibir originalidades, arreglaron un carro alegórico y bañaron en pintura al óleo verde al caballo de tiro. Pobre, no alcanzó a desfilar. La pintura impidió la normal respiración cutánea y falleció intoxicado.

Enrique O. Barbosa fue el eterno organizador de las semanas peñaflorinas. Para una de ellas escribió una comedia: “Se va la lancha”. La interpretaron la juventud veraneante en aquel teatro frente a la plaza, eje de la actividad social. En el texto de ésta se acuñó la frase “La cueca es un romance sin palabras”. Tuvo tal éxito, que el actor Alejandro Flores se la pidió y fue reestrenada por su compañía, en el teatro La Comedia de Santiago

En una segunda presentación de la obra y durante la oscuridad necesaria para el cambio de escenario, un borrachín sufrió aparatosamente el clásico inconveniente gastro-bucal que hizo compartir con sus vecinos de bancos. Surgió de la galería un grito aguardentoso “ Priendan la luz que hay un atacado” y se hizo la luz para un jocoso paréntesis. No extrañaban esos episodios en las populares y concurridas galerías.

Grandes fueron mis amores en esos ámbitos. Ya lo dije y no me referiré a los amoríos. Sí a mi pasión por los animales. (Consigno entre estos paréntesis, que si los hubo de los otros, empezando por el de los nueve años, con la Nena Carretón Errázuriz, que recuerdo con ternura y dolor. Dolor porque siguiéndola, quise llamar su atención con la campanilla de mi bicicleta, pero, la accioné con las manos sueltas del manubrio. Caí con el estómago sobre los fierros. No lograba respirar. Ella corrió a mi socorro y fue tal la alharaca que todo el pueblo supo de nuestro precoz amorío.

Más adelante he de referirme al episodio en que me salvó la vida y que por si sólo justiciaría mis inclinaciones que habrían de plasmar el destino en la agricultura, a ese perrito policial, el Nick, que fue compañero inseparable de mis juveniles aventuras. Muchas fueron sus hazañas como la de haber arrastrado, sacándola del agua, a una niñita que se ahogaba en el río, a los pies del Trapiche. Corrió incansablemente tras mi bicicleta que no paraba, fuera como ejercicio, fuera como transporte obligado, llevando a la niña de turno de vuelta a casa después de los paseos en la plaza u otros, a los cuales acudíamos diariamente, mañana y tarde y también en la noche, con cambio de pareja ad hoc.


Cuando adquirí por trueque con mi ya antigua bicicleta Brenavor a la yegua, que bauticé La Trutruca, constituimos un muy íntimo grupo con el Nick. Linda la mulata, bien chilena, corredora, mansa, inteligente. Todas las tardes, después del consabido baño en el río y las onces con sandía y el vaso de leche con cedrón, salíamos hacia la plaza y a las avenidas de Pelvín. Por las mismas que pasamos hoy camino a Mallarauco, bajo los ya entonces añosos plátanos orientales. Lindas cabalgatas en que nos juntábamos un grupo de amigos jinetes, con los que hacíamos gala de arrojo en las artes del volteo doble y otras. O bien, si la ocasión se presentaba y había compañía femenina, llegábamos hasta el pajar que todos los años hacía la Hacienda Pelvín y... Montaba tanto como podía. Hacíamos buena pareja con la yegua que aprendió a pararse en dos manos, a acompañarme a toda carrera sin apartarse mientras hacía el volteo. Una tarde, muy elegante con tenida inglesa, aunque usaba montura de cowboy, todo de blanco salvo las botas de chantilly, heredadas de papá que tenía pie más chico que el mío, fui a buscar a la Trutruca, que se había sacado las riendas para acercarse a su amigo, un potro chiclán, el Perico. Parece que éste la alocaba, pues, no quería entregárseme. Molesto, en una pasada por el corral, agarré un estribo y traté de resistirla. Se molestó ella también y me lanzó la patada. Caí golpeado en pleno plexo. Al poder mirarme: !Oh!. El pecho estaba teñido de sangre. Me volví a tender, moriría. Pasado un prudente lapso, reintenté reincorporarme y fue fácil. En sus corridas, esquivándome, la Trutruca se había enredado en alambres de púas y herido en la corva. Con esta me había alcanzado y ensangrentado la nívea chombita.

Como ya se me había advertido que no habría financiamiento extra para pagar el talaje después del verano, me avine a soltarla al lecho del río Mapocho. Allí se juntaba un piño de caballos criados en libertad, para fines de producción de carne. Periódicamente se les rodeaba para enviarlos a la feria. Mi Trutruca se salvó invariablemente año tras año de ese destino. Era excepcionalmente loba. Sin embargo, llegadas las vacaciones del verano, salíamos a buscarla y se dejaba pillar por nosotros, aunque en esa extensión que pasa de Melipilla hacia la costa, resultara imposible para otros.

El Nick, en cambio, vivió en la quinta, esperando la visita de su amo. Invierno o verano, me iba a pasar algunos fines de semana allá. Demás está decir que iba con la justa plata para el pasaje en la góndola. Algunos tallarines quedados desde el verano y a veces un patito para la olla. El entonces callejón de los patos, hoy calle pavimentada, era un paso muy solitario. Haciendo honor a su nombre, este callejón bordeado de amplias acequias, concitaba la presencia de patitos y estos a la generosidad del Nick, que delicadamente los tomaba sin lastimarlos, para entregármelos con destino a la olla dominguera. No creo que haya existido en la comarca un perro más popular y querido por todos –exceptuando los patos-.

Vaya en el Nick y la Trutruca, el homenaje a los tantos perros y cabalgares que me infundieron imperecedero cariño y a quienes debo gratísimos recuerdos. Siempre he tratado de estar cerca de ellos y que mis familiares los aprecien como formadores de carácter. Tanto perros como caballos, junto con enseñarnos fidelidad, crean inclinaciones hacia la naturaleza y en ella es que encontramos las mayores fuentes de solaz.

De tantas anécdotas de penaduras y apariciones, debo confesar que alojar solo en Peñaflor me daba miedo. Consciente que debía vencerlo decidí irme en la última góndola de la tarde, de modo que necesariamente tendría que pernoctar en la quinta. Pasé la noche en vela pensando en que al amanecer partiría de vuelta. Amaneció y me hice la rastra hasta que se fuera la última góndola y así me obligué a continuar el tratamiento. Logré vencer esos fuertes resquemores.

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